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Inicio / Cuenteros Locales / gmmagdalena / La Madre

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Una bandada de palomas se elevaba desde el campanario cada vez que el capellán hacía sonar las campanas, exactamente cada hora.

Cuando se escuchó el tañido que señalaba las cinco de la tarde, Mercedes comenzó a cruzar la plaza en dirección de la Escuela. Apenas pasados unos minutos, un nuevo enjambre de palomas blancas salió de las aulas y tomó por asalto la calle. Eran los niños que terminaban su jornada en la antiquísima escuela aledaña a la Iglesia, a cargo de un viejo sacerdote y maestro. Único sitio de estudios de esa pequeña villa serrana.

Mercedes buscó entre todos a su pequeña paloma, un niño de enormes ojos claros, delgado y frágil como su madre; su más preciado tesoro, el hijo nacido en su viudez, Emiliano.

Cuando Emiliano era apenas una semilla que recién comenzaba a germinar en su vientre, Francisco cayó en una hondonada mientras guiaba sus cabras quedando con su cara morena mirando hacia el cielo y sus negros ojos perdidos en la inmensidad.

Mercedes se aferró a ese hijo y se aisló del mundo. Vivía por él y para él. En sus largas noches de soledad, cuando la sensación de ausencia del hombre la hacía gemir como un animalito asustado, se repetía una y mil veces que, si no hubiera sido por Emiliano, ella hubiera subido el cerro a buscar el mismo destino que su Francisco.

Íntegramente dedicada al hijo, vivía atenta a todos sus cambios. Últimamente lo notaba diferente, ya no era el mismo que corría feliz por las calles de tierra jugando con sus amigos y su perro Jacinto; se comportaba de forma extraña y fue aislándose hasta convertirse en un chiquillo triste y pensativo, con una pertinaz inapetencia que ella no lograba combatir con sus sabrosas comidas.

El enfermero que atendía el precario Dispensario, le regaló vitaminas, pero aún así, Emiliano estaba cada día más triste, ya ni siquiera le agradaba ir a la escuela, dónde antes era feliz. Mercedes comenzó a controlarlo más, estaba asustada, se desesperaba por saber que ocurría en la cabecita de ese pequeño que solamente respondía con lágrimas a sus preguntas de madre preocupada. Le preparaba ricos dulces que apenas probaba y lo sentía llorar en las noches, muy despacito.

Mercedes era una mujer serrana, aunque de apariencia delicada, era dura y sacrificada, acostumbrada a lidiar con los avatares de la vida, que no había sido precisamente generosa con ella. No tenía estudios, ni conocía del mundo más que lo que había aprendido de sus padres y del que fuera su marido. No comprendía lo que pasaba con su hijo y comenzó a temer que una enfermedad lo arrancara de su lado.

Esa tarde al regresar de la escuela y ver a su pequeño tan abatido, decidió prepararle un baño caliente para reconfortarlo. Preparó la tina y el niño se desnudó entrando en ella sin protestar, como deseando el alivio del agua tibia sobre su cuerpo.

En ese instante Mercedes alcanzó a vislumbrar su pequeña colita con extrañas marcas, rastros de una suciedad pegajosa y con espanto, comprendió. Con inmensa ternura tomó una vieja esponja y friccionó delicadamente el sufrido cuerpito mientras vertía tiernas palabras en su oído, con la dulzura que sólo una madre puede hablar, hasta que logró que el niño entre sollozos desgarrados le confesara “su pecado”, el secreto que lo estaba destruyendo.

Sintió que su corazón se inundaba de odio hacia aquél que había mancillado la inocencia de Emiliano y la sangre se agolpó en su cerebro. Su primer impulso fue matar a esa infame alimaña. Luego recapacitó, si ella tomaba justicia por su propia mano, iría a prisión y su hijo perdería a su madre. Temblando rogó a Dios la ayudara indicándole el camino a seguir.

• “Danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas......”

El sacerdote estaba rezando junto a un grupo de fieles arrodillados, cuando se abrió la puerta de la iglesia, perfilándose contra la luz del atardecer la figura de una mujer llevando de la mano a un pequeño, ambos custodiados por la imponente figura del Comisario. Se estremeció. Tras ellos, otras figuras silenciosas y acusadoras se fueron acercando. Sintió que la orina se deslizaba sin control bajo su sotana.

María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 01-09-2018, y leído por 0 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2018-09-02 16:03:16 —Bien hecho por esa madre que sin dilación hizo lo correcto y en el momento preciso. —Si bien es cierto la Iglesia Católica hoy está reaccionando ante la perversión, no es suficiente, aún falta que dentro de sus estamentos juzgue con verdadero rigor a los culpables y los entregue a los tribunales de justicia pública para que enjuicie y condene a los abusadores y violadores con todo el rigor de la ley y les imponga castigos verdaderamente ejemplarizadores. vicenterreramarquez
2018-09-02 11:49:44 Excelente denuncia. Perooo...la madre nunca debió dejar a su hijo solo. Ni con cura, tíos, ni vecino...***** grilo
2018-09-02 10:04:23 Dios mio!!!!!! y oesar que puede ser cierto yosoyasi
2018-09-01 23:07:39 Más de una madre debió hacer eso, no hubieran sido tantos los niños abusados ni tantos los curas abusivos. Excelente tu cuento. Un beso. ome
2018-09-01 23:05:31 Un tema de muchísima actualidad que por fin ha salido a la luz y que requiere de Justicia seroma2
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