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Inicio / Cuenteros Locales / gmmagdalena / Salvador

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El ruido de un golpeteo frenético en el vidrio, sobresaltó a Jorge que se encontraba arrebujado en una manta. Descansaba despatarrado en un sillón, frente a la estufa dónde los leños crepitaban juguetones y cálidos. Disfrutaba de ese momento de relax después de un día frío y agotador visitando pacientes, en su mayoría enfermos delicados que debían atenderse en sus hogares por no haber un hospital en la zona.

Ante el sonido inesperado, miró sorprendido hacia el ventanal, encontrándose con la presencia de un muchacho aterido por el frío que le hacía desesperadas señas desde el jardín.

Cuando el joven notó que había logrado su atención, comenzó a caminar hacia la calle, mientras le indicaba lo siguiera.

Pensando que se trataba del hijo de algún lugareño que lo necesitaba, buscó de inmediato su maletín dónde tenía lo necesario para atender urgencias; se colocó un abrigo, los guantes, tomó una linterna que siempre descansaba sobre la mesa del recibidor y sin dudar salió a la gélida noche en pos del joven que lo aguardaba a unos veinte metros de distancia.

Le gritó indicándole que lo esperara, que sacaría su vehículo, pero el muchacho, desoyéndolo, comenzó a caminar en dirección al sendero que ingresaba al bosque lindante con el caserío.

Preocupado, ya que había visto que apenas iba cubierto con una especie de manta, supuso que algo grave habría ocurrido en su hogar, para que saliera a esas horas y de esa manera, corrió tras él tratando de acortar distancias en la oscuridad.

Más de diez años atendiendo las familias del lugar, habían hecho que el joven e inexperto médico capitalino que había llegado a la comarca imbuido de sueños, se hubiera transformado en ese hombre de casi cuarenta años, fuerte y acostumbrado a las inclemencias del tiempo, acostumbrado también al raro genio de los habitantes del lugar, que solamente pedían por el médico cuando ya los remedios caseros no daban resultado.

Pensó que para que alguien se aventurara a las inclemencias de una cruda noche invernal, debía ser por alguna razón de extrema gravedad; apresuró el paso tratando de vislumbrar la silueta entre el viento y una imprevista nevada que había comenzado a descender en ese instante.

- Maldito muchacho gritó no corras tanto, espera.

Agradeció su impulso de tomar la potente linterna, ahora el haz de luz sobre la manta con la que el muchacho se cubría, producía un efecto luminoso fácil de distinguir entre las oscuras sombras de los árboles.

Apenas se adentró en el bosque, escuchó un sonido. Prestó atención. Era un sonido que no tenía razón de escucharse en ese lugar. Primero pensó que era el silbar del viento filtrándose entre las ramas de los cedros, pero luego su oído experto, entrenado, se estremeció al reconocer el llanto de un bebé.

Apresuró el paso guiado ahora por el llanto y a unos escasos metros, se encontró con la sorpresa de su vida.

Recostada contra un tronco se hallaba una figura inmóvil. Al dirigir el haz de luz hacia ella, observó que se trataba de una joven de no más de veinte años. Su blanca tez y sus ojos vidriosos le indicaron que estaba muerta. Desde su cuerpo, precisamente bajo sus polleras, se escuchaban los vagidos de una criatura.

Sin dudarlo levantó la pollera y ante sus ojos apareció un bulto burdamente envuelto en una manta, era un bebé, aún unido a la madre por el cordón umbilical. Desesperado miró a su alrededor en busca del joven que lo había guiado hasta el lugar, pero con extrañeza comprobó que había desaparecido. Estaba solo, debía actuar sin perder tiempo. Abrió su maletín y sacando un escalpelo cortó el cordón, tomó el bebé en sus brazos e introduciéndolo dentro de su abrigo, corrió hacia su casa.

.....................................................................

Han transcurrido varios años, Jorge ya es un hombre de casi sesenta, está terminando su turno en el Hospital del pueblo, un sueño por el que tanto luchó y que hoy es una realidad.
Aún el hospital es pequeño, pero es un gran adelanto; apenas un par de médicos, algunas enfermeras, un quirófano, una sala de internación. Lo necesario. La población ya no duda en hacerse atender allí. Sonríe satisfecho, sabe que con el tiempo irá creciendo para el bien de la comunidad.

Por la ventana de su consultorio ve llegar a Estela, su esposa, viene conversando animadamente con su hijo. Han tomado la costumbre de ir a esperarlo todas las tardes, luego los tres regresan al hogar comentando las cosas del día. Últimamente toda la atención está centrada en Salvador, su hijo está pronto a terminar los estudios secundarios; todo el tiempo hace planes sobre su próxima carrera universitaria, quiere ser médico como su padre.

Es un joven delgado, de cabellos ondulados y mirada serena, tal como Jorge lo vio por primera vez, hace ya muchos años, cuando lo guió hasta el bosque, una fría noche invernal, para que lo salvara.

María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 13-07-2018, y leído por 0 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2018-07-14 13:51:07 Un cuento exquisito, sólo podría aplaudir ****** grilo
2018-07-14 13:22:32 Es un cuento sensacional con el más maravilloso final. Felicitaciones ***** sensaciones
2018-07-14 06:38:37 Un relato inmejorable, Magda. Muy bien contado y con una resolución notable. Lo disfruté mucho. Saludos. maparo55
2018-07-14 05:56:53 Muy, muy interesante. Buen escrito! za-lac-fay33
2018-07-14 01:53:10 Un cuento genial. Me encantó. glori
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