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Inicio / Cuenteros Locales / maparo55 / Un beso

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Me dolía despertar. Recobrar la conciencia significaba levantarme para vivir un día más, y no estaba tan seguro de querer hacerlo. A los dieciocho años, me sentía como perro sin dueño: triste, olvidado, solo; sobre todo solo. Tenía pocos amigos y la niña de mis pensamientos ni siquiera se fijaba en mí, no le importaba en absoluto lo que trataba de hacer para acercarme a ella, así que mi ánimo andaba casi arrastrando el piso y mi autoestima lo acompañaba por ahí también.
Aunque ya despierto, me gustaba permanecer unos minutos con los ojos cerrados y dejarme llevar un tanto por el amodorramiento, espabilarme lentamente, sin prisas. Creer que todo me iba bien y que no existía nada en el mundo que pudiera lastimarme, vencerme, asustarme. Pero sabía bien que sucedía todo lo contrario, que llevaba pegado a los huesos un miedo a fracasar, irreprimible y traicionero. Me sentía tan poquita cosa, que si alguien se hubiera atrevido a soplar sobre mí, habría salido disparado por los aires y arrastrado muy, muy lejos.
“No quiero nada contigo, ni siquiera ser tu amiga, así que no te me acerques”, me dijo Angélica un mal día, a medio patio de la escuela. “En el salón, todos creen que Medardo es mi novio”. Para entender esto, no hacían falta muchas palabras. Sonreí como si lo dicho no me importara. Me quedé con el rabo entre las patas y me largué muy digno sin pronunciar ni media palabra; pero el alma se me desmoronaba a cada paso, iba dejando caer pedacitos que resonaban como pedruscos enormes al golpear contra el suelo.
El tiempo lo cura todo, o casi; la sed desesperada que me abrasaba el corazón por encontrar quien me quisiera, no se apagaba con nada. El par de amigos que de vez en cuando frecuentaba, no era suficiente paliativo para mi desazón; ni practicar fútbol, ni leer, ni asistir al cine. Desafortunadamente leer e ir al cine eran dos actividades muy solitarias. Para leer, me buscaba cualquier rincón en donde nadie me molestara y me perdía irremisiblemente en los mundos que permanecían escondidos entre las páginas de los libros. Sherlock Holmes era un novato a mi lado, para husmear por los recovecos de las historias y descubrir sus más recónditos secretos.
El cine me apasionaba, pero generalmente no tenía quién me acompañara. Sentado en mi butaca, en la oscuridad de la sala, me olvidaba por un par de horas de la soledad creciente que me asfixiaba a ratos. En la pantalla las imágenes se sucedían y yo trataba de no pensar en nada más. Cuando las luces se encendían, metía las manos en los bolsillos del pantalón y me largaba a realizar largas caminatas sin sentido. Cuando volvía a casa, me sentía de lo peor.
Cierto día, mi amigo Julio me invitó a una reunión en su casa, y su hermana Lola me presentó a Gabriela, una amiga de ella. Desde el principio me sentí interesado por su forma de ser. Tenía la sonrisa fácil, espontánea, franca; te tomaba confianza pronto y casi enseguida estabas ya bromeando con ella. No era una belleza deslumbrante, pero su rostro de rasgos finos atraía de inmediato. Lucía esbelta, segura, grácil.
Alguien propuso jugar a la botella; al girarla, a quien le tocara en suerte quedar señalado con la boca de la misma, se haría acreedor a un castigo, que elegido de antemano, tendría que pagar de inmediato. El juego, las risas, la presencia de Gabriela, me hicieron sentir mucho mejor, casi aceptado. La miraba reír y un calorcito grato me recorría el estómago. Me encontraba deslumbrado y ligeramente aturdido por la magia que destilaba. Luego de varias rondas y diferentes castigos, se les ocurrió que el castigo fuera un beso en la boca. Todos aplaudieron entusiasmados; quien no cumpliera, tendría que dar algún objeto personal a cambio del beso no dado. Le tocó a Gabriela girar la botella, tendría que darle el beso a quien ésta señalara. ¿Tengo que añadir que el feliz afortunado fui yo?
- Tienes que besar a Carlos- dijo Lola. “Beso, beso, beso”, corearon todos. Con las mejillas encendidas se acercó despacio a mí, los ojos radiantes, la sonrisa franca en los labios. Su cercanía me puso más nervioso, el aroma suave de su perfume hirió mi olfato y casi echo a correr de miedo. Pude percibir el aliento cálido de su boca y...me besó en una mejilla. “No, no, no se vale”, gritaron todos, “tienes que dejar algo tuyo en prenda”. Se quitó una pulsera de fantasía que llevaba en la muñeca izquierda y me la puso suavemente entre las manos. El nuevo contacto de su piel, me dejó temblando. “¿Te sientes mal?”, me dijo Julio. Claro que estaba mal. Me derretía por Gabriela y aunque las veces que volteaba a mirarla, sus ojos se encontraban con los míos y sonreía, no significaba que ella estuviera sintiendo lo mismo que yo; además era imposible que una chica tan linda como ella no tuviera novio.
Durante la reunión, Julio puso en el estéreo música de U2, la voz de Bono enmarcaba las conversaciones y risas de todos. Nadie bailaba. Tuve oportunidad de acercarme a Gabriela y platicar un rato con ella. ¿Cómo lo hice? No tengo ni idea. Me parecía flotar entre nubes de algodón y no recuerdo con certeza todo lo que le conté. Lo que sí puedo afirmar, es que al abandonar la reunión, le dije que la acompañaba para abordar su transporte.
- Está bien- aceptó. Me tomó de la mano y nos fuimos sin más, caminando por las calles oscuras y frías, medio iluminadas a esas horas.
Parecía contenta de estar conmigo, de lo que le contaba, de la última peli que había yo visto, del más reciente libro leído.
- Y a ti, ¿te gusta leer?
“Leer mucho me aburre”, respondió. Entonces le solté un “rollo” tremendo del por qué era importante leer y lo interesante que podía resultar la lectura. No creo haberla convencido, pero me daba igual, ella estaba ahí, conmigo y yo la tenía tomada de la mano, como si nos conociéramos de siempre. Quedamos de vernos un par de días después. Ella estaba por terminar la escuela preparatoria y tenía la clara intención de ingresar en Medicina.

A partir de aquel día comencé a frecuentarla y salimos varias veces. Había en ella, en su forma de tratarme, de conversar, de moverse, un algo indefinible que me dejaba en estado contemplativo y apenas atinaba a veces, a medio responderle. “¿Me estás escuchando?”, me decía. La oía perfectamente; tendría que decir más bien, que bebía completamente sus palabras.
¡Qué distinta es la soledad cuando no hay nadie a tu alrededor, a la soledad que se busca para pensar en alguien! Ahora me gustaba estar solo, para recordarla, recorrer mentalmente las líneas de sus labios, el brillo picaresco que alumbraba sus ojos, el tono moreno suave de la piel de sus brazos, las bellas formas de sus caderas de adolescente. ¿Y qué decir de los pechos pequeñitos que se podían adivinar en la curva de su blusa?... Descubrí que no me interesaba nadie más, que podían existir mil mujeres más bellas que Gabriela, pero que yo sólo ansiaba mirarla a ella y mirarme en sus ojos negros. ¿Eso era estar enamorado? Quizás sí. Lo que ahora importaba es que ella sintiera igual, que también quisiera mirarse en mí.
El miedo es terrible cuando no podemos controlarlo. No deseaba arriesgarme a confesarle a Gabriela que me gustaba y que ella me rechazara. La valentía nunca fue mi virtud, más bien prefería posponer las cosas y que se fueran diluyendo o resolviendo casi solas; pero las cosas no se resuelven de esta manera, al contrario, se agravan o de plano se hacen insoportables. Por fin me decidí. No soportaba por más tiempo el no poder estrecharla entre mis brazos y besarla. “Estás enamorado de Gaby”, me dijo Lola. “Tienes que decírselo”. Esa misma noche, después de dar un paseo por un parque cercano a su casa, se lo dije.
- Me gustas mucho. Quiero pedirte que seas mi novia.
Se me quedo mirando entre curiosa y expectante y en su boca de niña, apareció su adorable sonrisa traviesa, para decir que sí. Me creí en el cielo y lo pude tocar, cuando lentamente fui acercando mi rostro al suyo para besarla en los labios. Me latían las sienes y el cuerpo me temblaba, así que tardé varios segundos en rozar con los míos, sus labios ligeramente húmedos, que me ofreció ligeramente entreabiertos. ¿Y saben qué?...Sabían a gloria, suaves, tibios, carnosos, deseables, juguetones, míos. Los besé despacio, muy despacio, saboreando la dulzura escondida en aquella boca tan antojable, que respondía con deleite al contacto de la mía. No sé cuanto tiempo duró aquel beso, pero yo hubiera querido que fuera eterno.
Luego se fue, mientras yo aún permanecía electrizado por el sabor de aquel beso inolvidable, porque era el primer beso que recibía en la boca. Me apena confesar que nunca nadie antes de Gabriela me había besado en los labios.
Fueron semanas deliciosas, donde Gaby me hizo el chico más feliz que existir podía; caminábamos abrazados, tomados de la mano, o besándonos a cada momento, por las calles del vecindario y en cualquier lugar al que fuéramos juntos. No había tope a mi ansia de tocarla, de verla sonreír, de probar su boca fresca.

Todo lo que empieza, algún día se termina; por alguna razón que no acabo de comprender, el amor que Gabriela sentía por mí, se fue enfriando, se le terminó. Un día cualquiera, tal vez el día más triste de mi vida, me dijo:
- Ya no te quiero, Carlos. Hay un muchacho que me pretende y que me gusta mucho también. No quiero engañarte, porque siempre has sido muy lindo conmigo. Es mejor que dejemos todo hasta aquí.
Quería morirme; pero no me morí, tuve que aguantarme el dolor inmenso que sus palabras dejaban en mi corazón. Aquella tarde, Gabriela se alejó para siempre de mi vida; pero me dejó el recuerdo imborrable de su presencia y del primer beso que una mujer bonita, me diera en los labios.

Texto agregado el 13-06-2017, y leído por 80 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2017-06-14 00:01:12 Felicito tu redacción y tu decir. Me he quedado recordando esa inocencia de los primeros amores y suspiro. Un abrazo, sheisan
2017-06-13 23:55:20 Vaya que buen texto te has marcado. Por ahí más o menos todos hemos pasado. Una redacción admirable, una sensibilidad y modestia superlativa. Me vas a hacer aprender...hoy te pongo 10* grilo
2017-06-13 18:42:17 ¿Cómo se enteró mi amiga Sofiama que iríamos encantadas al cine contigo? Ha de ser por telepatía sin lugar a dudas. Me pareció un relato/cuento tan fresco y encantador. Pero digo más, me gustaría leer a tu lado y compartir libros y textos, párrafos, todo aquello que nos emocione o haga pensar. Un abrazo fuerte, Mario. MujerDiosa
2017-06-13 17:51:38 ¿Amor primero!¡Amor adolescente¡ Ese que deja huellas indelebles que quedan marcadas en el alma y besos que nunca se borran de nuestros labios.— Creo que muchos recordamos nuestros primeros amores con estas letras tuyas.— Gracias amigo. vicenterreramarquez
2017-06-13 15:01:41 1. “¡Qué distinta es la soledad cuando no hay nadie a tu alrededor, a la que se busca para pensar en alguien!” Ah… mi amigo. Tu historia guarda esa magia del calor de la atracción física cuando se tiene todo y no se tiene nada. ¡Y ese primer beso tan deseado y, a veces, tan difícil de dar y pedir! SOFIAMA
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