La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / Bosquimano / Blu

 Imprimir  Recomendar
  [C:583990]

Blu

Ring… ring… ring… Así sonaban los teléfonos en la década de los ochenta. No se les podía cambiar el tono. Sólo servían para hablar y la única inteligencia que de ellos se esperaba era que quien marcaba tuviera algo sensato qué decir. Cumplían, pues, el propósito para el que Alexander Graham Bell los diseñó: reducir las distancias, sin la necesidad de tener conversaciones extensas.

Ring… ring… ring… Sonó el teléfono. Mario no dejaba de experimentar cierta inquietud cada vez que éste sonaba. Sabía que las personas normalmente usaban este medio de comunicación cuando se trataba de un asunto importante y, rara vez, para perder el tiempo, o peor aún, quitárselo al propietario del número marcado.

El teléfono es muy frío y las llamadas son muy pocas escribió Roque Narvaja, un roquero argentino y extemporáneo. Debió haber agregado que era caro, se oía mal y se tardaban en instalarlo.

Mario lo dejó sonar un par de veces. No quería proyectar ansiedad o prisa alguna por contestar. Poco tiempo después, con voz pausada preguntó:

–¿Quién habla?

Resultó ser un antiguo compañero de trabajo, a quien la diosa Fortuna lo había colocado al frente de una gran empresa que crecía rápidamente incursionando, en los 80’s, en incipientes y novedosos mercados de la tecnología.

–Te invito a comer– dijo el amigo –es urgente que platiquemos.

Más tarde, compartiendo una mesa de algún restaurante de moda y con la siempre sugerente compañía de un buen vino, recibió una oferta de trabajo. Se trataba de desarrollar un nuevo modelo comercial, por lo que no había muchos detalles de la actividad, pero el sueldo era muy atractivo, así que aceptó.

En la fecha acordada para iniciar su nuevo trabajo, se levantó temprano y llegó un poco antes al lugar donde sería su nueva oficina de ahora en adelante. Al ver el edificio desde la acera opuesta, quedó impactado. Era realmente magnífico.

Se trataba de una vieja casona construida a finales del siglo XVI que había sido remodelada para darle las características de un edificio moderno, preservando al máximo todos los detalles de la construcción original. La iluminación nueva ahuyentó los viejos fantasmas que allí moraban y los redujo a ecos que podían escucharse en el crujir de la madera y en el chirriar de los herrajes.

Una secretaria de porte muy distinguido lo recibió en la puerta de la gran casona y lo condujo de inmediato a una enorme sala de juntas. Allí se encontraba reunido el grupo ejecutivo de más alto nivel. Las presentaciones rigurosas, una cálida bienvenida, un café excelente, recién preparado, y por supuesto, ese extraño protocolo mediante el cual, a través de preguntas como la zona en la que vives, tu formación académica y los hobbies que tienes, busca encontrar relaciones comunes que sirvan para acreditar la posición social del recién llegado.

Más tarde, la misma secretaria se encargó de darle un tour por todas las instalaciones, presentándole a todo mundo -dicha presentación incluía nombre, puesto y alguna cualidad relevante. Al final del recorrido, él sólo recordaba el primer y último rostro.

Aquel recorrido terminó frente a una puerta. Era formidable, hecha de madera maciza y con un espesor tal que parecía defender una fortaleza. Él no pudo evitar preguntarse:

–¿Será mi protección o mi cárcel?
La secretaria empujó la puerta con firmeza y ésta, pese a su enorme peso, giró suavemente sobre sus goznes permitiendo el acceso al recinto.

–Esta es su oficina– dijo con una sonrisa amable. Cerró la puerta y desapareció dejándolo solo.

Mario dio unos cuantos pasos. Se situó en medio del espacio. Tomó aire y, girando lentamente, comenzó a reconocerlo. La distancia hacia el techo era enorme y los muros eran exageradamente anchos. Estas características físicas le daban al recinto un gran señorío, pero al mismo tiempo hacía que todo lo que contenía se viera pequeño.

Un ligero escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Satisfaría las expectativas de quien lo invitó a colaborar en ese proyecto? ¿Esa oficina le ayudaría a pensar en grande o lo empequeñecería?

Un discreto toque en la puerta lo trajo de vuelta a la realidad. Era Marco Antonio, el director de ventas gubernamentales, ocupaba la oficina contigua y venía acompañado de una señorita rubia a la que presentó como su secretaria. Luego, con un tono sumamente amable, dijo:

–Mientras organizas tu departamento y contratas a tu personal, podemos compartirla.

Ella esbozó una sonrisa que a él le pareció más falsa que la filantropía de un banquero y musitó:

–Lo que se le ofrezca, ya sabe, con mucho gusto–. Acto seguido, desaparecieron.

Finalmente se sentó en el cómodo sillón del escritorio, ajustó la altura, extrajo del bolsillo de su camisa una pluma fuente, tomó de la papelera unas hojas en blanco y se dispuso a hacer el primer borrador de lo que sería su proyecto.

La pluma fuente parecía tener ideas propias y escribía por su cuenta. Más tarde, al revisar sus primeras notas, descubrió que no se referían al proyecto, ¡no! Éstas retomaban su primera inquietud, la reciedumbre de la puerta ¿Tenía por objeto impedir la entrada de extraños o limitar la salida de propios? ¿A él lo hacía sentirse seguro o atrapado? Y así, la lista de preguntas llenaba varias hojas de papel.

Con la cabeza entre las manos para tratar de contener su desesperación y una ligera transpiración que perlaba su frente, encontró la primera respuesta a tantos y tantos cuestionamientos. Mantendría la puerta entreabierta para él y entrecerrada para los demás.

Así comenzó a trabajar. Había días enteros en el que el “síndrome de la página en blanco” atacaba y había otros, en los que las ideas parecían materializarse por sí solas.

Fue justamente uno de esos días cuando, en medio de esa fiebre creadora, escuchó el acompasado sonar de unos tacones -sonido que el piso de madera magnificaba haciéndolo aún más profundo.

Escuchar los pasos, imaginar cómo sería quien pudiera impartirles ese ritmo y levantar la vista fueron acciones que transcurrieron en cámara lenta. Entonces, a través de la puerta entreabierta, percibió primero una silueta, luego una forma que se materializaba y finalmente una visión clara de un escultural cuerpo de mujer que le daba la espalda.

Estupefacto, inició el análisis de aquella visión desde el principio, es decir desde los tacones que despertaron su atención. Pertenecían a ese tipo de calzado llamado zapatillas, famosas por resaltar la forma de las piernas. Él levantó un poco más la vista y constató lo que ya sabía. La forma de las pantorrillas era perfecta. Se adivinaba la tersura de la piel y lucían bronceadas ¿Qué sol goloso las habría besado hasta darles ese tono?

En su interior una feroz batalla se llevaba a cabo.

–¡No sigas!– imploraba la razón –¡no levantes más la vista!–.

Pero la curiosidad pudo más y así se encontró con una falda lo suficientemente larga para cubrir sus muslos y al mismo tiempo lo suficientemente entallada para dejarlos evidenciarse.

De espaldas hacia él, inclinada sobre un escritorio donde entregaba algunos documentos, se balanceaba de una pierna a otra imprimiéndole a sus caderas un ritmo sensual y provocador. Lo que inició como una visión ahora era toda una revelación.

Una cintura fina le trajo a la memoria un fragmento de un poema que alguna vez despertó su atención: “¡Cómo quisiera tener en mis manos tu cintura y en mi soledad tu ternura!”

Más arriba la espalda, mitad descubierta por el amplio escote de la blusa que mostraba tatuado en el hombro derecho un papagayo de múltiples y vívidos colores que lo observaba mientras él miraba a la mujer.

Mario tuvo que llevarse la mano a la boca para ahogar el grito de sorpresa que estaba a punto de emitir. El papagayo lo observaba. No, no era posible, estaba alucinando. Pero el ave no le quitaba la vista de encima. Los pájaros no se ríen, pero es fácil adivinar en su mirada cuando se burlan de nosotros y éste se burlaba de él.

El piso giraba, el techo descendía, las paredes se aproximaban y el estruendoso graznar del papagayo inundaba la oficina. Él, en posición fetal se ocultó bajo el pesado escritorio, apretó los dientes y cerró los ojos. Perdió la noción del tiempo y del espacio. No sabía qué sucedía. Entonces llegó a sus oídos lo que él percibió como una dulce melodía. En realidad, era el rítmico repiquetear de unos tacones en el piso de madera que se alejaban. Abrió los ojos y la epifanía había desaparecido sin haber mostrado su rostro.

La dirección de ventas a gobierno había identificado un proyecto. Ahora tenía mucho trabajo por hacer, trabajo real. Ya no tendría que inventar posibles campañas y promociones. Era apasionante, se trataba de acercar la diversión a las masas por medio de la tecnología.

Mario trabajaba sin descanso. Podría decirse que atravesaba por una etapa de creatividad febril, sólo interrumpida por momentos cuando creía escuchar el batir de alas en su oficina. Levantaba entonces la vista, revisaba el espacio y al no encontrar nada, regresaba a su trabajo.

Al mediodía, cuando regresaba del almuerzo, recorría todo el edificio. Lo hacía pausadamente, aparentando una amabilidad que estaba lejos de poseer. Con el tiempo, se aprendió el nombre de la mayoría de los empleados.

Más que socializar, ese recorrido tenía un propósito: él buscaba hombros desnudos con la esperanza de encontrar, en alguno de ellos, aquel papagayo que a veces parecía volar en su oficina. Encontraba muchas faldas cortas pero pocas blusas escotadas y de ésas ninguna llevaba el tatuaje que buscaba.

Hacía ya tiempo desde que había decidido mantener la puerta de su oficina abierta de par en par. Incluso colocó un pequeño letrero que decía: “Las aves son bienvenidas”. Por las noches combatía el insomnio con la lectura del Manual del ornitólogo y durante el día siempre traía el libro bajo el brazo, cual predicador con su inseparable Biblia.

Un día de máxima concentración en su trabajo, le pareció escuchar un leve toc toc en su puerta. Alzó la mirada y en el umbral vio a Marco Antonio. Éste sonreía y mientras caminaba al centro de la oficina.

–¡Nos dieron el proyecto, nos lo dieron!– exclamó con voz atropellada.

Poco a poco Mario comprendió que el proyecto en el que había estado trabajando no lo era más. Ahora era un contrato, el más importante en el que la empresa hubiera participado y no pudo dejar de imaginarse un mejor futuro.

–Esto debemos celebrarlo apropiadamente. Cenemos este viernes en el mejor restaurante de la ciudad. Allí nos vemos ¿de acuerdo?– concluyó Marco Antonio.

–De acuerdo– respondió.

Ese viernes salió un poco más temprano de la oficina. Fue a su casa, se dio un baño y comenzó a vestirse despacio y sin entusiasmo. A él no le gustaba salir los viernes por la noche, era el tiempo que dedicaba a una de sus actividades preferidas: trabajar en la compilación de la música que le gustaba.

Su ritual consistía en abrir una botella de vino, limpiar los acetatos, escucharlos y luego grabar a cinta las melodías que, según su estado de ánimo, lo impactaban -para los melómanos era una época de oro. Llegaba música de todo el mundo- Él pertenecía a un grupo afín donde se seleccionaba, evaluaba e intercambiaban discos.

Con tiempo de sobra, Mario abordó su auto, insertó un casete en el reproductor y, bajo la lluvia, tomó camino hacia el restaurante. Iba sin expectativa alguna a cumplir un compromiso con un compañero de trabajo. Tomaría unos tragos y regresaría lo antes posible a su madriguera -término con el que se refería a su casa. Llegó un poco antes, dijo su nombre y un capitán de meseros, haciendo ademanes exagerados y utilizando palabras rimbombantes, lo condujo a la mesa que Marco Antonio había reservado. Pidió un whiskey en las rocas, al que le daba pequeños sorbos, y se entretenía moviendo los hielos con el dedo índice.

Unos minutos después, el mismo capitán, con los mismos ademanes y las mismas palabras, condujo a dos mujeres hermosas, enfundadas en imponentes gabardinas negras que las habían protegido de la lluvia. Siguiendo las reglas básicas de urbanidad, Mario, de píe, ayudó a una de ellas a despojarse de aquella prenda y debajo, un vestido strapless mostraba sus hombros redondos y suaves y en uno de ellos se posaba un papagayo de múltiples y vívidos colores que lo miraba irónicamente.

Apresuradamente bebió el trago restante de whiskey, ordenó otro, esta vez doble y, una vez que recobró la compostura, farfulló:

–Enjaulado de conocerla. Perdón. Encantado– corrigió.

Ella emitió una risa musical, abriendo ligeramente sus labios voluptuosos y asomándose unos dientes blancos y perfectos.

Sentado frente a ella, Mario admiraba su rostro. Primero pensó en una hermosa efigie tomada de un medallón antiguo, sin embargo, había rasgos que no correspondían. Los ojos de aquéllas son pequeños y de mirada lánguida, estos eran enormes y de mirada traviesa. Los labios de las efigies son delgados y estos eran carnosos -los imaginó culpables de mil sueños febriles.

Más abajo, un cuello perfecto al que, en su alucinación, imaginó que cubría de besos y de suaves mordiscos, pero al llegar al hombro, desde atrás, se asomaba el papagayo mirándolo retadoramente. Él regresaba entonces a perderse en el jugueteo de su mirada para luego iniciar nuevamente el recorrido hacía sus hombros y allí encontrarse nuevamente con el papagayo.

En la mesa, mientras los demás platicaban animadamente, Mario seguía atrapado en el circuito que iba de los ojos a los hombros de aquella mujer. Hasta que una voz meliflua lo sacó de su arrobo diciendo:

–¿Que ordena el señor para cenar?

Con el pensamiento en el ave, respondió distraídamente:

–Paté de pato, nido de codorniz y de postre, palomitas de maíz con caramelo.

La noche avanzó vertiginosamente y la cena terminó. Camino a recoger los autos, ella lo tomó de la mano y le dijo discretamente:

–No quiero regresar con Marco Antonio. No me gusta ser acosada. ¿Me llevas tú a mi casa?

–¡Sí, por supuesto!– respondió, sintiéndose “don Quijote”, aquel defensor de doncellas que sólo conocerán quienes hayan leído el libro.

Acto seguido, se despidieron de los demás. Él le abrió la portezuela del auto y lo rodeó para tomar su lugar al volante.

Mario tenía un auto viejo, el asiento delantero era de banca corrida, sin consola al centro y la palanca de velocidades estaba en la columna de la dirección. Ella se desplazó hasta quedar a su lado, tomó su brazo con las dos manos y se acurrucó junto a él.

La melodía “Samba Triste” interpretada por Baden Powell, y el aroma del perfume Chloe de la dama llenaban el auto. Él manejaba lo más despacio posible. Quería eternizar el momento. Ella lo guiaba por la avenida:

–Da vuelta a la derecha, toma esta calle, ahora a la izquierda, una más y … aquí es.

Estaban frente a un viejo edificio de departamentos. Mario apagó el motor, ella apretó más su cuerpo al de él, la música terminó y soltó su brazo, lo miró, acercó lentamente su rostro, mojó sus labios con la punta de la lengua y le dio un beso dulce, húmedo, tibio y largo. Luego, abrió rápidamente la puerta y corrió hacia el edificio,

–¿Cuándo te veré?– alcanzó a preguntar él y, mientras ella desaparecía tras el portón, le pareció escuchar:

–El lunes– dijo ella muy despacio y a lo lejos.

De regreso a casa mantuvo los vidrios del auto cerrados. Quería preservar aquel perfume. Su costado derecho guardaba todavía el calor de la dama. Al llegar y descender, se dio cuenta que la lluvia había cesado. El cielo estaba despejado, la noche era clara y había una luna llena que iluminaba el firmamento. Además era tan grande que el conejo se distinguía perfectamente. Su sonrisa era visible y le guiñaba un ojo. Mario sonrió, le devolvió el guiño y se fue a dormir.

Los fines de semana algo sucede que los relojes caminan más rápido. Sin embargo, particularmente ese fin de semana fue eterno. Él aprovechó para seguir estudiando su Manual del ornitólogo. Tenía que ganarse la confianza del papagayo, domesticarlo y volverlo su aliado. También se dio tiempo para comprar el casete Baden Powell volumen cinco que contenía la melodía que tanto le gustó y que le llevaría el lunes, momento en el que se reunieran.

El día llegó. Se presentó temprano en su oficina, organizó cuidadosamente sus papeles de trabajo, colocó sobre ellos su pluma fuente, revisó una vez más la envoltura del casete recién adquirido y lo guardó en el cajón superior de su escritorio. A las once de la mañana consideró que ya era tiempo prudente para pasar a saludarla, entregar el regalo y ultimar los detalles de la cita para esa tarde-noche.

Buscando ser discreto, trazó el camino más largo para llegar al escritorio de ella y cuando estuvo allí, notó que estaba vacío, perfectamente limpio y sin señal de quien lo ocupaba. Quiso pensar que ella habría salido o quizá estaba en otro departamento, pero el escritorio vacío le causó gran desasosiego.

Mario regresó a su oficina ahora si por el camino corto y decidió que por la tarde la buscaría de nuevo. Así lo hizo sólo para constatar que el escritorio seguía allí pero ella no.

Los siguientes días repitió la búsqueda, pero siempre se encontraba con el mismo resultado. Tampoco escuchó el batir de alas en su oficina, así que el viernes, poco antes de la hora de salida, se armó de valor y preguntó por ella en el Departamento de Recursos Humanos. Allí le informaron que había sido una empleada eventual y que justamente el viernes anterior había sido su último día de trabajo.

Esa noche no pudo dormir. Cada vez que estaba a punto de conciliar el sueño, un recuerdo se lo espantaba. Unas veces eran sus ojos de mirada traviesa, otras, el calor de su cuerpo que todavía sentía en su costado derecho y lo más recurrente, ese beso dulce, húmedo, tibio y largo con el que se despidió.

El sábado se levantó temprano y decidió ir a buscarla a su casa. Tomó su auto y fue primero al restaurante donde cenaron para, desde allí, tratar de reconstruir la ruta de aquella noche. La fisonomía de las ciudades no es siempre la misma. Cambia según la hora del día, por lo que no fue fácil encontrar el edificio donde la dejó. Al fin le pareció que había llegado. Observaba la construcción, veía el portón y dudaba. Una jaula vacía colgada en uno de los balcones lo convenció de que estaba en el lugar correcto.

Caminó hasta el portón. En la pared, un conjunto enorme de timbres, ¿qué hacer? O bien, ¿cuál tocar? pensó.

Tiempo después alguien salió del edificio y Mario aprovechó para entrar, tocar a la puerta, presentarse con amabilidad para despertar confianza y preguntar por una mujer de tales y cuales características. Se volvió una rutina que repitió muchas veces hasta que una señora le dijo:

–Sí, yo le renté una recámara y vivió aquí un tiempo. No sé mucho de ella. Era muy reservada. Creo que regresó a vivir con su familia en algún lugar del interior del país.

Desconcertado caminó por las calles de la ciudad. No buscaba nada, no iba a ningún lugar, sólo caminaba hasta que llegó a un minúsculo parque. Se disponía a sentarse en una banca cuando, frente a él, en un arbusto, vio posado al papagayo. Su sorpresa fue mayúscula, el papagayo sólo existía tatuado en el hombro de su dueña. ¿¡Cómo escapó!?, ¿¡qué hacia allí!?, ¿¡sería el mismo!? Sí, sí era. Lo supo por su mirada burlona.

Se acercó lentamente al papagayo y cuando estaba a punto de tocarlo, voló al siguiente arbusto. Recordó entonces que en el Manual del ornitólogo -que tanto había estudiado- recomendaban darle un nombre a cada pájaro y llamarlos siempre por él. En ese momento lo bautizó como Blu y así lo comenzó a llamar sin que esto sirviera de mucho, ya que cada vez que se acercaba lo suficiente para tocarlo, Blu volaba al siguiente arbusto hasta que, entre llamados, acercamientos y vuelos cortos, llegaron al límite del parque.

Mario desde la acera y Blu desde el arbusto se observaban mutuamente. Blu con mirada burlona y él con mirada estúpida -cómo se le ocurrió bautizar con ese nombre a un ave tropical. ¿Sería por eso que no respondía?

Y allí seguían los dos, inmóviles, mirándose y seguramente preguntándose: ¿dónde está ella? Haber encontrado un interés en común los acercó y Blu voló hacia su hombro. Él no lo esperaba, dio un paso atrás, perdió el equilibrio y cayó en la calzada de la calle, donde un camión de carga, que transportaba pavos de granjas desde el interior del país hacia el mercado de la gran ciudad, lo atropelló.

Tendido boca arriba, sobre el pavimento caliente, vio cómo Blu esquivaba el camión y desde un árbol del parque lo observaba. Le pareció que en su mirada ya no había burla, ahora había cierta preocupación.

El estruendo era ensordecedor. Primero, por el gluglutear de los pavos espantados, después por el brusco frenar del camión y luego por el violento acelerar cuando intentaba escapar. Algunos viandantes lo rodeaban mirándolo. Unos con curiosidad, otros con lástima. La mayoría con indiferencia.

–No lo muevan– dijo alguien.

–Llamen a una ambulancia– sugirió otro.

–Yo tomé la matricula del camión, es AV-1983– decía uno más.

Pero a Mario no le preocupaba. Blu estaba bien y eso era lo importante.

Más tarde, escuchó el ulular de una sirena. La luz del sol se dirigía directamente hacia sus ojos, por lo que sólo podía distinguir unas siluetas blancas que lo colocaban en una camilla y luego lo subirían.

Cerca de la zona donde lo atropellaron había un estadio de futbol y ese sábado se había celebrado un partido importante. Los aficionados, que se retiraban, generaron un tráfico de locura. Las calles más que vías de circulación eran enormes estacionamientos donde nadie avanzaba.

El conductor de la ambulancia encendió un cigarrillo, prendió la radio y apagó la sirena, no tenía ningún caso usarla, nadie ni nada se movía. Los paramédicos comentaban animadamente el partido que recién había terminado, criticaban tanto a jugadores como a árbitros y a Mario le pareció escuchar unas pequeñas pisadas que con sus garras rasgaban el techo de lámina del transporte.

Horas después, los paramédicos bajaron la camilla en el pasillo de un hospital del Seguro Social. Sobre el fondo verde pálido de las paredes se proyectaba el desfile de médicos y enfermeras a quienes la rutina los había despojado de sensibilidad y cuya identidad se perdía bajo el uniforme blanco.

Una enfermera tomó de su delantal unas tijeras y cortó su ropa. Al retirarla, él, de reojo, vio que estaba manchada de sangre. Luego, otra enfermera lo cubrió con una sábana blanca y helada que, sumada a la corriente de aire que circulaba por el pasillo, lo hizo sentir frío. Quiso acurrucarse para sentir un poco de calor y entonces se percató que su cuerpo no le obedecía.

Un grupo de médicos lo rodeaban y discutían el procedimiento a seguir.

–Hay que operar– opinaba la mayoría.

Entonces uno, que parecía ser el de mayor jerarquía, dictaminó:

–No creo que soporte la cirugía y aunque así fuera, no hay quirófano disponible. Instálenlo en el pabellón general y manténgalo en observación.

Acto seguido se retiraron.

Solo, en el pasillo, recibió a un visitante inesperado: el Dolor, quien poco a poco se fue apoderando de su cuerpo. Era imposible identificar dónde dolía, pero sí cuánto lo hacía.

Como siempre pasa con las visitas inesperadas, era molesto al principio, luego se integró y cuándo finalmente se iba, ya se le extrañaba. Mario y el Dolor estaban en la segunda etapa y ya eran uno mismo.

Ahora yacía en una cama del pabellón general. Decenas de camas meticulosamente alineadas cobijaban el dolor y el sufrimiento juntos. Más de lo que él podía imaginar. La bóveda del techo hacía resonar con más intensidad los lamentos de los pacientes, la luz era tenue y el lugar olía a medicamentos. Por la ventana se colaba el reflejo de las luces de la ciudad, propiciando un entorno fantasmagórico.

Comenzó entonces a rememorar y notó que cada vez que recreaba un recuerdo, al final, se borraba como si su vida misma se fuese desvaneciendo poco a poco. En tanto, no dejaba de preguntarse:

–¿Cuándo habrá un quirófano disponible?

El agotamiento que le produjo el dolor, aunado a que ya no tenía más recuerdos que revivir, indujeron en él un sueño profundo, apacible y sereno. Al despertar se dio cuenta que el dolor ya no estaba y él había recuperado la movilidad. Ahora podía desplazarse por todo el pabellón e incluso más allá. Le bastaba imaginar el destino e inmediatamente se encontraba allí.

Regresó al pabellón y con gran desconcierto se vio a sí mismo en la cama. Blu hacía guardia en el alfeizar de la ventana. La noche siempre generosa, le había regalado su color y ahora su plumaje lucía absolutamente negro, Mario lo observó y descubrió otros cambios; su pico ya no era amplio y curvo, ahora era recto y fuerte, su mirada ya no era burlona, ahora era altiva, atisbada y visionaria.

Unos hombres vestidos de negro llegaron hasta su cama, desdoblaron la sábana y taparon su rostro, sin embargo él los seguía viendo. Luego se lo llevaron sin que él supiera el destino, no podía medir el tiempo, parecía que éste se había detenido o ya no existía, creyó haber escuchado alguna vez que “el tiempo era relativo”, pero no estaba seguro, ya casi no tenía recuerdos.

Los hombres de negro se detuvieron frente a una sobria construcción. En el acceso principal, una inscripción rezaba: Sólo somos peregrinos en espera de una vida plena, y al fondo, un conjunto de pequeños edificios de cantera con muchas salas de espera organizadas en forma de cajonera. Cada sala tenía un nombre en la puerta. Una de ellas tenía el suyo y mientras lo depositaban en ella, escuchó un batir de alas, era Blu que llegaba y se posaba en uno de los muchos cipreses que allí crecían.

Mario en su sala y Blu en el ciprés esperarían que algún día hubiera un quirófano disponible y así alcanzar la vida plena que prometía la inscripción de la entrada.


Texto agregado el 04-12-2017, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2017-12-05 11:05:44 El lenguaje pulcro y ciertos pasajes de humor le dan un tono particular, tal vez el protagonista o la historia pide más fuerza o un ingenio más acentuado, ya que se desarrolla según indicios que a mi parecer funcionan. litomembrillo
2017-12-05 00:06:05 Una humilde opinión: el texto es bueno en descripciones pero sin dirección; carece de una idea concreta que le dé sentido y lo lleve a buen término. Se pierde en anécdotas aisladas. Profundizar en Blu: sin la mujer, sin el amigo, sin nada que no fuera el pajarraco y él. D2EN2
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]