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Inicio / Cuenteros Locales / mariomatera / Morgan (Entre el fuerte y la escuadra española)

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Tres meses después de destruido Portobello, Morgan expuso otro proyecto ante el gobernador de Jamaica Thomas Modyford: asaltar la ciudad de Maracaibo. El gobernador puso reparos a la idea. -Maracaibo ya ha sido visitada y asaltada en reiteradas ocasiones por los piratas, poco podríais recoger allí.
-Creo que os equivocáis, gobernador. Por el contrario, espero encontrar un cuantioso botín -fue la respuesta del corsario.
Morgan reunió a sus hombres en la isla de Vaca. Los franceses esta vez no quisieron despreciar la oportunidad de participar en el asalto. El jefe corsario estaba vestido con sus mejores ropas: casaca de franela blanca, traje de seda y espada con empuñadura de plata. Henry John Morgan comunicó a sus hombres el nuevo proyecto que había madurado:
-Iremos al asalto de Maracaibo. La ciudad está defendida por el fuerte de la Barra, pero nosotros neutralizaremos su accionar atacando sorpresivamente durante la noche.
Así se hizo. Surcaron las aguas con los fanales apagados. Forzaron el canal de acceso al lago de Maracaibo. Acto seguido, en un audaz ataque nocturno, sus bandas ocuparon la ciudad. Los corsarios la saquearon consiguiendo un cuantioso botín en dinero y joyas.
Al poco tiempo les llegó una noticia alarmante: tres naves españolas de alto bordo al mando del almirante Don Alonso del Campo y Espinosa bloqueaban la salida del lago de Maracaibo. Morgan reunió a los principales habitantes de la ciudad y les comunicó las nuevas. La alegría resplandeció en los rostros. Sin embargo, el corsario les dijo:
-No os alegréis tan pronto.
Y eligiendo a los hombres casados, les dijo:
-Todos vosotros tenéis mujeres e hijos. Id como comisionados míos ante el almirante y decidle que si no retira sus naves, pasaré a cuchillo a todos los habitantes y reduciré la ciudad a ruinas.
Llegados los parlamentarios ante el almirante, lo pusieron en conocimiento de la terrible amenaza del corsario. Don Alonso respondió:
-Lo lamento por vosotros. ¡Estoy harto de Morgan y de sus piratas! Si pone en libertad a los prisioneros y a los rehenes, devuelve cuanto ha robado en la ciudad y me jura poner fin a sus actos de piratería, estoy dispuesto a perdonarlo.
Morgan no puso en práctica su terrible amenaza. Él sabía muy bien que con ello sólo conseguiría exacerbar a los españoles. Decidió recurrir a una estratagema: se valdría de un brulote*. Así, hizo cortar troncos de árboles para poner en la embarcación para simular la tripulación y piezas de artillería. Reunió a unos pocos hombres y les ordenó conducir el brulote hacia la nave capitana. Cuando estuvieran lo suficientemente cerca, deberían encender las mechas y abandonar el barco. El barquichuelo se dirigió hacia la nave española. Los tripulantes de ésta prepararon su artillería aunque no se inquietaron en lo más mínimo por la frágil embarcación. Cuando estuvieron a buena distancia, los corsarios encendieron las mechas y se lanzaron al agua. Explotaron los barriles de pólvora, el brulote, convertido en una bomba flotante, colisionó con la nave capitana que no tardó en quedar envuelta en llamas. El fuego se propagó a la santa bárbara y una fuerte explosión hizo que la nave volara en astillas por los aires. El barco español más cercano, deseando sustraerse al fuego de la capitana, trató de alejarse y encalló en un arrecife. Quedaba la tercera nave. Los corsarios decidieron abordarla. Los españoles, adivinando las intenciones de los corsarios, lo recibieron con potentes descargas de artillería. Morgan hizo que sus naves formaran un mortífero collar alrededor de la embarcación española. Los tripulantes se vieron obligados a dividir su fuego. Un certero cañonazo corsario dio en la base del trinquete que cayó sobre una de las amuras del barco haciéndolo escorar peligrosamente. Los corsarios lanzaron los grampines y ambas naves quedaron amarradas.
-¡Al abordaje, hombres del mar! Gritó Morgan.
Los españoles se dispusieron a vender cara su derrota y se defendieron con el valor que da la desesperación. El empuje de los corsarios era irresistible y los españoles, guiados por su capitán eran empujados hacia popa. Muchos de los hombres estaban muertos o heridos. Morgan intimó al capitán para que terminara con tan inútil resistencia. Le prometió respetar sus vidas. El capitán avanzó hacia Morgan y le entregó su espada:
-Me rindo, señor.
Morgan, noblemente, le devolvió la espada diciéndole:
-Conservadla en vuestro poder. Sois un valiente.
Poco después, la bandera española caía sobre cubierta y un estrepitoso hurra se hizo sentir en toda la flota corsaria.
Quedaba aún un obstáculo: el fuerte de la Barra. Morgan propuso un ataque por tierra. Uno de sus subordinadas le hizo ver los problemas de tal plan.
-Los españoles verán el desembarco de nuestros botes.
Los corsarios efectuaron varios viajes en lanchas a un promontorio que estaba fuera del alcance de los cañones del fuerte. Los españoles creyendo que los corsarios atacarían por el lado de tierra, apuntaron sus armas hacia allí. Por la noche, las naves de Morgan salieron mar afuera y cuando estuvieron a una distancia prudencial saludaron su salida de Maracaibo con una salva de cañonazos.
Al regreso de Morgan a Port Royal todo era una fiesta y el gobernador lo felicitó por su audaz empresa corsaria.


*Se llamaba brulote a un tipo de embarcación camuflada en cuyo interior había explosivos y materias resinosas. Se utilizaba como arma ofensiva.

Texto agregado el 17-10-2016, y leído por 50 visitantes. (0 votos)


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