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DEDOS


Lo suyo era el amor, pero también el tamborileo constante de sus dedos.
Con ellos, podía seguir cualquiera melodía y a pesar de que más de alguien lo criticara por considerarlo una soberana estupidez, no lograba dejar que sus delgadas y largas extremidades se pusieran en movimiento al escuchar una música.
Había llegado a tal maestría en cuanto a esto que pudiéramos llamar compulsión, que cuando estaba en una reunión y solo, aún más, sus dedos no podían dejar de brincar, moverse, delatar su existencia, porque no hay otra forma que demostrar que se es, haciendo algo.
Muchas veces sus amigos podían adivinar de qué canción se trataba, pero otras el reconocimiento era más difícil. En estos casos, se transformaba en el alma de la fiesta y sus compañeros aplaudían, se desternillaban de la risa tratando de conseguir dar con la canción o melodía que aquellos dedos interpretaban.
Sucedía que pasaban horas en eso, se realizaban concursos, apuestas, se brindaba por haber acertado o golpeaban a aquel que habiendo anunciado el reconocimiento y luego de pedir el silencio respectivo y obtenida la venia del músico, daba a conocer su veredicto y erraba en sus dichos; luego aparecía otro que daba en el clavo y se llenaba de honores, lo que significaba que todos brindaban por él.
Pero todo esto sucedió en verdad muy pocas veces, pero en su memoria se multiplicaban tales acontecimientos y los recordaba con suma alegría y obviamente daría todo lo que tenía porque se repitieran. Sin embargo, la edad cambia los hábitos y sus amigos que ayer se reían de su ocurrencia hoy ya no le prestaban atención.
De hecho para ellos ya era un bicho raro, un ser aparte, inentendible, que sólo por un corto período de su niñez y luego en la adolescencia pudieron comprender, pero él confiaba ciegamente en lo contrario, que en aquellas etapas, su conducta fue seguida e incluso recordaba a más de alguno que trató de igualarlo en el arte de seguir las melodías, pero pronto se cansó o por consejos familiares dejó de frecuentarlo.

-Vamos, tócate una más fácil le decían sus amigos, y al momento aparecían cuecas, cumbias, boleros, salsa, diabladas, música folclórica, balz, sinfonías, arias o grandes éxitos de cantantes de renombre, fácilmente identificables.
Obviamente para él era una cosa sumamente seria y no cabía la sonrisa estúpida ni los gestos desmesurados o miradas de aprobación.
Se sintonizaba a tal punto con lo que hacía que su semblante lograba una paz, si es que se puede decir, una tranquilidad de espíritu que el resto no sabía apreciar.
La concurrencia reía como de quien en plena reunión social y no teniendo temas que aportar, tratara de llamar la atención moviendo las orejas; primero haciéndolo levemente como para sí hasta que captaba la atención de alguien, quien le pedía que lo hiciera de nuevo, hasta que los otros se interesaban en aquel movimiento
Pero a él no le importaban las burlas cariñosas de sus amigos quienes se habían acostumbrado a tal característica de su personalidad, indescifrable para ellos.
Y si para sus amigos, aquella forma de ser era incomprensible, imagínense la manera en que era apreciada por las mujeres.
En más de una ocasión invitó a una compañera, amiga, colega o quien fuera, según la etapa de la vida en que estuviera, a tomar un jugo, una bebida o a cenar.
La acompañante hubiera pensado que él le referiría toda suerte de temas referidos al estudio, el trabajo o al grupo de amistades, pero salían desilusionadas
- Conoces esta dijo él-una noche a una amiga interesada en él- y al momento comenzaban sus dedos a tocar la mesa, a girar, saltar, retamborear, lenta o con gran rapidez, según se tratara la melodía que escuchara o se le viniera a la mente. Volaban, brincaban, se extendían, algunas veces se detenían y uno de ellos se quedaba pegado a la mesa esperando el tono, equilibrándose, mientras los otros esperaban expectantes para entrar en acción.
- Mira se me hizo tarde- le dijo su amiga-debo irme
- Espera- le retrucó- no ves lo que puedo hacer.
- Si, es magnífico, nunca había visto algo similar tus dedos son artistas en potencia, pero tú eres un fracaso.
- Oye, pero no me dirás que no lo disfrutaste.
- ¿Disfrutaste?. Mira lo disfruté. Supe lo que pensabas llegué a conocerte a través de tu arte, noble, desconocido, innombrable. Me dejé llevar por ello. No dudo que es encantador. Pero me gusta demasiado. Es más de lo que esperaba, es lo que soy, pero no viene al caso decírtelo… Pero al mismo tiempo sé en lo más profundo de mí que no podríamos vivir juntos. Con esos dedos que no pueden quedarse quietos, no conseguirías jamás un buen trabajo.
- Ni siquiera en un circo me recibirían, es cierto.
- Claro, lo tuyo es tuyo y de nadie más, tiene valor para ti y dudo que alguien lo pueda apreciar en su justa medida y como no estoy dispuesta a ver por el resto de mi vida esta escena, te digo adiós.
- Pero al menos te gustó
- Obvio, a quien no. No hay mujer que no fuera feliz con esa manera de usar los dedos- dijo- y se ruborizó con tales palabras y llorando abandonó el salón y dejó al músico entonando una canción.
A la gente de las otras mesas, le pareció que la escena era una suerte de “café concert en vivo”, una nueva forma de arte, una puesta en escena de la gerencia y aplaudieron mientras la actriz abandonaba la sala y dejaba al hombre tristemente tamborileando en su asiento con la comida a medio servir.
El estaba tan concentrado en lo que hacía que no se le ocurrió seguirla.
En ese momento había logrado una cadena de movimientos que desconocía hasta el momento, algo inédito, que repitió muchas veces hasta que lo hubo incorporado a su repertorio.
Sus amigos trataron alguna vez de disuadirlo pues veían que esa conducta no lo llevaría a ningún sitio, pero él les replicaba que era una forma de su ser, que no podía hacer nada al respecto así como una salamandra no puede dejar de sacarla lengua. Ni más ni menos.

Texto agregado el 03-09-2018, y leído por 0 visitantes. (1 voto)


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