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Inicio / Cuenteros Locales / expreso / Las Saetas de Cronos (II)

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En el instante en que apuraba un trago de la refrescante cerveza le pasó por delante. Él extendió el brazo hacia ella y cerrando la mano pareció cazarla al vuelo, llamando así su atención. En cierto sentido, tampoco le perdía de vista. Una vez se sorprendió sintiendo celos viéndolo en Letras flirtear con una cuentera veleidosa de presentación descarada y ediciones sugerentes. No le hacía desmerecer sabiéndose admirada por un hombre que no le era indiferente; no la incomodaba sino, al contrario, la hacía sentir especial, y eso le gustaba; cosa que la contrariaba. Por eso sus decepciones cuando lo leía usando los mismos requiebros indiscriminadamente.

Se paró con arrojo, gesticulando un mohín. Lo conocía; en nada le era ajeno. Cuando se le presentaba, con apariencia de hombre, mujer, pajarillo o gato... siempre lo desenmascaraba. Él no se amilanó por su enarbolada actitud. Se las ingeniaba con soltura para esquivar esas andanadas defensivas.

—Me gustaría que saliéramos cualquier día a charlar paseando por un parque de floreada vegetación; o ir al cine, con palomitas, refrescos y chocolates, a ver una película que tú hayas elegido con entusiasmo; o a cenar en una terraza junto al mar: las suaves olas lamiendo la costa y las estrellas titilantes reflejándose en tus ojos cristalinos –no vocalizaba, siseaba entonando en una cadente parsimonia cada sílaba y, emitido en una frecuencia apenas perceptible, se detectaba un hipnótico cascabeleo–... Ya me entiendes: hacer propios todos esos lugares comunes que tanto detestamos y criticamos en la literatura pueril y prosaica.

Rosaura dejó escapar una delicada y presuntuosa carcajada, y su mano le acarició el carrillo veloz y suave con una bofetada esgrimida en amparo de su honra.

—Tú sabes que estoy comprometida: tengo novio –vindicó con los labios fruncidos con lo que pretendía reforzar la taxatividad del pretexto y tratando de no sonreír ante la vulnerabilidad de semejante subterfugio.

—No te he propuesto nada deshonesto –se exculpó–. Somos artistas. Al menos... aficionados. Nos nutrimos de experiencias vitales, rindiendo culto a la existencia.


Notó el desequilibrio, y en el uso de sus reflejos se asió con presteza en un recurrente ataque ad hominem:

—Y luego me dirás que soy la voladora; e instilarás en mi oído melifluas palabras de ese lenguaje embaucador de poeta girondiano en el que te envuelves para turbar a tus víctimas –continuó acusadora–: pobres muchachas desprevenidas que caen como moscas en tu tela tejida de versos. Como el mismísimo burlador tú eres: promiscuo e insensible.


«Pues largo me lo fiais», le cruzó por la mente como las fatídicas palabras recordadas de un general que veía en serio peligro el ala más vulnerable de la retaguardia que cubría a sus tropas en el frente. Debía reforzarlas sin perder la superioridad en la vanguardia, porque si permitía que le rodeara estaba perdido. Dio la orden de carga de caballería.


—No veo objetivo que me evalúes según me comporto allí en Cyberletras. En la página interpreto el personaje al que se debe mi Nick: Samael –alegó con descaro en su descargo–: uno de los doscientos Grigoris enviados a la tierra para vigilar la creación de dios: tratados como si nodrizas para su muñeco de barro; y que nos abstuvimos de regresar al otro paraíso, quedando aquí exiliados, bajo anatema, habitando la materia, exentos de las cadenas del tiempo pero dependientes de la limitación de la carne; que a su vez es un vehículo conductor de las energías en otro plano distinto del espiritual, pero en comunión con ella: con la conciencia suprema y sus entes actuantes; es una experiencia digna de dioses. Él no lo entiende: la maravilla es conquistar el paraíso físicamente. Por eso mi condena es vivir en medio; sin principio ni fin. Viendo pasar las vidas como sombras. Por no romper un voto no prometo amor eterno. Las he visto partir de tiempo agotado con rencor y envidia en la mirada; los recuerdos también se desvanecen –como eufónica rapsodia narró la tragedia, tan mística que parecía provenir de lo más primigenio de la vida–. Las mujeres; nos perdieron: mi sino es seducirlas; por los siglos de los siglos. Así lo elegí, y no me arrepiento.

—Va a ser que de sentimientos me entran ganas de adoptarte –emuló secarse una lágrima. Él prosiguió en el trance ajeno a la ironía.

—Tres arcángeles componían mi partida: Hazazel, nuestro líder y libertador, Azael y yo mismo. El primero fundó un antro llamado El Infierno y se dedicó a la compraventa de almas al por mayor. Las compra o empeña en el occidente, a precio de saldo, y las vende en el oriente a magos y espiritistas por un suculento beneficio. Se cambió el nombre por el de Satán; cuestión de marketing. A Azael lo vi por última vez entrando en una casa del opio en las afueras de Londres en compañía de algunas damiselas veleidosas. Allá por los años ochenta del siglo diecinueve. Un cuentero de la época le tomó de modelo para un cuento bajo el nombre de Dorian Gray. Algo sobre un retrato; nunca lo leí. No es lo mismo cuando conoces al original... En cuanto a mí, ya ves: sigo fiel a mis principios. No obstante –puntualizó–, ser promiscuo no es oprobio, sino provecho: carpe diem.

Acabó de un trago el resto de la cerveza.

—¿Sabes que por esa razón inundó Jehovah la tierra?

—¿Y no te ahogaste? –fingió preocupación, mientras le ponía delante otra bebida que no había pedido. Siempre le fascinó su imaginación.

—Los ángeles somos alados –dio por axiomático–. Fui yo quien llevó la rama de olivo al Arca. Lo hizo para exterminar la raza de los insumisos –le aclaró mientras vertía la cerveza en el vaso con cuidado–. Y es que, a veces le dan esos ataques de ira incontrolada. Es normal; padece de todas las polaridades: omnipolar, supongo. Sucede que le está crudo agarrar un psicoanalista por allá, porque los argentinos no van al cielo.

—¿Ni los buenos? –se interesó.

—No. Ni esos –se ratificó irreductible en la negación.

—¿Y a dónde van entonces? – Picó en la curiosidad.

—A la concha'e la lora.

Rosaura emitió un resuello en acopio de paciencia y al punto estuvo de hablar, mas hubo de reprimirse por entrar un cliente apresurado. Se sentó tres butacas más allá; dejó escapar un bufido de alivio al aposentarse. La diosa refunfuñó algo inaudible a modo de respuesta antes de alejarse para atenderlo.

Hombre de mediana edad y estatura, pero robusto y de buen ver. Ataviado con el atuendo de los días laborables en quienes ejercen el oficio de la pintura: mono azul con las mangas cortadas por los hombros, uñas lacadas en blanco mate y piel tostada de jornadas a la intemperie. Debía de ser habitual. La camarera lo saludó por su nombre y él también respondió por el de ella. Sacó un vaso de tubo del congelador y le sirvió un generoso wisqui. Pidió además un refresco para llevar, y de pronto, entre él y ellos, sobre la barra se propuso una lata de Coca-Cola, indemne, divisoria, inexorable. «El Alfa y el Omega –sentenció resignado–. El final de cada era –y el karma se había pronunciado, como siempre inapelable– supone el comienzo de una nueva». Aquéllos se sumieron en una conversación sobre la cotidianidad. Ella le coqueteaba a nivel subrepticio y permitía a su interlocutor que practicara las gesticulaciones ensayadas durante horas frente al espejo; estereotipos ante los que aparentaba encandilarse, siempre tan condescendiente.

Y ésta coincidió con el momento en el que Julio apareció mostrando con orgullo una apetitosa hamburguesa con todos los ingredientes del esmero: accedió por una puerta lateral y se dirigió decidida hacia la máquina de tabaco. El barman advirtió que los músculos de su amigo se desperezaban. Sus minúsculas pupilas se fijaban en él, pero su atención estaba en la periferia. Por eso dejó el plato sobre la barra deseando «buen provecho» con implícita doble alusión, y se retiró a hacer que hacía caja. Eran horas de escaso trajín, él le dio las gracias sin mucho esmero.

La máquina le rechazó la moneda, que resonó metálica cayendo en el cajetín de devolución. La chica se agachó a recogerla, molesta, chasqueando la lengua. Él no la miraba, pero era el centro de su ángulo de visión. «Los Hados –supo con certeza, y le dedicó un guiño al Eón–, siempre puntuales». Por segunda vez no le aceptó la moneda. Ahí, se llevó las manos a la cintura y dio unos golpecitos con la punta del pie en el suelo sin levantar el talón. Masculló entre dientes algún juramento ciertamente enfadada con el aparato. Las circunstancias requirieron de su intervención: las señales propicias indicaron que el momento lo implicaba.



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Texto agregado el 04-10-2017, y leído por 154 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2017-10-04 16:19:45 Cuanta riqueza en el lenguaje empleado. Bello y ameno relato. Felicitaciones! Un abrazo, sheisan
 
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