De regreso a casa. El último día en la oficina había sido agotador. Tenía todo el cansancio apostado en la espalda y las noches de insomnio le colgaban de los ojos. Su auto, días atrás, se había rendido a solo tres metros de su edificio y no quiso caminar más. Dio la vuelta por la misma esquina. Fumando un cigarrillo, planeaba lo que haría al llegar a casa. Se soltó el moño y puso al descubierto su larga, inmensa cabellera negra. La noche estaba fresca y ella; risueña.
Tenía a París en el bolso, toda una nueva vida en aquel bolso marrón de origen indio americano, navajo, para ser exactos. En la cuadra 25 de Caminos del Inca, cruzó la avenida e impacientemente se dispuso a esperar el chama. ¡Todo Pardo, Salaverry, San Felipe¡, gritaba frenéticamente el chofer de la combi, cosa que a ella le sorprendió. Y:¿Dónde estaría el cobrador?, ¡qué raro!.
Permanecía como inerte, fijo en aquel asientito en el cual nadie quiere sentarse por estar al lado de la puerta. Miraba la calle. Lo único que hacía era recibir el pasaje y, ¡eso!, cuando se lo daban. Por un momento quiso llorar de pura rabia, también lo quiso y aún quería matar. Está loco este cuñao, pensaba. No, encontraba la respuesta a su desafortunada jornada. Su tortura comenzó la noche anterior al sufrir un robo, cuando dio la última vuelta, dejó a su cobrador con el brazo lleno de cortadas y la pierna izquierda rota. Al comentárselo a su vecino, éste le recomendó a su ahijado que estaba buscando trabajo y que, según le dijo, era responsable. Todo quedó arreglado. A las cinco de la mañana mientras limpiaba el carro, él, se le acercó y se presentó. Después de darle instrucciones sobre la ruta, salieron a trabajar. En las dos primeras vueltas todo iba bien. Pero a la tercera, todo cambió.
En una de las esquinas de la ruta, tras el cambio de luz del semáforo, al partir no cerró la puerta de la combi y seguía gritando, llamando a la gente, colgado de ella. ¡Oye, huevón, cierra la puerta!, le gritó desde el timón. No hizo caso. Metros más adelante el pito de un policía de tránsito los detuvo. 250 soles de multa, mil carajeadas para el culpable y hasta un intento de cachetada. Desde allí, todo sería distinto: ¡Grita, carajo, llama a la gente!, chillaba rojo de cólera mientras manejaba. ¡No quiero pe!, respondía el otro con un movimiento de hombros y un gesto infantil. Nada sirvió; ni las amenazas, ni los gritos. El chofer, lleno de impotencia se resignó a sacar la cabeza por la ventana y él mismo gritar las rutas y llamar a la gente. Los pasajeros no podían contener la risa.
Los asientos del lado derecho de la combi, estaban vacíos. Sentándose detrás de él, cruzó las manos sobre su bolso indio y dio un largo suspiro de relajo. Con la cabeza recostada en la ventana imaginaba mil y un cosas. Quizá lo del viaje, lo de su nuevo empleo, una nueva vida o simplemente que aún manejaba, tranquila, su Toyota blanco del 96. Al instante se dio cuenta del ambiente risible que reinaba. De rato en rato los miraba entretenida. ¿A quién le pago?, preguntó y esto le causó más gracia aún. Él la miró de reojo y le extendió la mano. Sacó de la billetera el dinero y se lo entregó.
Llegando a la cuadra diez de Salaverry, ella dio la orden: ¡bajo en la siguiente esquina!. En la avenida, la calma reinaba. La pista se mostraba vacía. Un anciano que hacía footing se disponía a cruzar la calzada. En su discman cantaba Julio Iglesias a todo volumen. El chofer intentaba arreglarse el cinturón de seguridad. Los pasajeros, hipnotizados, la veían alistarse a bajar, él se preparaba para abrirle la puerta mientras también la observaba. La mirada del chofer y el anciano se cruzaron unos segundos... Todo parecía en cámara lenta, mientras, el orden de las cosas, se perdía para no encontrarse más. Las cuatro llantas rugieron frenéticamente. El del timón quedó en la cola, los de la cola en el timón y los del centro quedaron todos unidos.
Detenida ante la nada, quedó vencida. Intentar expresar tanto dolor era sobrehumano. Sus ojos querían pero no podían abrirse más. Respiró por unos últimos segundos, luego se olvidó de hacerlo. Él cayó sobre las rodillas de ella, al menos eso sintió. Escuchó por unos segundos ciertos quejidos, ciertos llantos, cierto silencio. Las sirenas se oían lejanas. ¿Una?, ¿dos horas?, o quizá más, o menos. El tiempo había desaparecido. Intentando moverse cabeza abajo, el chofer se sentía morir. Desistió por unos segundos, luego volvió a intentarlo, pero nada, no sentía nada. La sangre de la nariz le empañaba toda la visión. No tenía noción de lo ocurrido. ¿Qué pasó con el timón?, o, quizá, solo es un sueño.
El jefe de los bomberos fue el primero en ver esta escena. Uno, dos, tres vueltas y pared. Metros más a la izquierda, en dirección opuesta al vehículo descansaba la posible razón de la tragedia o quizá la principal víctima. Una amorfa masa humana que se extendía en un radio de diez metros. No tenía cabeza, al menos la tuvo, ahora no. Lo único que quedó intacto fue el torso. Las piernas por aquí, los brazos por allá; todo ya fue tapado por la policía.
De los bomberos a la policía, de los vecinos a los ambulantes y claro está también los periodistas. La tragedia se convirtió en un evento farandulero y cada quién tenía su propia versión del asunto, aún cuando nada hayan visto. Entre tanto, la combi parecía un acordeón. Por dónde empezar. Ni los bomberos lo sabían. Minutos después llegaron a un acuerdo con unos improvisados mecánicos y hasta con gasfiteros. Tardaron dos horas en abrir el techo del vehículo. Unas dos horas más en desenredar los brazos y las piernas. Parecía un matadero. A unos los sacaban completos, a otros parecían no sacarlos. ¡Cuatro hasta el momento!: tres enteros y uno a medias.
Cuando la descubrieron estaba aún sentada esperando llegar a su destino. Tenía aún el bolso navajo aferrado a su pecho. Su inmensa cabellera parecía protegerle el rostro. Su cabeza, ligeramente tirada hacia atrás, deba la sensación de descanso. Intentaron sacarla pero algo pareció asirla. Un bombero la tenía sujetando del torso, el otro se metió dentro de la combi para ver qué la retenía. Intentó halarla de la cintura pero de pronto sintieron una jalón que, a ella, la devolvió a su sitio. El agente, sorprendido, miró por debajo suyo buscando alguna razón. Quedó helado. Dos ojos lo miraban fijamente sin parpadear, parecían luces.
Abrazando sus piernas, no quería soltarla. Cuando lo sacaron lucía como un cadáver en vida. El cráneo, literalmente, se le había partido en dos. Bañado en sangre lo acostaron en una camilla. Los médicos no sabían qué hacer con su cabeza, si vendarla, si dejarla así. Aún tenía un pedazo del asiento incrustado a la altura del occipital. Una hora más tarde, se uniría a la funesta fila de pasajeros, expuesta en el suelo. Ella, estaba a su costado. El chofer, ahogado por su sangre y harto de confusión, los siguió poco después. Al padre de ella tardaron dos días en encontrarle la cabeza. Un perro se lo había llevado a su escondite. Los periódicos se ocuparon del accidente por una semana para luego morir en el olvido, y es que en la vacuidad de lo absurdo, la nada tiene interrogantes.
*combi: movilidad mediana en el que todos los pasajeros viajan apretujados (llamadas comunmente combis asesinas)
*Chama: nombre que se le da a la linea de transporte que recorre determinados puntos de la capital |