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POR EL HONOR
El pueblito estaba lleno,
de personas forasteras…
La voz de Magaldi salía de los parlantes de la propaladora, y penetraba en el boliche frente a la estación, donde el paisanaje y los puebleros, vestidos de domingo, se acodaban en las destartaladas mesas, sentados en unas no menos destartaladas sillas, y algunos cajones de cerveza reciclados para la ocasión.
El parloteo de los parroquianos había mutado en un religioso silencio. Atentos a la letra de la canción, algunos se persignaron, otros se sacaron el sombrero y algún otro masculló un Ave María.
Todos sabían la razón, menos un forastero con pinta de porteño, que sentado en un rincón del boliche balconeaba la escena paladeando un guindado. Juan había recalado en el lugar haciendo tiempo para la llegada del tren que venía con retraso, casualmente”, diría en algún reportaje, sin responsabilizar al destino. Por esa tendencia a negar colaboración en los sucesos que él convertiría en relatos, como obra de su presuntuosa imaginación.Pero todos sabían que esa canción, no presagiaba nada bueno.
A su terminó, lentamente, el ambiente de chacoteo volvió a ocupar el escenario. El Patrón de la fonda, con una botella de vino y otra de ginebra, recorría las mesas llenando los vasos acompañado de su hijo que iba anotando las consumiciones y los pedidos de los clientes. Los mazos de naipes y los porotos pasaron a ser los protagonistas, entre los trucos y quiero de los concurrentes.
En la mesa que estaba junto al mostrador, dos paisanos disputaban un mano a mano, rodeados por una decena de hombres que seguían, el juego con atención, el Moncho y el Zoilo eran el clásico de los domingos, hacía años que se enfrentaban en una partida depositada
donde los de afuera también apostaban algunos pesos.
Una sombra hizo levantar la mirada de Juan, el contraluz de la tarde que entraba por la ventana y su escasa visión lo obligaron a entrecerrar los ojos. Frente a él un hombre; negra la ropa y la piel, negra la barba y el pelo, se presentó respetuosamente.
.- Buenas tardes forastero… Soy Evaristo Tapera…Gustaría una partida, como pá matar el tiempo?...
Juan sorprendido, le estiró la mano mecánicamente.
.- Juan Dahlmann…Se presentó.
Se tomó un par de minutos en responder , con los ojos fijos en el hombre, pero no pudo ni quiso negarse al desafío, después de todo todavía faltaba un rato largo para la llegada del tren y la espera se le estaba haciendo aburrida. Convinieron que el truco se terminaba con la llegada de este, o, a dos chicos y un bueno, si el tiempo y el juego lo permitían.
Pidieron barajas, ginebra y Juan repitió el guindado.
.- Por el honor Don Tapera…
.- Por el honor Don Juan…
Y comenzaron la partida. El primer chico lo ganó Don Juan, el segundo Tapera, los dos fueron parejos en el ligue, el azar parecía no tomar partido, y ambos, eran hábiles en las argucias del juego. No había ningún dato que pudiera presagiar un ganador.
El Moncho y el Zoilo, habían terminado con el triunfo del Moncho y la revancha quedó para otro día. Los mirones pasaron a rodear la mesa del moreno y el forastero. El bueno, transcurrió con las mismas características, apenas se alternaban medio hocico y acordaron terminarlo sin flor y sin alargue. Estaban trece a doce, le tocaba ser mano a Don Tapera. Juan Dahlmann se arremangó la camisa y comenzó a dar los baraja, los dos orejearon las cartas en silencio,
ocultándolas a la vista de los curiosos que hacían sus apuestas.
.- Hable amigo…Chuceó el forastero.
Por toda respuesta, el moreno puso el tres de bastos. El Forastero, empardó, también callado. Los ojos de moreno centellaron, una sonrisa le cambió la cara, y gritó .
.- Truco!… Como quien dice muerte.
, Dahlmann lo semblanteó en silencio, puso boca abajo las barajas en la mesa y mansamente le cantó.
.- Retruco…
.- Quiero vale cuatro…
.- Quiero.
El moreno emparejo sus cartas. En la boca un cuatro de copas, que fue deslizando lentamente dejando al descubierto el ancho de bastos.
El silbido del tren entró al boliche.
.- Me parece que lo llaman, aparcero…Le dijo socarrón llevando la mano a la cintura
.- Es buena…Ganó en su ley. Respondió el forastero, y sin mostrarlas se guardó las cartas. Saludó tocándose el ala del sombrero, y enfiló hacia la estación, seguido por las miradas del paisanaje.
Cuando Borges me contó el encuentro, no pude evitar preguntarle.
.- Y usted, Don Borges, que cartas tenía ?...
Como si esperara la pregunta, me alcanzó un libro.”Las 1.001 Noches de Weil. Lo abrí mecánicamente donde estaba señalizado por el cuatro de oros y el as de espadas.
neco 8 / 9 / 16


Texto agregado el 07-09-2016, y leído por 117 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2016-09-08 18:23:35 Excelente cuento.Me encanta el final.UN ABRAZO. gafer
 
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