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¡¡Punchi, punchi, punchi!!
La zumba las convoca, las atrae, las congrega. Les ofrece perder lo que les sobra y recuperar lo que perdieron. Se vuelven militantes, no las detiene ni el frío, ni el calor, ni los paros de la escuela, ni los maridos celosos.
Son diversas en edad, en creencias y es estatus socioeconómico. Llegan con tenidas de lycra fluorescentes o con simples pantalones gastados, colas de caballo o cintillos fitness, botella de agua y toallita para el sudor. Se comunican con diligencia por grupos whatsapp para no perderse ni un solo evento masivo, en el lugar y hora que sea.
¡¡Punchi, punchi, punchi!!
La música de volumen escandaloso las invita y las deja inmersas en una atmósfera de distención y relajo. Siguen las coreografías con atención y obediencia, desentendidas del brutal contenido de las letras misóginas y violentas del ritmo reguetonero. Se esfuerzan en hacerlo lo más parecido posible a la profesora, a quien observan con admiración y tal vez algo envidia.
Sin embargo, el tiempo pasa y los kilos se quedan, pese a la constancia del baile, las grasas porfían y no abandonan los cuerpos de las zumberas…probablemente, porque cada vez que vuelven a casa deben encontrarse con su realidad, a veces anodina, a veces cruda, y entonces las grasas trans, el sodio y el azúcar vuelven a ser sus mejores amigos.
Llegan a las clases con el pragmático propósito de mejorar su estado físico; se los dice la tele en los matinales y el Consultorio. Pero en realidad, y aunque no lo sepan, vienen a exorcizar el dolor, la soledad, el desamor, el cansancio, la tensión de la subsitencia.
¡Punchi, punchi, punchi!
La danza las transmuta y las vuelve bellas, féminas voluptuosas, amazonas y odaliscas. .
¡Todos-somos-uno!, ¡Todos-somos-uno! Grita el inconsciente y ancestral sentimiento de tribu, de comunidad, mientras danzan en el colectivo matriarcal, coordinadas, bellamente sincronizadas. ¡Todos somos uno, todos somos uno! , les canta el espíritu del Ubuntu. Pero el mensaje está codificado, bloqueado por la sociedad patriarcal, y ellas aun no entienden, no sienten. Solo siguen la música y terminan su clase, día a día, y vuelven a casa, livianas de cuerpo y con paz momentánea en el alma, a tiempo para preparar la cena a los niños que vuelven de la escuela.

(de "Relatos Breves del Chile no Turístico")

Texto agregado el 31-08-2017, y leído por 38 visitantes. (0 votos)


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