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El sabiá

El sabiá

A través de la persiana entreabierta le llegaba, le penetraba, el canto iterativo del Turdus rufiventris, el de todas las mañanas: José, cuando te retires... José, cuando te retires... José, cuando te retires...

Apóstrofe inconclusa, invitación, sugerencia subliminal, pero estocada clara y directa que, de esa forma tan personal, le ofrecía todas las mañanas un muy sabio sabiá desde las ramas del árbol vecino a la ventana. La invocación abierta al futuro abría necesariamente el pozo del presente del que ya no podría escapar por todo el resto del día. El canto del ave coincidía con el momento en la mañana, cuando desnudo y aún no totalmente despierto, se enfrentaba al espejo que colgaba por encima del lavabo, para saludar en aquél una cara que hacía tiempo había dejado de reconocer, la que se apresuraría a cubrir de espuma hasta que la caricia de la navaja le devolviese la tersura obscena con la que terminaría de despertar. Luego, cuando el espejo quisiera volver a reflejarle ya no le encontraría.

Volvería a dar los primeros pasos del día cayendo de forma precisa primero dentro del calzoncillo y luego, del pantalón; volvería a sumir largamente sus pies en luengas medias y herrar el todo con zapatos anudados en el empeine; volvería a deslizar sus brazos por las tubulares mangas de la camisa y a enhebrar en su respectivo ojal cada uno de los siete botones al frente, más los dos en los puños de las mangas; volvería a sumergir el ruedo de la misma dentro del pantalón hasta su bajo vientre y clausuraría sobre él, de un solo tirón, la cremallera del cierre; volvería a abrochar la hebilla del cinturón, siempre un poco más por debajo del plexo solar y con tendencia a un agujero más para abrazar una circunferencia en constante aumento; volverían una vez más sus manos, como si no fuesen suyas, a anudar la corbata a su cuello y sus brazos a insertarse ajenos en las mangas del saco de rigor, el que se asentaría así por el resto del día sobre sus caídos hombros, y minutos después, entraría en el viejo edificio al que lo condenaban sus necesidades vitales, su formación profesional y la inercia de su vida toda hasta cuando te retires, José.

Y la frase repetida con su cadencia de túrdico octosílabo, con acentuación en la segunda y séptima sílabas, y pausa prolongada entre segunda y tercera, no se le quitaría de la cabeza por todo el resto de la jornada. José, cuando te retires... José, cuando te retires La primera vez que la había oido le había atraído la sonoridad, y sobre todo el ritmo. Luego había comenzado a oír en ella sonidos de vocales y consonantes, y pronto palabras con las que había ido adquiriendo significados cada vez más precisos, hasta que hubo un solo mensaje, el único que ahora le parecía posible, el mismo que día tras día, hora tras hora, oía dentro de su cabeza: José, cuando te retires... José, cuando te retires... Primero había intentado cerrando la ventana. Luego, había hecho podar algunas ramas, y últimamente había pensado en hacer cortar el árbol de raíz. Tenía que haber una forma de hacerle callar.

Acababa de cubrir su cara de espuma. Al apoyar la hoja de punta cóncava en el cuero del asentador había vuelto a oír, por primera vez ese día, el canto matinal del ave. La cadencia había parecido darle ritmo a los pasajes de la lámina que reclinada, de un lado y luego del otro, se deslizaba tensa sobre la cinta de cuero, cada vez más apoyada, cada vez más urgente y afilada. Al intentar darle el asentado fino sobre su palma, el brillo del sol matinal refulgió en el pulido acero buscando sus ojos, y en el rayo así reflejado, el ritmo del sabiá pareció inspirar todo su ser (¿y si lo hiciese ya? - una vez realizado el acto que me sugiere esa ave, su verso carecerá de sentido y seguramente hasta dejaré de oírle). Elevó el mentón y posó la lámina en la base del cuello para la caricia fresca y sensual con la que, cada mañana, de clavícula a mandíbula, daba inicio a su afeite. Al hacerlo, desde el fondo del espejo la lámina volvió a reflejar el sol en sus ojos los que al abrirse reverberaron con la misma luz que los cegaba. Y así iluminado, en repentina liberación de sí mismo, se sintió etéreo, sin peso, levitando casi, como el cúmulus blanco que le miraba allende el azogue. La enajenación que vio en aquella nube terminó de embriagarle y borracho de libertad liberó ambos brazos hacia el cielo. Cuando el espejo quiso volver a reflejarle, ya no le encontró.

Y el ave en la rama repitiendo cada vez más quedo: José, cuando te suicides, José, cuando te suicides


Texto de Senaqueh agregado el 02-01-2018.
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