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Inicio / Cuenteros Locales / Bosquimano / 4 Seis años cumplidos

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4 Seis años cumplidos

Mamá: ¿Qué es la primaria? Preguntó el niño a su Madre.

Es un lugar muy bonito, a donde pronto irás y en el que te enseñarán muchas cosas. - Le respondió su Madre con un aire que iba de la más profunda tristeza hasta la más optimista de las esperanzas -. ¿Por qué lo pregunta mi niño?

Sonaba la radio que en ese apartado paraje, era el único contacto con el mundo exterior.

Lo dijo la radio “seis años cumplidos y a primaria debes ingresar”

Por la tecnología de la época y la distancia a la civilización, sólo era posible sintonizar una estación, la XEW, “La voz de América Latina desde México”, se oía mal, la batería duraba poco y por ello se había establecido un horario para escucharla: De 19:00 a 20:30 Horas, período que abarcaba una radionovela, un programa de entretenimiento y un noticiario, con sus consabidos patrocinios.

Desde entonces los anuncios se escuchaban más claros y fuertes que el resto de la programación. Y, entre ellos estaba ese, patrocinado por la Secretaría de Educación Pública que a través de un estribillo bastante pegajoso, decía:

“Seis años cumplidos y a primaria debes ingresar”.

Mamá, yo no quiero ir a ningún lado, Mamá, yo quiero que usted me siga enseñando, prometo ser bueno, prometo poner atención, prometo leer los libros que mi Papá trajo.

La Madre tomó aire, sacudió discretamente un par de lagrimas que habían empañado sus grandes ojos verdes y con voz firme le dijo, mientras le acariciaba el pelo ensortijado.

¡Es por tu bien Hijito, créeme que es por tu bien!

Las enseñanzas de su Madre, sus lecturas y, su Amparo protector estaban por terminar, cinco años había vivido cobijado por ese amor y ahora debía partir. En silenciosa complicidad ambos maldijeron a la Secretaría de Educación Pública, a la escuela primaria y al que musicalizó “Seis años cumplidos y a primaria debes ingresar”.

El niño no sabía que la vida está formada por etapas, que allí terminaba una y comenzaba otra, él sólo entendió que su vida tal como la conocía estaba por terminar.

La vida después le enseñaría que entre el alumbramiento y la muerte se nace muchas veces y, en cada nacimiento hay que cortar un nuevo cordón umbilical, y que cada nuevo corte duele más que el anterior.

En el pueblo cercano al paraje donde habitaban y, gracias a las gestiones realizadas por su Padre, existía una escuela primaria rural, sin embargo su Padre consideró que además de las minas era necesario dejarle una “buena educación”, por lo que decidió mandarlo a estudiar a la capital del Estado, allí viviría con dos tías y una media hermana y, estudiaría en una “escuela de paga”

Era de madrugada, la penumbra reinaba y un niño montañés, todavía medio dormido, recibía las últimas recomendaciones de su Madre:

¡Pórtate bien!, ¡obedece en todo a tus tías!, ¡cuídate mucho!

Su Padre lo subió bruscamente a un viejo camión maderero donde viajaría el primero de dos días de trayecto a la ciudad, se despidió lacónicamente de la Madre:

“Te encargo la operación de la mina, instalo a nuestro hijo con sus tías y regreso”.

Un lento, muy lento, desplazarse del camión, una Madre que se perdía poco a poco en la distancia, desde donde agitaba su mano para decir adiós y, que ahora sola podía dejar correr libremente sus lágrimas con la esperanza de que estas mitigaran el profundo dolor que sentía. Tantos años deseando la compañía de un hijo y, lo había tenido tan poco tiempo.

El hijo se aferraba con desesperación a la mano de su Padre, acababa de entender que no sólo se separaba de su Madre, para ir con su Padre. No, él sólo lo entregaría a unas tías que jamás había visto.

Era el verano de 1957 el niño montañés tenía seis años y por primera vez fue arrancado de su hábitat.

En la ciudad operaban dos colegios privados que gozaban de prestigio entre la sociedad, El Colegio Guadiana y El Colegio Americano, fue inscrito en el primero, a donde en grado superior asistía un primo, el niño montañés tenía por instinto el sentido de la orientación, pero no sabía cruzar calles por lo que se le encomendó al primo la tarea de acompañarle en el trayecto a la escuela, tanto de ida como de regreso.

El primer día de clases descubrió que la escuela era enorme y, estaba llena de niños. Él ya había visto niños antes cuando alguna vez su Padre lo había llevado al pueblo, aunque nunca imagino que hubiera tantos y tan diferentes. Los que él conocía tenían la cara sucia, la mirada huidiza, rara vez hablaban y se ocultaban tímidamente tras las faldas de sus madres, estos, en cambio, estaban limpios, lo retaban con la mirada, parloteaban incesantemente y pululaban por todo el patio.

Conforme avanzaba ese primer día de clases, las diferencias se hacían más notorias dificultando, si no es que impidiendo, la integración: Ellos mantenían con goma el pelo en su lugar, el del montañés era tan libre como el viento. Ellos usaban ropa de marca, él vestía prendas confeccionadas por su Madre. Ellos calzaban zapatos de ciudad, él usaba botas de campo. Ellos tenían amigos reales, él sólo tenía amigos imaginarios. Ellos llegaban en coche a la escuela, él llegaba caminando. Ellos hablaban con lenguaje de niños, él con lenguaje de adultos. Ellos fantaseaban con héroes súper poderosos, que volaban, usaban capa hasta en verano y se ponían los calzones sobre el pantalón, él fantaseaba con piratas y caballeros medievales.

En fin, ese primer día de clases aprendió lo que es ser extraño entre extraños y también aprendió que muchas veces los padres hacen grandes sacrificios por tratar de darles lo mejor a sus hijos y, sólo logran exponerlos a recibir heridas que tardan mucho en curar y aún curadas dejan cicatrices de por vida.

El primo, durante las diarias caminatas a la escuela, le enseñaba chistes, groserías y expresiones coloquiales, entre ellas aprendió una que rezaba así “Silencio ranas que va a predicar el sapo”. Un día los compañeros de salón estaban particularmente inquietos, logrando que la maestra perdiera el control y fuese necesaria la intervención del director de la escuela, cuando éste apareció el alboroto seguía y a él le pareció oportuno apoyarlo solicitando a sus compañeros atención mediante la recién aprendida alocución. “Silencio ranas que va a predicar el sapo”.

Los compañeros celebraron lo dicho, la maestra se llevó la mano a la frente y se dejó caer en su asiento simulando un desmayo, el director se puso rojo y agitó los brazos como aspas de molino y él, lejos de obtener un reconocimiento por su intervención, fue expulsado y fue necesario que viniese su Padre desde el campo minero y, con el apoyo de un amigo que formaba parte del consejo del colegio lograra que se le permitiera terminar el ciclo escolar, pero de ninguna manera podría continuar estudiando allí, ese fue su primer año de primaria y, también el fin prematuro de su carrera de líder.

El primo “bueno” que le enseñó la expresión lo negó enfáticamente, dos años después terminó la escuela e ingresó al seminario, hoy es un cura muy respetado allá en la ciudad y es de suponerse que escogió la profesión de Pedro para poder seguir negando todo.

El siguiente ciclo escolar fue inscrito en el otro colegio “El Americano” allí sin pena ni gloria y con las pausas producto de frecuentes expulsiones, cursó el segundo, tercero y cuarto grado de primaria, al final del cual la expulsión se volvió definitiva.

Medio siglo después y desde otro siglo, algunos “maestros” siguen sin distinguir, inquietud de rebeldía, rebeldía de maldad, aburrimiento de falta de interés, ignorancia de indiferencia y, lo que es peor, ahora buscando apoyarlos, simplemente los mandan a otro negocio con el que están en contubernio para recibir toda suerte de terapias, allí psicólogos y terapeutas tratan de estandarizarlos.



Texto agregado el 02-01-2018, y leído por 0 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
2018-01-03 12:49:32 Lindo relato, casi parece autobiografía. El cierre es una realidad que, lamentablemente, se hace cada vez mas común. Un abrazo, sheisan
2018-01-03 04:29:17 Excelente relato. Sobrio, divertido, tierno, y muy bien redactado. De 5* D2EN2
 
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