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Inicio / Cuenteros Locales / maparo55 / Apuntes para lograr el olvido

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Maribel se ha ido, pero tú permaneces; poco más de cuatro años confirman este hecho. A la distancia, tus reflexiones sobre ella son más serenas, aunque la resultante sea la misma: no está y su recuerdo te conmueve en lo más íntimo, abrasando tu interior, desde entonces mortalmente en ruinas. El humo del cigarrillo que fumas ahora, te atrapa, sus espirales caprichosas perfilan un rostro de mujer: el rostro de Maribel. Tu corazón se agita. Tu voz pronuncia su nombre, llamándola. En ecos que se diluyen, escuchas su risa franca, irreverente, que golpea despiadada para situarte en la realidad. ¡Pinches recuerdos! Si no te atormentaran. Repito: ella ama a otro y tú permaneces; los años que lleva lejos te han desgraciado la vida, te han dado en la madre. No eres alcohólico – aunque has estado cerca- porque para llegar a ello se necesita mucho valor. Así que para olvidarla, te conformas con engañarte a ti mismo empleando remedios caseros: fomentos de trabajo, pomada de estudio, té de lectura de novelas; y fiestas, muchas fiestas para embriagarte hasta embrutecer. Muy poco te han ayudado las cataplasmas de novia insulsa y manita sudada; han sido mejor cura, las rabietas destrozando objetos y maldiciendo a medio mundo, los puños crispados y el llanto desolado, para mitigar - si fuera posible- el recuerdo de la piel desnuda y suave de Maribel. A veces, te descubro cantando el fragmento de alguna vieja canción dolorosa: “... que ya no soy ni mi sombra, que me ven y no me conocen, que mi mal no tiene remedio alguno, que ya me perdí...”
Fue en septiembre cuando Maribel aceptó salir contigo por primera vez. Llovía. Las calles grises, semiborradas por la tormenta, acaso presentían la inquietud de tu espera. No estabas nada seguro de que ella asistiera a la cita; pero acudió. Vestía de gris (como las calles), formal, elegante, sensual; con el vestido, el cabello negro rizado y el rostro bellísimo, húmedos de lluvia. Caminaron por las avenidas encharcadas, protegidos por un paraguas oportuno. En algún lugar, un café y una melodía romántica los acercaron de las palabras triviales, a la charla íntima y a las confesiones. Tus ojos, la bebían toda: cada palabra pronunciada, cada gesto insignificante, el tono de su voz, la risa fresca de sus labios delgados y tentadores pintados correctamente con carmín; su nariz pequeña, afilada, fina; los luceros cafés de mirada penetrante, pícara; el cuerpo delgado y ágil, de senos grandes y firmes, como preludio de goces seguramente más lúdicos. Te cautivó. Ese día hablaron de todo para irse conociendo. Y embobado con su presencia, repetías mentalmente obsesionado: ¡qué bonita es! Ella no dejaba de reír. Risa de cascada, de agua viva, festiva. Más tarde, al despedirte de ella, cuando apenas sin saber cómo encontraste tus labios prendidos a los suyos, saboreando la miel que guardaban, intuiste que habrías de entregarte sin resistencia y que luego te dolería haberlo hecho. No sabías, que era el primer presagio de tu caída.
Maribel al principio te rehuía y tú, la ansiabas. Apenas dejaba que la tocaras o besaras a veces (te conocía más que tú a ella y jugaba contigo); eso hacía que la desearas con una pasión desmedida y enfermiza. Nunca, mientras Maribel estuvo a tu lado, dijo no en forma rotunda a tus más torpes caprichos (a lo mejor la sumisión que mostraba, no era más que el deseo preconcebido de su voluntad no menos caprichosa y voluble) y luego, los aceptó casi todos. Cuando la besabas en los labios aún en el momento más inoportuno, te correspondía con voluptuosidad y deseo mal contenido; así, una tarde fría de noviembre, aquel cuerpo perfecto de trazos de obra de arte se te entregó, como un regalo que no merecías; allí nomás, en el lecho extraño e impersonal de una habitación de hotel. La amabas (resulta inútil repetirlo); quién sabe si ella lo sentía igual. La evocas como más te gusta hacerlo: Maribel desnuda, recostada en la cama, su cabeza lánguida sobre tu hombro y abrazada a ti, rogándote: “¡cásate conmigo!”. Tú, con tu miedo, con la oscuridad del cuarto aplastándote, con el frío de la madrugada atravesando tu piel, buscando evadir contestarle. Ella, te mira profundamente a los ojos, a la espera de una respuesta que nunca llega. “Algún día pensarás diferente”, dice. Cuatro años después, ahora que es de otro (¿de otros?), su ausencia te consume. Maribel era única: inconstante, caprichuda, impredecible; de repente podía ser la alegría personificada, parlanchina, amigable; o como una actriz consumada, encarnar a la bruja terrible de un cuento de la vida. Podía ser traviesa como una niña malcriada. O amorosa, dócil, como un animalito necesitado de protección, de afecto. A veces, enmudecía de improviso y toda ella, por algún secreto pensamiento, semejaba una marioneta lánguida y melancólica. Cuando la herían, se retraía, y sus grandes ojos cafés refulgían llenos de ira, de rencor sostenido. Si la culpa de su enojo la tenías tú, la alegre, banal y candorosa Maribel, se oscurecía y no aparecía en varios días. Luego, volvía tan locuaz y adorable como siempre. La verdad es que Maribel te eligió (no al revés) para darte sus migajas de amor (nunca todas) e ir entregándose a pedacitos, a su modo. Resulta por lo tanto natural, que alguna vez te haya sido infiel (a Maribel todo podía perdonársele).
Dices tener mucho que contar sobre Maribel. No voy a dejarte hacerlo; lo que llevas es suficiente. Sé que te mueres por ella, que la extrañas, que te importa madres que no te quiera y se acueste con otro (con otros). Tu amor y los recuerdos de Maribel, no son más que un mini círculo: Maribel, tu amor, su recuerdo (que es otra vez Maribel). Mejor cuéntame el final, la noche del “Hotel de los corazones rotos” o el “Adiós, adiós amor”. Refieres que esa noche especial no fue en un hotel, te admitió en su casa, en su habitación, en su cama, en su sexo. ¿Cómo fue?... Hermoso, triste, sí, como son las despedidas. La luna ni asomó la nariz. Una lámpara pequeña alumbrando la escena. Ella y tú, desnudos. Tu boca, besando con delicadeza sus oídos, su cuello, los labios entreabiertos que se ofrecían anhelantes. Tus manos jugando con el cabello de su nuca, bajando lentamente por el vello delicado de su espalda, viajando con deleite sobre las caderas firmes y las nalgas mórbidas; para ascender luego con premura, como dos monstruos de mil tentáculos, hacia la firmeza temblorosa de los lirios de sus pechos. Tu sexo, dolorido por el deseo aún no satisfecho, buscó el roce de los muslos tersos de tu Maribel, de la humedad tibia y abundante de su entrepierna... ¡Por favor, no sigas!... Conocí a Maribel y te envidio. Una mujer así, todos la desean. No seas tonto, ya no te lastimes. El círculo está roto. Maribel te dejó, se enamoró de otro, se casó... ¿Por qué te empeñas en recordarla? Olvida que en su matrimonio no le fue nada bien, que se le fue el marido con un fulano, que ella luego se enredó con otros, que rodó, que fue cayendo...Maribel se ha ido y tú, necio, permaneces. ¿Acaso no la viste apenas ayer, por última vez? ¿No sufrimos rabiosamente, juntos, por ella? ¿No derramamos lágrimas mustias, cuando bajaron el ataúd y empezaron a echarle tierra encima?...

Texto agregado el 16-05-2017, y leído por 79 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2017-05-16 22:53:12 Buenimo relato. Se vive como si estuvieras viendo una peli. Sensualidad de 10*. Chapó!! grilo
2017-05-16 18:27:53 Sensualidad por montones hay en tu relato.UN ABRAZO. gafer
2017-05-16 18:19:56 Qué maestría la tuya, Mario querido! ***** MujerDiosa
2017-05-16 17:49:46 Me sitúo en el lugar del narrador y le digo al protagonista: "Perece que tú y yo logramos conocer a Maribel en toda la extensión de su piel, de su pensamiento, de su actuar, de su caracter e incluso de sus sentimientos, es decir nos impregnó con su esencia, por eso ahora te pregunto ¿Dejaste que ella te conociera así como tú la conociste a ella? Desgraciadamente ya no lo podremos saber.— Muy buen cuento, atrapa y conmueve. vicenterreramarquez
2017-05-16 15:40:16 Un cuento excelente. Saludos. ome
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