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Inicio / Cuenteros Locales / luel / Esther, no te dejaré olvidar

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Recuerdo muy poco de lo que pasó esa noche. La última escena que tropieza en mi cabeza es su figura al otro lado de la mesa horrible que uso cuando vienen las visitas. Me pasó la botella casi vacía de vino rosado en medio de una conversación que no recuerdo; quería que me sirviera en el vaso lo último que quedaba. Como era usual, yo siempre terminaba ebria. Ella nunca.

Tomé el vino de su mano. En mi estado de estupefacción por el alcohol tardé varios segundos en darme cuenta que la botella que tan vigorosamente intentaba abrir ya se encontraba abierta. Su risa llenó la habitación. Serví el último chorro de vino y lo tomé hasta el fondo, ocultando mi vergüenza detrás del recipiente transparente como yo. Ella jamás dejó de reír.

Después de ello no tengo idea de lo que pasó. Cuando entré en razón nos encontrábamos en el sillón, yo a su izquierda, abrazándola con firmeza. ¿Qué fue lo que nos llevó a terminar así?

Estábamos tan cerca; podía oler el aroma que desprendía su cabello y su piel. Me embobé con su dulce olor; hasta que me distrajo su respiración agitada. ¿Acaso estaba intentando decirme algo?

Pudieron haber pasado diez mil segundos, una eternidad entera o sólo un pestañear; sólo sé que escucharla me despertó de mi letargo. Me esforcé lo más que pude en prestar atención. Vi su expresión y escuché su respiración nuevamente. Su mirada decía mil cosas. Pedía mil cosas. Ahora lo entendí.

Me acerqué llena de torpeza y sin pensarlo la besé. La besé suave en sus labios carnosos que jamás olvidaré. Esos labios que tenía tanto tiempo deseando. Su aroma me embriagaba más y más. Sentir su lengua se tornó adictivo; su respiración y la mía hacían música, danzaban al mismo ritmo, excitadas. Me perdí por completo, creo que ella también. Comenzó a tocarme, me subí a sus piernas, y así, besándonos, yo también la toqué.

Pronto sentí sus manos en mi piel indefensa; me asusté. Debió percatarse al ver mi rostro cuando me separé de ella para acomodar mi cabello rebelde que se atravesaba entre nuestras bocas. Al mirarla mis ojos se abrieron como los de un niño en navidad cuando ve sus juguetes nuevos. “Tranquila, ¿estás bien?” dijo ella con calma mientras recogía su pelo y peinaba el mío detrás de mis orejas.

Me agarró de la cintura, asentí como un simio y me lancé de nuevo a sus labios. Seguimos jugueteando un poco; en ese momento desee no haber estado tan ebria, no podía con mi torpeza y ella lo notó. Se aprovechó de mi, no dudó en tocar todo lo que deseaba, mi ropa dejó de ser impedimento. Sentí sus manos bajo mi pantalón, bajo mi blusa; no sé en que momento desabrochó mi brasier. Rozó mis pezones con sus atrevidos dedos y desnudó mi torso para besar mi piel. Yo deseaba tanto hacer lo mismo con ella, pero era inútil. Fui una inútil.

Su calor me extasiaba e intente desvestirla, despojarla de la única prenda que podía, su blusa. Cuando al fin pude subirla me miró; me miró como la maestra que regaña al alumno incauto por hacer travesuras en clase. Ella tan altiva y yo tan pendeja. Todo acabó. Bajó su blusa y yo la mía.

No emití sonido alguno, la embriaguez etílica había vuelto y ahora ella volaba por toda la habitación tratando de limpiar algo en el suelo o algo así. Hacía algo con su celular. Hablaba sin parar, pero ninguna palabra entraba por mis orejas. Cuando me di cuenta, ella abrió la puerta y comenzó a bajar las escaleras que se dirigían a la salida. Me pidió acompañarla. Se iba. ¿Por qué se iba?

Afuera el taxi la esperaba. “No puede acabarse así” pensé. El alcohol, el pánico y el deseo actuaron juntos, y me lancé a sus labios que no quería ver partir, que no quería dejar de sentir. Pero ya todo había acabado. Algo apenada, pues ya no nos encontrábamos en la intimidad de mi sala, me correspondió el beso de despedida y en ese instante me morí, fui al infierno y regresé. Entonces ella dijo adiós y se fue.

Texto agregado el 11-03-2017, y leído por 42 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2017-03-11 18:57:12 no está mal, mis estrellas. serki
 
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