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Inicio / Cuenteros Locales / expreso / Las Saetas de Cronos (I)

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"Cacen a los zorros,
a esos zorros pequeños
que arrasan las viñas,
¡y nuestras viñas están en flor!
Respuesta decidida de la Amada"

(Canto 2:15)

"Antes que sople la brisa
y huyan las sombras
¡vuelve, amado mío,
como una gacela,
o como un ciervo joven,
por las montañas de Beter!"

(Canto 2:17)

"Júrenme, oh hijas de Jerusalén,
que no despertarán,
ni desvelarán a mi amor,
hasta que ella quiera."

(Canto 8:4)

(Cantar de los Cantares)





Jacob, de sus dos esposas –Lía y Raquel– y las siervas de éstas , engendró doce hijos y una hija: Dina –(Din:juez) La que imparte justicia–. Siendo ella joven, cruzando el campo para ir a reunirse con unas amigas, el hijo del rey, a quien su padre había comprado las tierras que ocupaban, la forzó deshonrándola.

Posteriormente, el joven agresor pidió al rey, su padre, que hablara con Jacob para que conviniera en el matrimonio, pues mucho lo enamoraba. Dina, cautelosa, propuso que primero habían de circuncidarse y jurar sumisión al Dios único, para que fuera digno de sacramento en conformidad con Sus Mandamientos. Así se lo comunicó Jacob al rey, y éste, junto a todos los súbditos varones, cumplieron la condición.

Habiéndolos convertido, pues, en subyugados bajo la ley de Jehováh, arengó a dos de sus hermanos para que vengaran su honor. Pasó que, en compañía de poderosos hombres de armas, atacaron ferozmente la aldea cuando los hombres convalecían por la intervención, aniquilando a todos los nobles del clan y arrebatándoles sus tesoros, ciervos y ganado. Jacob sacó a su familia de Canaán temiendo posibles represalias.

En la mitología griega, Artemisa, La Cazadora, simbolizada en el Lucero del Alba, es diosa de la luz divina, del conocimiento supremo. Tenía el privilegio de portar el rayo justiciero de Zeus. Ninfa de las aguas, fuente de la sabiduría, fue adorada como Duna o Danu por los pobladores índicos que se asentaron en las llanuras a orillas de la desembocadura del Danubio. Panonia. Panteístas guiados por los Drus ( hombres-memoria); Los druidas célticos. Los romanos la adoptaron por el nombre de Diana, con los mismos atributos de Artemisa, tenía la venía de tensar el arco de Júpiter. Ambas, Artemisa o Diana, era temida por la manera en que mostraba su ira a quien osaba enamorarse de ella, o pretendiera someterla menospreciándola por su condición femenina. Los convertía en ciervos y azuzaba tras ellos a sus perros para que los devoraran. Sucede que, en la noche, el mismo astro es Afrodita o Venus, numen del amor, la belleza y la pasión.

Dina fue designada por Jacob la séptima en la línea sucesoria. 6-1-6; 12 + 1. El eje del círculo de Las Doce Tribus de Israel. La portadora del cetro. No obstante, nada más se menciona sobre ésta en las Escrituras Hebreas ni en el Evangelio o el Corán de una forma explícita, pero su presencia se manifiesta inmersa en las aguas que fluyen de los manantiales de la sapiencia.



«kairos y la ola no esperan por nadie»
(Las odas de Píndaro)

«Todo es hecho, José –dijo el Christos al de Arimatea antes de entrar en Jerusalén para su sacrificio en la pascua–. Ahora he de reunirme con mi kairos»

«Las ideas, como las mujeres, si no las tomas en su momento se pierden para siempre»
(Alberto Vázquez Figueroa)

«Omnus vulnerant; postuma necat»
(Todas hieren, la última mata)




LAS SAETAS DE CRONOS

Los segundos cruzaban el cielo en formación en su sempiterna emigración hacia poniente. Uno de ellos, acaso enfurecido por haber alterado su ritual con la mirada, efectuó un vuelo raso casi cortándole con sus afiladas alas al pasar cerca de su cara.
En consecuencia, lanzó una patada a una lata de Coca-Cola que le estorbaba en el trayecto, dando un puntapié certero sobre el logo de la marca registrada, yendo a parar lejos y contusa.
Su andar era pausado, cual debe la armonía; e igualmente sus ademanes. Desde su perspectiva de existencia en un plano universal ilusorio, interactuaba ante aquello que le era externo sólo cuando por si mismo se proposicionaba, siendo ésta lo que fuese. Todo quedaba entonces desprovisto de observación y, por lo tanto, de necesidad de significado, y visualizaba el conjunto del absoluto en su plenitud molecular, atómica, energética…dando condición de proposición interviniente solamente a los enigmas enredados en las urdimbres del telar del destino: los designios que por instrucción divina van tejiendo las hilanderas y que, a la postrer, su fin es el sudario del alma. En tal caso, se aplicaba a su desenlace con la maña y destreza con que se desenmaraña el sugestivo entramado de broches en las prendas de encaje tras las que se parapeta con férrea resistencia el acceso a los sinuosos senderos que conducen al deleite en la feminidad, debidamente proposicionada, por supuesto.

Surfeaba hábilmente sobre la cresta de Kairos.

—¿Me serviría usted una cerveza fresca, señor? –lanzó una mueca al barman cuando lo encaró en discreto gesto de tácito saludo, estando éste atendiendo a unos clientes que se iban, mientras se acomodaba en su acostumbrada butaca estratégica.

Desde allí oteó que la cafetería se encontraba prácticamente vacía: una pareja conversaba animosamente en una de las mesas del fondo frente a unas tazas de café. El hombre hacía girar entre los dedos la tapa de una botella de plástico que mantenía en la otra mano, enroscando y desenroscándola consecutivamente mientras su acompañante hablaba, pero dejaba de hacerlo cuando era él quien intervenía. Y un señor en el otro extremo de la barra, veces murmuraba comentarios ininteligibles y otras parecía que canturreaba alguna melodía barruntada en lo recóndito de su extraviada memoria, concentrado en el vaivén del contenido de su vaso medio vacío y, víctima de la agitación, los restos deshidratados de un hielo parecía pedir auxilio, como un náufrago en sus últimos momentos.

La botella de cerveza llegó seguida de una copa escarchada y tras ella, la mano extendida de Julio le invitó a un saludo que compartieron con efusividad. En el mismo momento salía de la cocina la camarera.

—Buenas tardes, colita de caballo, miel para mis sentidos –la sorprendió.

La muchacha se acercó a la barra jubilosa, alongándose, al tiempo que él, y besándose en ambas mejillas.

—¡Cariño, cuánto tiempo...! Por dónde andarías, picaflores –le miró ceñuda.

—Realmente, no tanto como supones –sonrío pícaro–, lucero que conduces el carro de la luna.

—Pues yo no te he visto en línea… ¿Acaso de repente me estás espiando?.

Su inquerencia fue retórica pero él recogió el guante.

—Digamos, por matizar, que me cuesta quitarte los ojos de encima –lapidó rotundo.

Se giró con brusquedad, cogió un paño del fregadero y lo sacudió fingiendo enfado, en tanto que esos contoneos la hacían a su parecer aún más interesante.

—¿Y qué tal se porta nuestra Afrodita últimamente? –quiso saber Julio, con un aire un tanto paternalista, que andaba sumido en sus quehaceres.

—Bueno… –introdujo con perspicacia–, se deja querer, como diosa del amor que es, y mimar, y siempre halagadora con quien comenta o critica sus publicaciones con coherencia, pero tal como Penélope, se las ingenia para mantener a las puertas, ociosos, a los pretendientes. Y aún más prudente se muestra con los desconocidos –hizo una carcajada–, ya que con mi nick no la puedo atacar porque, ya sabes, te quiero como amigo.

—¡Já! A ver si te crees que me vas a coger desprevenida… ángel o demonio o lo que seas.

Le replicó de espaldas, de puntillas y estirando el brazo para devolver la botella a la estantería con la que había vuelto a mediar el vaso del delirante donde ahora el hielo resaltaba exultante. –Tú sí que eres la encarnación de la tentación– se guardó para su intimidad.

Hablaban en confianza. la pareja de la mesa ya se había marchado, dejando aquél allí la botella de plástico, en tanto que el señor de la barra, sin duda, estaba ausente.

–¿Sabes cuál es mi palabra favorita, julio? –éste se encontraba con la cabeza casi dentro del refrigerador ordenando su interior, desde donde emitió un rumor con el que pretendía reconocer su desconocimiento, a la vez que la certeza de que no tardaría en averiguarlo–: concupiscencia. Fíjate que contiene todas las vocales –prosiguió–, además de su melódica fonética. Con-cu-pis-cen-cia –repitió saboreando cada sílaba.

—Tenía que haberlo imaginado, resolló el otro, cariacontecido, forzando un tinte sardónico, con gesto de no haber resuelto un acertijo demasiado evidente–. O eso o algún sinónimo aproximado.

—No lo comparto –le contradijo–. Los sinónimos llevan sutiles connotaciones intrínsecas, variaciones dentro de un abanico que se extiende en una gama de tonalidades significantes. La concupiscencia es el deleite que se experimenta observando los encantos naturales que se manifiestan en una obra de arte creada por la conjunción de las casualidades universales y que, desde mi punto de vista masculinista, su máximo exponente se encuentra en el ser humano femenino: La mujer –el camarero lo escuchaba atento, con una mano apoyada en el borde de la nevera adoptando una postura de reposo–. De hecho, si atendemos con minuciosidad, existe un sensible distanciamiento ante el que el término en su etimología se pervierte ¡Y los académicos aún le echan más leña en sus diccionarios plagados de tabúes! –se lamentó dolido–. La lascivia o la lujuria entran en el bando de los matices que parten del erotismo y se expande hacia el hedonismo más depravado. Maravillarse ante la sensualidad es un don del milagro de la vida. Ir más allá, sería sobrepasar los principios del decoro y la gentileza.

Julio se quedó meditabundo por un momento, fijándose en él pensativo y esbozando una mueca de veras sarcástica.

—Lo que pasa es que eres un tanto cabroncete –reaccionó al fin–. Sabes que desde hace meses no entro en los foros, es más, ni enciendo el ordenador, y vienes a mi presencia para perturbar la paz de mi espíritu, por no usar vocablos malsonantes. Pero, ahorrándome locuacidad y sin ánimo de refutarte, yo resumiría todo esa perorata afirmando, sin prejuicios, que lo que vos sos es un jodido mujeriego.

Se sonrieron con cordialidad y simpatía, pero sus miradas enfrentadas centelleaban como afiladas katanas blandidas por diestros contrincantes.

—¡Ah!, sos. Te fuiste por la Patagonia, ché. Cómo, nomás –continuó imitando el acento latino–, ya sabés, loco, si la montaña no va a la fuente, Mahoma se rompe la crisma en el cántaro. Es vox populi. Sé dónde encontrarte –aseguró con humor denotando la coacción–. Y sí. El lugar se ha vuelto tremendamente tedioso. Aquello no es lo mismo sin tus antihéroes, tugurios, callejones; sabor a alcohol y olor a vómitos, y las desgarradoras notas de un blues fluyendo de un saxo abollado y melancólico que planean sobre la urbe dormida.

—¡Precisamente, es eso! –estalló–. Todos mis cuentos son monocordios. Por no decir incordios. Predecibles. Tú acabas de reducirlos en una única línea argumental con tres o cuatro sustantivos emotivamente ornamentados –emitió una voz intraducible entre aes, ges, haches intercaladas y otros sonidos onomatopéyicos de alfabetos desconocidos a modo de hastío.

—No digas chorradas –le replicó insistente–. Cada personaje, sus circunstancias y entorno… el desarrollo, el ambiente. Lo que he definido no son más que las sensaciones. La esencia de tu estilo. Y ni tan siquiera es tuyo, si no ya de ese seudónimo o nick. Esos monstruitos que en cuanto toman conciencia adquieren ética y estética, y se apropian de nuestra voluntad para que tecleemos y movamos el ratón a su antojo. Por ejemplo: con mi ejército de clones. Se diría un caso de personalidad múltiple… Y no te comento cuando se disputan el turno de palabra; insufribles –pausó hasta que le cayera la ficha–. Es como decir que los que seguimos tus aventuras, y somos varios, no tenemos criterio. Que carecemos del sentido del gusto por la buena lectura. Para ser un personaje que no se da mucho a conocer tienes fieles lectores y comentaristas. No lo veo justo.

—¿Justo? Justa era mi armonía antes de dejarte abrir la boca, y vale que no puedo desenchufarte, pero como me debo a mi trabajo me adelantaré a tus apetencias ¿Sabes qué me ibas a pedir? –el otro negó despreocupado–. Una hamburguesa especial de la casa.

—¡No! –los párpados, al contraerse por la impresión, dejaron desnudas unas marmóreas esferas inmensas que dieron la impresión de ir a desprenderse de sus cuencas– ¿Con huevo de corral y verdura de la huerta? –la imaginó y se le abrió el apetito como si la boca de un mero–. Ante esa retirada no tengo nada que objetar –se rindió–. Sabes bien como excusarte con licencia poética –mas no sonó a reproche.

Atravesó la puerta de la cocina desapareciendo engullido por ésta, y la cafetería quedó en agradable silencio.

El ausente de la barra se había diluido, probablemente transmutado en una piedra de hielo a la deriva. Rosaura, la camarera, acometía la tarea de reponer la dulcería en el expositor. Hermosa treintañera, veinticinco según su perfil. Esbelto cuerpo y rostro lindo y resplandeciente como un hechizo de hada. Un cabello azabache de finas hebras deshiladas del corazón del ébano nacía de su cabeza, y recogido en un moño que le dejaba descubierto el cuello, de un pálido rosáceo, a modo de dos sugerentes montículos entre los que se vertía precipitándose en caída libre por su espalda erguida; de pecho orgulloso; desvaneciéndose, de plano, sobre las ensenadas de su cintura, donde se balanceaba liberto al compás de sus andares de un extremo a otro de sus caderas. Tal cual suya era. Rosa del aura. Eos, la que nace del amanecer, la de los dedos de rosa, rememoró versos de homero.


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Texto agregado el 30-09-2017, y leído por 119 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2017-09-30 14:34:53 Habrá que esperar el desenlace para completar las correspondencias entre el relato y los preliminares bíblicos y mitológicos. La antigüedad se parece a la modernidad en que el hombre vive entregado a pasiones ta nobles ya viles, como el conocimiento el.amor y la belleza, desde una isla griega bucólica o sentado en un bar. Creo que aquí hay mucho potencial para emplearlo en diálogos de barra parecidos a las discusiones de un ¿sitio literario?, como éste. litomembrillo
 
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