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LA REVOLUCIÓN DE LAS ARAÑAS

Paradójicamente, todo esto que se va a contar comenzó como una rutina, potencialmente modificable; tan simple, a final de cuentas, como la mañana en que él se decidió a hacerlo. A darle inicio incierto a su soliloquio visual, tan complejo en su mente.
Pocos días después de su audaz anonimato, así nada más, como el jugador aprendiz que de pronto está ganando en la ruleta, él se dio cuenta de que necesitaba culminar su obra, sin que le importara el tiempo invertido; por medio de una especie de heredada furia sicológica sin sustento ni antecedente clínico de importancia verdadera.

No pudo parar, en lo que al principio fuera una travesura más sin ton ni son, como tantas que había hecho antes: un simple, vulgar rayado en cierto espacio público, a sus diecinueve años; y sobre todo corriente el marcado aquél en cierto lugar demasiado frecuentado por la gente, se acababa de convertir, sin sospecha de él mismo, en la base del novedoso artista empírico que suelen ser, excepcionalmente, de vez en nunca y a veces los mejores, cuando tienen ganas de serlo.
Porque el rencor, esa manera de romperse los guiñates sin encontrar salida –por parte de su padre-, se puede convertir en la fantasía contraria; o viceversa.
Repites o haces lo inverso. –A su papá, hijo de un italiano ingenioso, le gustaban las antípodas, las paradojas. Y opuesto a la discrepancia resultó el hijo, para la buena postura de las últimas ramas de ese árbol genealógico desconocidas en Nápoles.

Éste fue su caso en el bendito enredo de cromosomas. Al tercer día se preguntaba el chico –mal vestido, pésima figura tan delgada en semblante más que dudoso-, evasivo por naturaleza desde que brotara de aquel vientre molesto en antipatía, de cierta manera ya atraído por la simple belleza básica que intuía sin poder conceptuarla, si eso que estaba creando era una verdad. Quizás se aproximaba a lograr algo grande para él mismo, sin que nadie se hubiera dado cuenta de aquello.
Y es que de pronto le saltó algo en el cerebro, olvidándose del impresentable grafiti mediocre que tan bien domina; como seguramente se habrá despertado algún día Picasso, asimilando sus tres dimensiones contadas en una sola palabra, haciendo a un lado la ortodoxia y demás denuncias crucificadas, por nuestro chico y sus Señoritas de Aviñón.

Así las cosas, era necesario para este mozalbete seguir dándole forma al par de rayas extrovertidas, un poco torpes en el pulso, que trazara, una por día, como lombrices retorcidas, declarado grafiti con ayuda del clásico marcador utilizado para estos menesteres, en la estación del metro Vicente Valdés, en Santiago de Chile, donde a diario se deposita a sí mismo desde que aprendió a caminar, para no hacer nada más que robarle el celular al oficinista distraído, una cadenita a la viejecita en turno o, si hay suerte, alguna cámara de video a la turista japonesa recién llegada. Manos y pies ágiles son sus únicas armas; nunca le ha gustado cargar ninguna otra: tiene principios, ¿del abuelo?
¡Qué sorpresa tan grande encontrarse a un tipo como éste!
El esbozo estético fue avanzando para culminar de manera brillante, sobre la delgada plancha de metal, apenas unos centímetros a la derecha de la banda circulante, en el pasamanos de la escalera ascendente, ahí donde se conecta la línea cinco con la cuatro.
Durante tres meses, de septiembre a noviembre, este muchacho, ingenioso sin saberlo todavía, dotado del sentido de la belleza –hasta la fecha ignora que esto no le interesa-, tan experimentado en el manejo visceral-clásico del espray y el marcador, como si hubiera resultado de una generación espontánea, imaginario, novelesco, nos reveló a todos un exquisito laberinto a partir de esos dos primeros trazos; sin que a ninguno de los encapuchados que solían acompañarlo, rallando iglesias y ministerios del centro, durante las marchas de estudiantes o trabajadores, les interesara nunca tragarlo, voltear a verlo, con su pasamontañas como todos, dentro de su patética alegoría enfermiza; siendo utilizado por el mismo Poder. Era uno más que de pronto apestaba con el chorro de agua lanzado por los carabineros.
Pero nunca han logrado tomarlo preso.

Hermoso, multicolor, sin que ninguna de sus intrincadas líneas -una por día- se tocasen entre sí.
Tiene talento. No sabía él entonces que tenía talento. Tan sólo le nació crear encanto sin intuirlo. Debía contemplarse a sí mismo, sin idea de resultados.
Necesitaba seguir estimulando eso que era su sensibilidad.
No contó con alguien que le explicara la más básica teoría en el dibujo. La nada se lo mostró el resto. Le encantaba hacerlo. Marcas, estrías, tildes, perfiles específicos, necesarios en la ubicación exacta de la forma y figura, silueta y lindero, sin contradecirse en una especie de sorprendente precisión especulativa, encerrando el toque especial singular y conjunto.
Al ascender por la escala, otra línea, planeándola en cuestión de segundos mientras veía en perspectiva el dibujo en proceso. Tan emocionado que no pudo dejar de hacerlo un solo día, incluyendo los festivos que suelen ser tan flojos para irle a meter las uñas a alguien en sus ropas de poliéster.

Fue la primera vez en su vida que la emoción se le plantó de frente, a los lados, por arriba y por abajo, encapsulándolo en una auto-exaltación que más bien era un dulce, sedante auto-enternecimiento.
A principios de noviembre comenzó a dificultársele todo, al quedarle menos espacio, pero lo lograba, sonriendo esquivo hacia la pared, con su mirada de malicia dura, rencorosa, observando cómo huía hacia abajo el casi microscópico rasgo o surco.
Ponía atención a las cosas, no simple vigilancia. Contemplaba algunas en abstracta atención. Descubrió el análisis ante lo más básico.
Su pulso, el tacto ahora eran excelentes –“poesía en movimiento”-, el buen gusto le afloraba sin que tampoco lo complacieran del todo.
Era un artista que quizás jamás volvería a ejercer. Un aprendiz al estilo de Rimbaud, quien en su vida se enteró que era un genio.
Un abismo casi ajeno a él, una pasión revelada que no se hubiera creído en el peor de sus días –y guardaba tantos…
Había veces que por la mañana tenía grabado el esbozo, sabía exactamente en qué pequeñísimo paraje debía firmar, dónde colocar el atrevido manchón grueso o el punto-detalle. Era dueño de su obra, de un sentido de decisión absoluto. Se le estaba desarrollando un espíritu creador.


Durante un puñado de segundos la imagen resultó profundo consuelo al menos para algún solitario espectador perdido. Fueron muy pocos los pasajeros del metro que la advirtieron en la escalera eléctrica; menos aún los que lo admiraron por tres segundos; provocándoles a éstos una especie de suspiro ahogado con espina profunda en sus particulares conciencias inconscientes, en una extravía por meterse al metro lo más pronto posible y a otra cosa. –Había uno que de lunes a viernes la disfrutaba en oblicuo visual, acelerando las pulsaciones que sentía en su mano al tomarse de la banda giratoria. -Algo parecido le sucede siempre en el metro, por ejemplo, al ingenuo vendedor de literatura yoga en los vagones, o el aprendiz de Eric Clapton, Compai Segundo, sin faltar en un arrebato curvilíneo cierta Violeta Parra, en voz preciosa de alguna estudiante de la Universidad de Chile.
Había días en que se notaba más excitado; al haber escuchado, por ejemplo, a un colombiano que interpretaba a José Feliciano en la línea dos. En general los ritmos latinos lo ponen de buen humor; probablemente porque es un napolitanito extraviado, tres generaciones atrás, desde Belgrano, en Buenos Aires; pero siempre improvisando a nadie en su neo-impresionismo naranjo –su color favorito. En ese cuasi-cubismo que sin darse cuenta, en un rinconcito, entre el verde y azul –el color del equipo de su padre, cuando éste lo llevó un día al estadio-, el fondo gris de la plancha y un blanco soberbio, se sentía vivo un segundo y medio al día.

Solía consultarse a sí mismo, al meterse en el metro: ¿será por el celular que nadie escucha las rancheras, a Inti Illimani, el hip-hop con que sus propias madres les estaban llamando a ellos, pasajeros sin escrúpulos?; o a este grosero-fino adolescente atiborrado, desbordante de ignorancia, y a la vez incógnito, lejano de todos.
Por otra parte, un privilegio el que Johnny entienda que todos los artistas que se suben al metro tan sólo actúan para él. –Él no tiene la culpa de que lo hayan nombrado así, apenas cuando iba a cumplir los dos años.
“¿Gracias a la vida que me ha dado tanto?” –esa niña que pudo ser su hermana…
Sentía al fin una especie de evasiva felicidad; la placidez real cuando se puso a imitar a aquel loco gritón de rock, de terrible voz imitativa en un Robert Plant con amigdalitis, golpeándose ambos la cabeza contra los vagones; o esa señora madura, tan risueña, simpática en su humildad manifiesta al anunciarle a todos, en lenguaje y timbre susurrantes, la siguiente estación del metro. Johnny y ella se amaban en una simple sonrisita cómplice cuando se encontraban, como abuela y nieto impensables, deseables mutuos en la bajita estatura de la señora, bolso de plástico al hombro que parecía contenía su vida, sintiéndose útil al avisarle al mundo entero la estación en turno.
Al llegar a la última estación la obediente mujer se cambiaba de andén y comenzaba de nuevo, hasta que el sol bajo le hacía ver que era hora de regresar a casa.




Toda su vida reprochándose a sí mismo no servir para nada, ni cargando bolsas en la feria, ni aguantando insultos en la Vega Central; nomás haciéndose casi experto en eso de las billeteras ajenas, porque pesaban menos que los costales de cuarenta y cinco kilos; pero sobre todo por los jefes hijos de puta; incluso en aquella oficina donde el muchacho fungió tres días como mensajero en la Notaría 31; y vaya paradoja, todos ellos lo obligaron a cambiar de ámbito. Pero él quiso hacerlo, él se atrevió a improvisar.
¡Todos iguales!, desde el presidente de la república hasta el lavador de autos aquél que lo explotaba.
Sus trabajos, hasta los dieciséis, más de diez, abandonados sin aviso previo. ¡A ver quién lo iguala en su currículum invisible!
Él sigue ejerciendo la única labor que le ha gustado en la vida, más de cuatro años asistiendo sin vacaciones, sin ninguna falta de asistencia, sin recibir premio alguno por puntualidad, sin un peso cobrado; y con tantas paredes del primer cuadro de Santiago alquilándose gratis, en oferta del grafitero al mejor postor que se oponga; en opción de cambiarlo todo a su gusto.
Lo más decoroso sería que Piñera le remunerara un cheque una vez al mes, por honorarios como rayador oficial.

Pero esto se terminó de tajo en el momento de trazar esa primera línea en Vicente Valdés.
Hay dos cosas en la vida que no se deberían elegir: la pareja y la profesión. Ambas deben ser insustituibles fuera de toda duda y tiempo. Mas ni siquiera él sabe si se hará viejo, como su abuelita del metro, siguiéndole el rastro a esos malditos celulares en estos mismos vagones.
Si alguien se atreviese a borrar su obra algún día –lo más seguro, el ministro el interior por medio de uno de sus subalternos- … ¿se buscará una mujer acorde a las circunstancias de nuevo perdedor?
Siempre será mejor hacer de la vida un largo ensayo que una teoría sintetizada.


Varias veces Johnny tuvo la agilidad mental para aventurar detalles claves, rigurosos, minuciosos en esos segundos con que contaba para seguir adelante con su trabajo, con la ventaja de observarlo en proceso hacia arriba; pero no le hacía falta, él adivinaba la sospecha traducida en espacio perfectamente llenable.
¿Por qué no lo había desaparecido todavía la autoridad? En nombre del orden y para evitar otros ejemplos delicuenciales. Sobre todo ese ojo obstinado que le llevó nueve días culminar. Cabalgando su imaginación de pronto se dio cuenta que había logrado enmarcarlo en un sinfín de protuberancias visuales que hacían el desconcertante, pasmoso efecto de seguirte, con su retina color naranjo, a lo largo de la escalera. La nariz alargada en extremo de caricatura. La boca se parecía a la suya.
Estática artística.
¿Escondía a una persona real su parodia, con esa exageración de emociones encontradas, en un absurdo grotesco, en su interpretación de la realidad?
Alguna excepción muda también lo amará anónimo por ahí, durante una semana.

Lo había culminado, como se logra alcanzar, más que una maldita estrella, un hoyo negro, una mujer hija de puta que lo puso de patitas en este mundo.


“¿En qué momento me convertí en esto?” –era su inconsciente inmaduro reclamándole el torbellino de emociones, encontradas con esa fascinante plenitud sin asimilar. La estética haciendo de las suyas.
Como decía Joaquín Sabina: ¿Qué diablos fue lo mejor que me ha pasado en la vida?
Por las mañanas, al ver el producto culminado de su pasión, se pasaba en blanco el viaje en la línea cinco, sin analizar a una sola posible víctima de sus sedosas armas; a pesar de que necesitaba plata para comer. Es algo que suena más que ridículo a todas luces, pero él no pudo. Fue el mejor de sus fracasos. Los vecinos de tantas moradas dejaron de recibir, matinalmente, billeteras vacías en sus jardines, entre sus rejas. También se olvidaron de él.
Simples detalles culminados de otra época que tal vez volverá.
El que se descubre artista no tiene vuelta atrás, para su desgracia y su fortuna.

Al menos una vez en la vida hay que estar dispuestos a modificar la línea, a buscar la clase. Si no se puede, no vale la pena lo demás.
Uno entre un millón. ¡Bendita suerte tan perra la del Johnny!
En este luminoso atardecer sigue caminando parsimonioso por la ancha avenida hasta que llega a ese lejano cuarto habilitado como dormitorio, en cualquier parte exenta de sí –un okupa que presiente se verá obligado a desocupar pronto-, ideando, aunque no lo quiera, nuevos dominios de su mano y de su mente, olvidándose de los pies como arma innecesaria, sin ser dominado por nadie; excepto por esa extraña telaraña que más bien son cientos de telarañas a lo largo del conocido camino a casa: esa larguísima cerca de fierro invadida por miles de telarañas del verano, arañas en armonía amistosa de vecindad. Todo un boulevard de las arañas, transformando las matemáticas en sinfín de condominios arácnidos y cordialidad silenciosa
Son un distinguido refinamiento estas tipas, ¿cómo pueden crear tanta sutil bravura y perfección en hechizo seductor?
A partir de hoy, sólo él entiende este secreto.
De hecho, esta vía debería llamarse Avenida de Las Arañas. –pero nunca nadie sabrá por qué.

Texto agregado el 14-02-2018, y leído por 0 visitantes. (2 votos)


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