XXVIII
-canto a mi mismo-
Hay un loco anhelo de poseer el tiempo, el que se fue, el mío, el venidero;
el viejo recuerdo allá en mi suelo.
La tierra húmeda y verde de Yajalón, la fría neblina matutina.
El domingo en casa del abuelo, los gritos de los nietos, la risa; la figura menuda y enérgica en el tiempo.
Las manos casi milagrosas de la abuela.
Los mueganos recién hechos.
La copa nevada.
La avena que aún cosquillea en mis recuerdos.
Las cabriolas en la chanita.
Los baños en el Pulpitillo; San Antonio, y el rancho de papá, cafetaleros.
El grito de las peas, y la traición a Cristo.
El inmenso aroma de café que ha permanecido en mi cerebro; el arroyuelo que limpió su carne, el sol, no pocas veces triste, que le seco.
El sabor inimaginable de una sopa de café con plátanos; o de una sopa de tortillas, también con café.
La voz de mi madre al mediodía.
La eterna angustia en Salto de Agua.
El canto del río Tulijá, el inseparable amigo que llevo conmigo.
El calor sofocando mi rostro, un vaso de chorote con hielo, ¡ mucho hielo!
La primera sonrisa y el primer beso, de quien ahora mismo, no recuerdo.
La sonrisa de Nazaria, de quien perfectamente me acuerdo.
El viaje en ferrocarril ronroneando mis sueños.
Una tarde inolvidable en las ruinas de Palenque.
Una imagen que se repite a lo largo de mis recuerdos: el sueño eterno de Pakal, ahora ya Inmortal, según su viejo anhelo.
La poza verde esmeralda, ansiosa y fría, cautivadora y cautiva.
El adiós que se quedó grabado en mi memoria, como se han quedado ya viejos
amigos, viejos sueños.
¡La melancolía permanente!
¡La nostalgia siempreviva!
Un barco surcando el Atlántico.
La velada noche que se enreda en mi conciencia (una especie de menage a trois).
Una tarde de toros en Pamplona, un chatito en mi mano, gambas con sabor a mi tierra.
María que poco a poco se desvanece.
El costado que sin saber porque, duele.
El peso de los años a mi espalda.
La sonrisa de mi mujer, y sus manos, también milagrosas.
El inquieto ir y venir de mis recuerdos.
Las angustias que se fueron olvidando de mí.
Las alegrías que sin saber porque, me siguen persiguiendo.
El viejo anhelo de haberme descubierto un día, caminando en un hospital.
El viejo sueño de mi bata blanca.
El recuerdo muy lejano, del pequeño hospital del pueblo.
La lluvia que siempre va conmigo, y que siempre es ella misma.
La de las nostálgicas y frías tardes en Yajalón;
La refrescante y cálida en Salto de Agua,
La que confundida, se volvió blanca y suave, en Madrid.
La lluvia que ahora mismo inunda de alegría mi alma.
La lluvia, que ahora mismo, recorre mis cabellos y se funde en un abrazo, con mi bata blanca.
|