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Inicio / Cuenteros Locales / betelgueuse / El berlin

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EL BERLIN

“Quiero mi Berlin”, dijo.
Yo obedecí automáticamente a aquella señal que me prometía, como a los perros de Pavlov una pequeña y bien cerrada delicia. Con aquel ritual renovábamos un círculo perfecto en el cual ella ocupaba el rol que yo había dispuesto desde la primera ocasión que me hice cargo del pedido.
Desde entonces, cada vez que nos encontrábamos renacían en ella las ganas de comer aquel dulce. Pero no se bien cual era el significado que ella le daba a todo esto, pues en una ocasión en que yo estaba particularmente disgustado, algo temerosa, formuló aquellas palabras.
“Quiero, mi Berlín”, dijo
Acompañó sus palabras con una pequeña sonrisa y una tímida mirada.
Las pronunció, de tal manera que pude ver cada una de las letras que salían de aquellos labios que por momentos se me figraron los límites de todo un universo: inmenso, capaz de tragarme y seguir siendo sin dificultad lo que es.
Ante aquellas palabras no pude evitar sonreir.
Volvió todo a la normalidad.
Recorrí aquella vez muchas calles buscando berlinerías, por cuanto sus gustos eran cada vez más exigentes y difíciles de satisfacer.
Había nacido como un juego y he aquí que aparecía engalanado de grandes atributos, sometido constantemente a cambios hasta hacer de la búsqueda del berlin un acto casi religioso, donde por supuesto debía existir un Berlin ideal original, puro e ideal y su correspondiente zaga.
Llegué hasta una berlinería, la única que estaba abierta a tan alta hora de la madrugada y le pedí a una amable señora que me diera uno.
Ella me lo entregó envuelto gentilmente para regalo.
“Es para su novia, me dijo”, se pondrá muy contenta cuando se lo entregue. Adios jóven, dijo por último.
He aquí, entonces, que caminaba con el berlín entre las manos cuidando con gran afán que los vehículos no lo alcanzaran con el polvo que levantaban o con el agua que arrojaban al pasar sobre pequeños charcos de agua.
El dulce, que me aseguraba un futuro y pequeño placer, lo cuidaba como si se tratara de una joya preciosa que había que proteger de la ignorancia de aquellos que no conocen su precio.
Caminaba, en fin, protegiéndolo como si debiera ponerlo a salvo de forajidos que deseaban a toda costa hacerse de él o dañarlo por pura maldad. Ante ellos, me figuraba, opondría yo una férrea voluntad, de tal forma que pudiera igualarme a quienes murieron defendiendo la Monarquía, Montsegur o el Madero Sagrado.
De pronto, no se porqué, creí necesario no seguir más con aquel juego.
Tenía por delante dos alternativas: transformarme en un consumidor compulsivo de berlines o aborrecerlos por el resto de mi vida.
Pero no más.

edgar brizuela zuleta

Texto agregado el 03-09-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


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