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Inicio / Cuenteros Locales / Gnomono / El caracol

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EL CARACOL
“Escondida tras el mar, la Luna escupía olas a un hombre sentado en la playa. Mientras, las morbosas estrellas esperaban el final de esta leyenda...”
Los reflejos lunares en el mar refrescaban los pies adoloridos del protagonista. Frente a él, de ese nido de olas espumosas, emergió una cabeza con el pelo rubio, mojado, despeinado, luego el tórax regordete y bronceado, después el pene pequeñito, por último las piernitas con sus piecitos: ¡un niño!
El hombre de pies cansados lo saludó –¡Hola, Belu! ¡Qué alegría de verte!
¡Hotelero, cuando estés frente a tu Señor, levántate! ¡No soporto tal desparpajo!–. El chico contestó con una voz grave y áspera, la cual no correspondía a la que usualmente utilizaba.
El hombre se paró en un santiamén. Nervioso, agradeció a Belu por toda su ayuda.
El pequeñuelo sonrió, barrió con la mirada al millonario, le ordenó que lo cargara, le susuró:
–Por haber sido mi fiel servidor, ha llegado el momento de que poseas esta concha de caracol marino. En él no escucharás el mar, sino los pensamientos que desees, aun los más profundos de la gente más introvertida.
Cuando el hotelero quiso agradecer al niño por tal regalo, éste le interrumpió, ordenándole que imitara a un cerdo. Lo hizo. El chamaco se carcajeó; así desapareció.
Con su juguete nuevo, escuchó los pensamientos de sus empleados: “el patrón es un abusivo”, “si supiera lo que la gente piensa de él”, “lo odio.” Sintiéndose decepcionado y traicionado al descubrir la hipocresía de sus trabajadores, vendió su hotel. Con el caracol logró incrementar su riqueza. A partir de ese momento, acumuló dinero en la misma medida que rencor y miedo.
Hacía tiempo que una joven hermosa le había fascinado. No era una belleza extraordinaria, pero dado que vivía casi como vagabunda, llamaba mucho la atención. Un día se armó con el caracol y se dispuso a seducir a ese extraño ejemplar.
El millonario la encontró sentada en un barandal del malecón. Puso el caracol en su oído. Qué sorpresa tuvo al descubrir que la joven, a pesar de su soledad aparente, cultivaba una relación amistosa con la gente que observaba. Pensaba: “aquél hombre es bueno, pues cada día riega las flores de la maceta abandonada en el barandal”; “aquélla anciana es una pobre trabajadora, y sin embargo, la carne que lleva no es para ella, pues no tiene dientes. ¡Da sus últimos días en trabajar para los demás!”
El hotelero se carcajeó al escuchar, con el caracol, los pensamientos de las personas tan benévolamente juzgadas por la bella mujer. La muchacha se le acercó:
–¡Soy Ana! ¿De qué te ríes?
Nerviosamente, contestó –es que… sólo me río por el gusto de reírme.
Ana gritó –¡qué emocionante! ¡Déjame intentarlo!
Tras unos minutos, la risa de la loca contagió al amargado. Luego, Ana se repuso abruptamente, para preguntar con seriedad –¿quién eres?
El hotelero contestó refunfuñando –¡ya te dije que soy un hotelero!
Ana llevó sus manos a la cintura, frunció el ceño y dijo –eso ya lo sé, lo que quiero saber es… –la extraña chica, cambió su estado emocional al ver el instrumento maldito. Contenta exclamó –¡qué bonito caracol! ¿De dónde lo sacaste? ¡Parece hecho de espuma! ¡¿Me lo regalas?!
Al observar su comportamiento infantil, el hotelero pensó: “Ahora entiendo. Está mal de la cabeza”.
Ana era una mujer con mente de niña: impertinente, preguntona y de arriesgada ingenuidad. Comentó –¡estoy muy emocionada de que hayas vuelto en ti, y que te haya hecho sonreír!
- ¡Vuelto en mí? –preguntó el maldito.
Mientras la sonriente Ana veía zambullirse a los pelícanos, dijo que él había sufrido un ataque de posesión demoníaca: ojos en blanco, zangoloteo, espuma por la boca. También, que pudo hablar con el demonio que le habitaba, Belu. Ella no tuvo miedo, pues sólo quería cuidar al hotelero del diablillo. Le advirtió que le iría mal si no cancelaba el trato.
Enojado, el hotelero gritó –¡eres una idiota! ¡Belu siempre está para protegerme! ¡Es lo mejor que ha pasado en mi vida!
Sin inmutarse ante tales reproches, Ana continuó alegre, pues ya para ese momento hacía un castillo de arena. Contestó: –¡fíjate que hoy es mi cumpleaños! ¿Quieres acompañarnos a mi fiesta?
El hotelero aceptó la invitación. La hiperactiva chamaca exclamó –¡perfecto, qué alegría! ¡Te espero a las 10 de la noche en la palapa que está frente al kiosco!–.Con una mueca engreída, el endemoniado se alejó sin ganas de volver a verla.
Dieron las diez y el maldito se dirigió a la palapa. Su motivación era seducir a la infantil chamaca de senos grandes y sin brasier.
Ana se hallaba cantando y bailando junto a sus amigos indigentes, bañados y peinados. El millonario tuvo miedo de esos golondrinos, por lo que los espió a la distancia. Ya de madrugada, Ana era la única despierta, pues arrullaba a sus amigos ya dormidos. Entonces el hotelero se acercó. Al verlo, Ana corrió y lo abrazó. Lo cogió de la mano y jalándolo gritaba –¡ven!, ¡ven!
Llegaron al lugar donde las olas atacan las rocas que soportan el faro. Aún era de noche y estaban solos. ¡Por fin llega el clímax que han estado aguardando las estrellas! ¡El ataque del hotelero!
Corpulento, la cogió con fuerza por los hombros. Mientras se deleitaba con el brincotear de aquellos senos, restregaba su entrepierna en la joven. Entonces la Mar calló. . . el aire se detuvo. . . las estrellas dejaron de titilar. . . Sólo se oían los bufidos de un hombre excitado y de las ropas rasgarse...
Sin embargo, algo no le pareció bien al endemoniado, pues el cuerpo de la muchacha no ofrecía resistencia. Tan frágil y ligera, parecía escurrirse entre sus brazos.
Con rudeza, apartó los largos y negros cabellos de la joven. Dos puñales fueron los ojos que encontró. Aleaciones de decepción, frustración, resignación, inocencia... El hotelero la soltó súbitamente.
Restablecida la calma, el mar y el aire recuperaron su rítmico baile, las estrellas volvieron a sintilar y el hotelero se postró sobre una roca. Deseaba que el oleaje asesino lo engullera. Ana estaba sentada cerca de él. Al verla a los ojos se soltó en llanto.
Ana lo abrazó. El hombre pidió perdón. Any lo perdonó. El maldito dejó caer su cabeza sobre el regazo de la loca para llorar. Unos minutos después, un profundo sueño se apoderó de él. Cuando despertó. . .
¡Cuando despertó estaba en un lote baldío! Vestía sólo ropa interior, dejando ver su cuerpo sucio y repleto de llagas. ¡Era como otro menesteroso del puerto! Conservaba el caracol en una bolsa de plástico, anudada a su muñeca.
Enfadado, corrió a la palapa de Ana para reclamarle sus pérdidas, donde gritó –¡desgraciada ratera, te voy a romper las piernas si no me devuelves mi reloj y mi billetera!
Ecuánime, respondió –tú solo los perdiste, aunque… bueno, más bien fue Belu. Se enojó al percatarse del poco arrepentimiento que empezabas a mostrar, por lo que volvió a tomar posesión de tu cuerpo para meterte en problemas. Se paseaba frente a tus amistades para que te vieran. Así, en su éxtasis carnal, te tomaron por loco.
- ¿Por cuánto tiempo he vagado? –preguntó el magnate.
- Casi una semana.
El malvado exclamó –¡todo lo que me has contado lo quiero creer!, pero para estar seguro, usaré el caracol de Belu.
El Hotelero puso el caracol en su oído con el firme deseo de escuchar los pensamientos de Ana. El eco en la herramienta maligna susurró: “¡Imbécil maldito, no te mereces nada y lo poco que tienes se te quitará, de eso me encargo yo!”
Encolerizado, el maldito cogió un tubo y comenzó a golpear a la frágil muchacha con brutalidad. Mientras rompía los huesos, una explosión de éxtasis y risas infernales retorcían el rostro del verdugo. Ella apretó los labios decidida a no quejarse, por lo que sólo algunas interjecciones escaparon de su boca. De sus ojos brotó un manantial de lágrimas, del cual se abalanzaron a beber los cangrejos, aquéllos que se alimentan de lo que el alma deja.
Cuando la fuente del llanto cesó, el asesino sintió un miedo inimaginable. Su cuerpo le pesaba tanto que parecía hundirse en el suelo.
Apareció Belu, carcajeándose por ver al hotelero sufriendo en posición fetal. Tomó el caracol con la delicadeza de dos deditos chonchos, lo miró por todos lados con gran orgullo y confesó –te voy a contar la verdad, porque curiosamente, es la cereza del pastel en todas mis travesuras. Yo te dije que el caracol te mostraría los pensamientos que tú desearas, lo malo es que nunca has podido controlar tus deseos, ellos son los que te controlan a ti. En realidad, la mayor parte del tiempo, tus deseos por conocer la verdad, fueron desplazados por aquellos que daban pie a tus resentimientos e inseguridades. Cuando usaste mi instrumento con tus empleados, sólo escuchaste aquellos que te dieron motivo para odiar; por unos cuantos, dejaste sin trabajo a todos. Ante Any, los pensamientos secretos que escuchaste eran las sospechas infundadas que fraguabas con ansía de venganza: eran las imaginaciones de tu malévolo corazón.
El asesino mantenía silencio. Su cara mostraba terror y desconcierto. Entonces Belu explicó de nuevo –¿aún no entiendes, verdad? ¡Hasta para mascota eres demasiado animal! Lo que mi caracol te mostró fueron los únicos pensamientos que saciaban tus deseos!. . . ¡LOS TUYOS, no los de esa desquiciada! Ja, ja, ja. ¿Difícil conocer tu corazón, verdad? Más que difícil, ¡es aterrador! Ahora tu alma es totalmente mía. ¿Quién te va a salvar? ¿Quién te va a perdonar?
Pero de pronto, una luz penetrante apareció cegando a todos los presentes. Belu lloraba y corría de un lado a otro sin pasar del perímetro de la luz. Se veía chistoso, como niño que sabe que va a ser reprendido por sus padres, gritaba –¡No me va a doler! ¡No me va a pasar nada! ¡Ya no lo vuelvo a hacer! ¡Se los juro por lo que más odio!–. Sus piernitas regordetas dejaron de moverse justo en el momento en que el alma de Ana apareció. Dijo –¡quédate quieto y escucha!
El hotelero corrió hacia ella llorando y se arrojó a sus pies. Pero Belu no dejó de hacer berrinche; cual niño arrastrado por su madre a la silla del dentista, fue jalado por una fuerza invisible, hasta quedar junto de Ana.
Ana cubrió con su protector manto al hotelero que se sintió consolado y seguro. Después de unos minutos, “La Santa Loca” le dijo:
– Franz, todavía tienes tiempo en la Tierra, donde sólo vine a decirte que mientras el cuerpo viva, nadie está condenado.
En cuanto a ti, Belu, demonio travieso, te quiero decir que ese antiguo caracol, oceánica cuna de las dioses de las pasiones ingobernadas y de la guerra, de Afrodita, de Diana y de Apolo. . . será tu tumba. Así, violencia y egoísmo te aprisionarán eternamente–. Belu se revolcó en el suelo por lo doloroso de aquel castigo, hasta que poco a poco, fue absorbido por el caracol.
II
El hotelero vendió sus hoteles. Nadie sabe en qué se gastó el dinero. Vive como mendigo. Descalzo recorre las calles del puerto donde le grita a los transeúntes cosas como –¡tú eres bueno, pues veo que llevas una bolsa de mercado con florecitas. Seguramente le estás haciendo el favor a tu madre de hacer las compras! Luego, se lleva el caracol al oído e inicia un ataque de risa.
¿Será que el maldito se ha aferrado a la voz del prisionero maldito?, ¿será que escucha cosas que le hacen reírse de la esperanza de Ana por la salvación de la gente malvada?, ¿será que ha purificado su corazón y escucha la voz de Belu en el caracol para reírse del infortunio del pobre diablito? ¿Qué creen que piense. . . mis morbosas estrellas?



Texto agregado el 12-09-2017, y leído por 121 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2017-09-12 19:50:23 Lo tienes cerrado, te lo dejo aquí: Estás abusando de: comas y puntos (también tres puntos). Sufres de uno de los más grandes errores al escribir: el tiempo verbal. eRRe
2017-09-12 19:43:25 La fábula es buena. Aunque no lo dice explícitamente tiene su moraleja. Ahí te dejo unos apuntes sobre tú texto en el LDV. eRRe
 
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