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Naderías Terribles ( 8 de Marzo )

Es que yo soy comunista. (me aclaró como al pasar cuando la conocí).

... No era normal, señor. Se caía de maduro que no era una persona normal pero no le di mayor importancia.

¿Me da un kilo de naranjas?

Como si nada fuera, la pregunta trampa. Si se ubica estratégicamente a continuación de cualquier bomba verbal, distrae lo suficientemente al escucha poco entrenado y se diluye cualquier vestigio que pudiera poner en peligro una conversación común y coherente. Pero yo desconfié.
Con esa manía suya de vestir de azul marino que le quedaba tan mal. A ella, una de tantas morochitas feas, insignificantes, que no te dicen nada o te dicen soy india, pero con un cuerpazo de esos que llaman la atención. ¡Ella me llamó!
Llegué a poco menos que venerarla (Dios me lo perdone).
Al caminar se le veía hormigueando por su pierna más pesada la ternura, descendiendo hasta el suelo de veredas inmundas, los cerámicos del hospital, en el supermercado. No a cualquier cristiano se le cae la ternura en la fila para el ómnibus. Y mi oreja más pesada se comporta en sociedad igual que su par, la más eficiente. No anda reclamando que otra vez no escuchó, que por favor repita usted; nunca interroga. Las personas normales lo somos con todo nuestro ser.
Ella haciendo las compras era un plomazo.


¿Esto cuándo vence? ¿Hace mucho que llegó? Muéstreme por favor ésto mismo en otras marcas. ¿Me lo envuelve? Dígame cual de aquellos, allá arriba es el orgánico.

Inaguantable y con una vocecita dulce, como nadie ¿se pensaría que cantaba?.

No soy cristiana (le sonreía como si nada a una señora de evidente honestidad y mano atalaya extendida)...
Pero sabía que yo siempre la oía. Comprendí que me pedía que yo la ayudara.
Y no, claro. ¡Qué va a ser Cristiana. No era normal! y estaba a la vista (Con el tiempo perfeccionó incluso esa frase).

No soy creyente, así es inútil seguir hablando... me dijo un día. Esta vez me lo decía a mí, por fin. Con ese aire de no digo nada raro.
A mí que la había visto cruzando la calle con una anciana, apoyadas una en la otra, no sé quién en quién.
La vi con una hilera de niños de la mano, que le quedaban como bordados. No me importa el por qué.
Sé que no podía dejar de verla (porque Zatanás siempre se viste de formas tales que hipnotizan).La observé hasta que llegué a presentir su presencia y a predecir su próximo movimiento.

¿Cómo que no? ¿Acaso no creés en ésta cuchara, ni en el té, ni en las sopas; acaso las sopas vuelan? ¿Creés o no creés?

Y como vi que había dejado de mirame, hasta recurrí a la ironía en el habla bien marcada, con risita y todo. Allí me pudo haber contestado:

Perdí o bien... Pensándolo bien sí, soy creyente o Tenés razón O simplemente En las cucharas sí creo...

Pero en lugar de todo eso y tantas otras opciones convenientes y correctas, se irguió un poco, giró el cuello y la cabeza hacia mi hasta mirarme a los ojos desde sus dos endemoniadas hendijas de ébano (porque eso no eran ojos) y se quedó rígida y seria. Todo eso le llevó una fracción de segundo y dando por finalizada nuestra tercera breve conversación en los años que llevaba de reconocerla dijo:

Qué imbécil (con gesto de hastío que no se condecía con los 10 minutos que llevábamos juntos).

No se le movió un músculo de más y giró sin gracia, con los ojos vulgares ya de pensar en cualquier otra cosa, se puso de pie concentrada en dar un paso, y después otro paso, irse por la puerta y vivir igual que siempre, como si nada fuera.
Por eso la maté a golpes certeros y una sóla puñalada con el cuchillo que tenía a mano de la mano más diestra, la más pesada (aunque ahora me pesa más la menos hábil, ésa que por una milésima de segundo amagó detenerla, pero la controlé).
Después me di cuenta de que había que ocultarla.
No sé cómo llegamos a compartir un té. Era mi casa pero bajo su influencia, ya no era la misma. Como bajo los efectos del alcohol percibí que lentamente, casa, atmósfera, tiempo; todo había dejado de ser lo mismo.
Apenas recuerdo que no pudo evitar mi invitación y se le notaba que estaba siendo amable. (Decía que siempre se podía ser amable, que eso lo había aprendido leyendo a no sé qué pelado muy espiritual. (A un amigo del centro vecinal se lo decía.)
Pero no era normal, siempre hubo que ocultarla en realidad. Ella no llegaba a darse cuenta por sí sola y en eso pensaba mientras la deshacía para salvar al mundo de esos ojos antes tibios, preguntones. Mientras tanto oía también detrás de mí, un poco lejos, la voz tormentosa y vibrante de mi padre, que no obstante yo intentaba ignorar.

¡Así no, dejá! ¡Salí! ¡Yo no gasto pólvora en chimangos!...

Palabras, que por su culpa rebotaban ahora en mi cabeza insoportablemente dolorida. Mi cuerpo entero en cambio disponía de más fuerza y destreza que nunca. Un espectáculo de coordinación que nadie vería porque estaba escondiéndome y a ella (lo que fuera ella) por su culpa. Su último acto fue así de aberrante.
Inclusive en un momento pude ver que en un colmillo se le asomaba la tristeza espeluznante. Como si nada, ternura-dulzura-terneza.
Yo la limpié de entre nosotros con todo éxito.
Pero por más que corté, piqué, quemé, disolví, mi padre todavía suena absurdamente desde teléfonos, ventiladores, el vapor de las pavas, carteles luminosos o semáforos, etc. Y por más razón que yo tenga, él (mucho más muerto que ella) me vuelve a decir, retumbando, golpeándome impiadosamente el cráneo:

¡Así no, dejá! ¡Salí! ¡Yo no gasto pólvora en chimangos!...

Ni sé que es un chimango ni interesa, doctor, porque yo no lo soy, pero por eso vengo. Yo soy normal y ella está tan loca, que aún no para de matarme.



Texto de Nilope agregado el 08-03-2018.
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