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Las tres sombras

Tómiris llenó un odre de sangre humana, mandó buscar entre los persas muertos el cadáver de Ciro; y cuando lo halló, le metió la cabeza dentro del odre, insultándole con estas palabras: aunque yo vivo y te he vencido en la batalla, me has perdido al atrapar con engaño a mi hijo. Pero yo te saciaré de sangre tal como te amenacé.

Herodoto, Los nueve libros de la historia



Las tres sombras extendieron sus alas y cubrieron Europa y Asia, reinando en la noche durante miles de años. Gilgamesh se enfrentó con Unog, pero Unog le devoró los ojos y atravesó sin piedad las costillas, incrustando el hierro al rojo vivo hasta llegar al cráneo para alimentarse con su cerebro. Unog se transformó así en inmortal y fue la primera sombra en estirar sus alas.

Mezclado en las tropas egipcias, Versegun persiguió a Cambises y lo derribó con la lanza de cinco puntas. La madera atravesó el cuerpo y las puntas destrozaron la carne clavándose en los órganos vitales. Versegun se bañó en la sangre del persa, le arrancó los dientes y los incrustó sin proferir ni un quejido, bajo las uñas de sus propias manos. Unog descendió sobre el cadáver y obligó a Versegun a comerse el hígado y los intestinos de Cambises. Nacía la segunda sombra, más poderosa que la primera y con alas más fuertes, capaces derribar los ejércitos más arrogantes del continente.

Trisenis era cristiano y temeroso de Dios, pero los romanos llegaron hasta su pueblo, matando, violando y quemando lo que se interpuso en su camino. A Trisenis le perdonaron la vida, pero le cortaron las manos y las orejas, le arrancaron la piel de los pies y lo dejaron atado en la rama de un árbol.
Unog lamió las heridas de los pies y Versegun le fabricó nuevas manos, poderosas como las garras de un león, hechas con cartílagos de sus propias alas. Unog asesinó a quinientos romanos y obligó a Trisenis a descuartizarlos, juntando la sangre en los quinientos cráneos. Pero Trisenis, temeroso aún de Dios, se negó a cumplir la orden.
Unog le devolvió las orejas a Trisenis, para que escuchara claramente su mandato. Trisenis se negó una vez más a cumplirlo y entonces Versegun, contemplando a la criatura insensata, le arrancó los brazos, quebró los huesos de sus piernas y le perforó el estómago con la costilla de un romano. Trisenis se negó por tercera vez.

Unog hundió sus colmillos de acero en el vientre de Trisenis y Versegun clavó los dientes de Cambises en la espalda del infeliz. Fue en ese momento que ocurrió el milagro. Trisenis sintió el crujido de su columna vertebral, el momento en que las alas nacían en su espalda y los brazos se transformaban en espadas de doble hoja, capaces de derribar un monte. En sus piernas asomaron hachas y púas de acero, del vientre salieron estacas ensangrentadas y la boca se transformó en las fauces de un monstruo mitológico.
Trisenis cortó en dos a Unog y estaqueó a Versegun. Le arrancó el corazón a ambos y los devoró mientras aún palpitaban. Por último extendió sus alas y cubrió de sombras Europa y Asia. Había nacido la santísima trinidad.



Texto agregado el 20-08-2017, y leído por 262 visitantes. (28 votos)


Lectores Opinan
2018-01-01 19:00:23 bueno e interesante loammi
2017-09-23 20:24:33 astartita astartita
2017-09-11 19:51:18 Un texto que estoy seguro que hasta el mismísimo Tolkien quisiera haber escrito. Tienes el don para escribir mitología de comedia negra. Por Thor me ha encantado. Saludos desde Iquique Chile vejete_rockero-48
2017-09-11 17:04:54 hablando de mitología, todos son símbolos y una invitación a la interpretación más descabellada, pero necesito una madrugada y dos litros de café para desmenuzarlo. deimos
2017-09-09 09:39:42 Lo anterior no quita mérito a la potente intención que lo animó en sus elevados instantes de pre-escritura, cuando imaginó el aleteo de las caprichosas musas. El lector comprueba, con creciente estupor, que, inexorablemente y absolutamente, no hay nada de lo que pudo esperar y, sobretodo, que la categoría del ridículo está amplia y generosamente representada en su texto. Se trata, a todas y a cada una de las luces, de un ivevitable declino. Pax henrym
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