La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / Bosquimano / 8 La tragedia viaja en bicicleta

 Imprimir  Recomendar
  [C:585265]

Has crecido, el aire de la montaña te hizo bien, dijo una de sus tías al verlo en el quicio de la puerta, mientras la otra dormitaba en una mecedora de mimbre, un telegrama de tu Madre nos avisó que venías. Ahora vete a dormir, que mañana temprano deberás ir a inscribirte en la secundaria, hoy fue el último día de inscripciones, a ver si todavía alcanzas lugar, advirtió desinteresadamente su tía. Al ver la cara de preocupación del niño montañés, Ana, la esposa de un primo que vivía al lado y se encontraba allí, lo llevó aparte y guiñándole un ojo le dijo en voz baja. No te preocupes, mi hermano es maestro y trabaja allí, búscalo, dile que vas de mi parte y pídele que te ayude.

La ayuda fue necesaria, no por el cupo, -ya que la escuela era enorme y, Durango a pesar de ser la capital del estado tenía menos de cien mil habitantes-, sino por la falta del certificado de primaria, la hoja en blanco enrollada y atada con un lazo, que un par de meses antes su maestro Odón, le había entregado era un símbolo, por el que la administración de la escuela no tenía el menor respeto.

El desconcierto que la faz del niño mostraba, su mirada limpia ausente de malicia y la vehemencia con la que aseguraba haber terminado la escuela primaria triunfaron y logró ser admitido, condicionado, claro está, a que cuando por correo llegara desde la capital del país, donde se administraba la educación rural, el certificado correspondiente, lo presentara para formalizar su inscripción.

La escuela secundaria, era en realidad un Instituto Tecnológico, donde además de las materias propias del plan educativo, se enseñaban oficios: Carpintería, Mecánica, Herrería, etc. la idea era formar técnicos que pudiesen satisfacer las necesidades de una incipiente industria que comenzaba a desarrollarse en algunos puntos del país.

Los siguientes tres años solamente interrumpidos por los periodos vacacionales fueron marcados por: La dificultad para relacionarse con los demás niños, la falta de manifestaciones de afecto de las tías con las que vivía y, un fatal accidente.

Hasta los seis años en que el niño montañés viajó por primera vez a la ciudad para ingresar a la primaria sólo convivió con sus Padres y los trabajadores de las minas, sin contacto con otros niños como él. Durante los cuatro años que cursó la primaria en la ciudad, prácticamente no hizo amigos y prefería convivir con sus primos mayores que allí vivían. El regreso a la sierra donde cursó los últimos dos años de la primaria convivía más con adultos que con sus compañeros de escuela, aun cuando en general estos eran mayores que él, tanto cronológicamente como emocionalmente, producto de lo duro de la vida que llevaban.

Durante la secundaría sólo logró hacer un amigo y, la mayoría del tiempo lo pasaba con su primo Rodolfo, el esposo de Ana. Rodolfo era veintitantos años mayor que él, para aquellas fechas sólo había procreado niñas en su matrimonio y, en su deseo de tener un hijo varón, lo llevaba a todos lados como su acompañante.

Rodolfo era el secretario de un juzgado penal ubicado en el interior de la penitenciaría del estado, desde su posición trataba en la medida que le era posible de ayudar a los presos que por su condición económica no podían costear una defensa legal privada. La carga de trabajo era enorme y no se contaba con el personal suficiente por lo que muchos días trabajaba de noche y El niño lo acompañaba, allí mientras el niño montañés cosía expedientes Rodolfo redactaba acuerdos y sentencias sobre una destartalada máquina mecánica de escribir, era impresionante la velocidad con la que aporreaba la arcaica máquina sin cometer errores, ya que los acuerdos y mucho menos las sentencias, no debían de contener tachaduras o enmendaduras.

En su compañía y por la posición del primo en el sistema judicial, el niño ingresaba lo mismo al interior de la penitenciaría que a bares y tugurios donde según Rodolfo lo cuidaba, mientras él se emborrachaba.

Rodolfo era alcohólico y en ocasiones se encerraba en una cantina por días, cuando su Madre (una de las tías) o su esposa Ana, lograban averiguar dónde estaba, mandaban al niño por él.

¡Angelito, venga conmigo, vamos a la casa ya! entre ellos siempre se llamaban “Angelito” el uno al otro, como calificativo de lo bien que los dos decían portarse.

Rodolfo lo acompañaba dócilmente, si alguien más intentaba llevarlo a casa, reaccionaba con exagerada violencia y utilizando las habilidades del boxeador que había sido cuando era más joven, golpeaba a todo el que estaba a su alcance. Otras veces cuando no se descubría su paradero a tiempo terminaba en el hospital, varias veces en estado de delirium tremens.

Por cortos periodos dejaba de beber y entonces hacía gala de sus habilidades deportivas y de una extraordinaria condición física. Lo mismo organizaba equipos de Basquetbol que él mismo entrenaba, que preparaba muchachos que querían ser boxeadores. En todos los casos el niño montañés actuaba como su asistente y cargaba el equipo, recogía bolas o les llevaba agua a los jugadores.

El niño vivía con dos de sus tías, hermanas de su papa: Una, Ignacia, a quien, primero un marido borracho y, luego un hijo alcohólico se habían bebido su juventud, como si fuera una copa más y, terminó trabajando de burócrata en una obscura oficina de gobierno. Y, otra, Amelia, a la que una demasiado cercana relación con la religión le consumió su juventud como a un cirio Pascual, -lenta e inexorablemente-, impregnándola de ese perfume triste que esparcen las flores muertas de las iglesias, finalmente terminó cuidando sobrinos, hijos de los hermanos que vivían en la “sierra” y, tenían que ser enviados a estudiar a la ciudad. El niño montañés por ser el menor, el último de ellos.

Ambas habían perdido su juventud (bebida o consumida), lozanía e ilusiones convirtiendo lo que pudo ser miel en hiel y, volvió su carácter acre, áspero, seco, por lo que en el mejor de los casos su relación era solamente distante. Por ello para el niño montañés las vacaciones, más que descanso o diversión, significaban el contacto cercano con sus padres, ambos cálidos y amorosos.

Durango a pesar de ser la capital del estado, no era muy grande en extensión; se podía, -si se contaba con el tiempo necesario-, caminar prácticamente a cualquier lugar; por haber sido fundada en un valle era plana. Los estudiantes de la secundaria utilizaban el transporte público que incluso tenía una tarifa especial para ellos y la gran mayoría tenía una bicicleta para trasladarse.

El niño recibía una cantidad diaria para sufragar los gastos de cuatro recorridos ida y vuelta, mañana y tarde, pero él prefería levantarse más temprano, comer más rápido y regresar más tarde, así podía caminar y utilizar el dinero del transporte en otra cosa. Durante mucho tiempo dispuso de ese dinero en la compra de refrescos y antojitos callejeros: -Semillas de calabaza tostadas con sal, frutas cristalizadas, raspados o Quiote (el tallo del maguey horneado)- y, después en la compra de cigarrillos. Había frente a la puerta principal de la secundaria una micro tienda, donde se vendían refrescos. El dueño “Don Lupe” descubrió que muchos de los estudiantes para aparentar una madurez, que todavía no tenían, habían empezado a fumar, sólo que no contaban con suficiente dinero para adquirir una cajetilla, así que este comerciante, inició la venta de cigarrillos a granel, allí el niño montañés adquirió el vicio de fumar, mismo que le costó otros quince años de vida podérselo quitar.


***


Aunque el niño montañés nunca había montado en bicicleta y disfrutaba caminar, un día pensó que el contar con una bicicleta le ayudaría a integrarse con sus demás compañeros, el tenerla, supuso, le permitiría formar parte de la alegre caravana que todos los días partía de la escuela, además podría participar de las “escapadas” que frecuentemente se organizaban a paseos cercanos a la ciudad, así que decidió que en vez de consumir el dinero para el transporte, lo ahorraría para comprar una. Ahorró por más de un año sin lograr reunir la cantidad necesaria para su adquisición.

Un día pasó su Padre por la ciudad rumbo a la capital y aprovecho para pedirle que le cubriera el faltante.

Papá casi todos mis compañeros van en bicicleta a la escuela, yo debería tener una, he estado ahorrando, pero me falta un poco, ayúdeme a comprarla por favor.

Que bicicleta ni que ocho cuartos, respondió su Padre con gesto severo, camine que le hace bien, no quiero que pase lo mismo que cuando su Madre allá en la sierra se compadeció de usted y le permitió utilizar la mula para ir a la escuela, ¿qué paso eh? ¿Se acuerda? Sólo sirvió para que vagara por todos lados, además sus calificaciones no son nada buenas.

Varios días después, un sábado, de regreso de la capital y camino a la sierra, el Padre del niño montañés le dijo:

Venga hijo, traiga sus ahorros y vamos a ver lo de su bicicleta y, así sin más preámbulos fueron a la tienda más cercana, allí con el argumento de que hay que empezar por el principio, escogió la más sencilla y aportó la diferencia.

Como ni el Padre ni el niño sabían andar en bicicleta, la cargaron hasta la casa, allí estuvo estacionada unos días, durante los cuales el niño la lavaba diariamente y la revisaba para asegurarse de que estuviera bien. Unos días después, su primo Rodolfo le dijo que le iba a enseñar. Entre gritos y maldiciones consiguió que dando tumbos por todos lados lograse desplazarse en ella.

La bicicleta no contribuyó en nada al objetivo principal que el niño montañés se había planteado, -su integración a la sociedad estudiantil-, ni tampoco le ayudó a hacer amigos, sólo sirvió para que meses después protagonizara una terrible tragedia.


***


Un día que no había clases, para mitigar el aburrimiento y contrarrestar el sopor vespertino, el niño montañés decidió salir a dar un paseo por la ciudad. Circulando por la avenida principal de entre dos autos y justo frente a él, apareció una ancianita. La distancia era tan corta y la aparición tan súbita que no tuvo tiempo de frenar, perdió el control de la bicicleta y la arrolló, ambos rodaron por el pavimento, sólo que ella al caer se golpeó la cabeza, quedo en estado de coma y poco después perdió la vida en el hospital civil de la ciudad.

Tirados en el piso, la ancianita, la bicicleta y el niño, eran poco a poco rodeados por los curiosos, algunas mujeres rezaban, otras habían prendido unas veladoras, los hombres se dividieron en dos grupos, los que culpaban al niño y los que lo justificaban. La prensa siempre proclive a los titulares amarillistas publicó “Resultó Muerta una Sexagenaria Atropellada por Raudo Ciclista” el niño montañés fue privado de su libertad y por ser menor de edad enviado a la “correccional” nombre que se le daba a la institución donde se encarcelaba a los menores. Hasta allí llegó su primo Rodolfo, el secretario del juzgado, le llevaba una frazada, comida y palabras de aliento.

Angelito, no se preocupe, lo vamos a sacar de aquí, por lo pronto cuídese y no deje que nadie lo moleste, si tiene que pelear, hágalo, que solo será una mancha más al tigre sin mayor importancia.

La penumbra reinaba en la habitación que hacía las veces de celda. De la misma manera que esa sombra vaga impedía determinar donde terminaba la luz y empezaba la obscuridad o viceversa, el niño montañés no alcanzaba a identificar donde iniciaba ni donde terminaba su culpa, en cuclillas desde un rincón, con voz trémula se preguntaba:

¿Pasaría esto por dejar mis montañas y venir a una ciudad a la que no pertenezco? ¿Habrá sido por cambiar mi mula por una máquina? ¿O será sólo una pesadilla de la que pronto despertaré?

Unos días después llegó de la sierra el Padre del niño quien, con el apoyo del sobrino Rodolfo, consiguió darle celeridad al juicio. Pese al encabezado del periódico el peritaje mostró que la señora cruzó imprudentemente la calle, a mitad de la cuadra y entre autos estacionados, así que el niño fue exonerado de homicidio culposo, con ello se logró que saliera de la “correccional” y permaneciera en arresto domiciliario en tanto se cerraba el caso. Para ello faltaba obtener el desistimiento del procedimiento legal por parte de los deudos de la víctima.

El Padre del niño con el apoyo y en compañía de Andrés, un primo hermano qué vivía en la ciudad, acudió a visitar a la familia de la víctima, no sabían que esperar, así que decidieron ir armados, con un nudo en la garganta y enorme preocupación, el niño vio como antes de salir de la casa revisaron sus armas y luego partieron. De dicha entrevista resultó que los familiares a pesar del dolor que les producía la pérdida, sabían más o menos cómo sucedieron las cosas y, sólo reclamaba que se les diera como indemnización los gastos funerarios.

Ese día el Padre saldó la deuda económica, sin embargo la ciudad y las máquinas coadyuvaron a que el niño montañés contrajera una deuda con la vida que jamás iba a poder pagar. Al regresar, su Padre se le quedo mirando con una mirada que el niño no pudo descifrar, conociendo su severidad espero el más terrible de los castigos, sin embargo sólo se acercó a él, lo abrazó apretándolo contra su pecho con gran fuerza y le dijo al oído:

Hijo mío, no importa lo que pase, o quien tenga la razón, su Padre siempre luchará de su lado. Dicho esto por un hombre que a los quince años combatió en la revolución, donde alcanzó el grado de Teniente Coronel, eran palabras de enorme peso, acto seguido se fue a la estación del tren a comprar su boleto de regreso.


***


El verano llegó a la ciudad capital de esa provincia, consigo trajo, además del cambio en el clima, el cumpleaños número quince del niño montañés, el fin del ciclo escolar y las tan esperadas vacaciones “largas”; el niño había terminado aun cuando no había concluido el último año de su educación secundaria. Un ex juez que ahora impartía la materia de civismo juzgó inmerecido el aprobarlo, sólo por su mala memoria, -en el examen no recordó la definición literal de “jurisprudencia”, quizás porque los jueces no le parecían prudentes-. Como allí se impartía esta asignatura, tenía más que ver con la memorización de leyes y preceptos, que con el despertar de una actitud realmente cívica y de valores en el estudiante para que cuando fuese adulto pudiese convivir adecuadamente en sociedad.

Era el verano del año 1966 el niño montañés tenía quince años y nuevamente regresaba a su hábitat natural.

Texto agregado el 09-02-2018, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2018-02-10 06:14:42 Una verdadera joya. Se aprecia la magnitud que le diste a esta historia, con paréntesis muy necesarios para especificar en un determinado periodo de la vida del protagonista o en quién y cómo es alguien mencionado. Quedé con ganas de más, pero irónicamente todo lo que podías narrarse ya se narró y muy magistralmente. Cinco estrellas y felicidades Mariette
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]