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Inicio / Cuenteros Locales / betelgueuse / gato maldito

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Pasó un gato negro. Sin que lo pudiera evitar se atravesaba en mi camino.
El felino tuvo incluso tiempo para mirarme mientras cruzaba.
Desde aquella vez en que sentí esa mirada inteligente me previene contra los gatos negros y como resultado comencé a tratar de definir los mecanismos de que se servían para influir en el destino de los desprevenidos paseantes.
Para mí era claro que debía descifrar el tipo de medios de que se valía un gato para ejercer su influjo maligno, lo que debía estar dado por las características del animal, si es que al final podemos considerarlo como tal.
Su poder podría estar íntimamente ligado a la pureza de su pelaje, de su sangre, de su raza.
Un hecho tan simple y directo debía ser investigado.
Así, cuando una vez uno de ellos pasó delante mío a toda carrera, opté inmediatamente por perseguirlo, lo cual ciertamente es difícil, pues uno carece de la velocidad y agilidad de los trepadores mininos, que en pocos segundos logran atravezar una reja sin lastimarse y remontar una pared y solazarse en la techumbre de una casa, que para bien mío en general es la de su hogar.
Sabía que el grado de efectos que causara en mí debía estar directamente ligado con el pedigree del animal. Por ello, me detuve bajo el sitio en que estaba el animal, que resultó ser un almacén.
Luego de comprar cualquier porquería (que luego tiré), me trabé en una conversación con el dueño, que era un viejo charlatán y con el cual se podía hablar de cualquier cosa, lo que por cierto es parte intrínseca de la personalidad de los comerciantes, quienes deben atender bien al cliente, cualquiera que él sea, pues así lo retendrán y lo transformarán en un potencial cliente, que satisfecho volverá a su almacén.
Pregunté en una de las tantas consultas insípidas por el animal que acababa de subir al tejado. Pero para suerte mía, repentinamente sin que lo notara apareció, si literalmente, de un momento a otro se encontraba sobre el mesón. Ahora maullaba salameramente de una froma tal que daban efectivamente ganas de asestarle golpes hasta aniquilarlo, pero me contuve frente a su canto de sirena.
Al cabo de un rato, nos bebimos con el buen hombre unas bebidas e incluso un buen vaso de vino. El gato que se había acurrucado, de pronto se levantó y reptando y arqueando su lomo con su cola enhiesta, se refregaba contra mi brazo que tenía apoyado sobre el mezón.
Lo toqué y sentí su suave pelaje y me respondió con ronroneos que perturbaron mi mente. No se si su amo se habrá dado cuenta pero en mi rostro se instaló el furor de la muerte, del deseo de tomarlo y despacharlo de un certero golpe y arrojarlo a las aves de rapiña y animales de presa.
Con un par de perrros me hubiera bastado, era menos poético, pero igual de efectivo.
Finalmente me fui más tranquilo cuando supe que su madre, era una tricolor y su padre albo como la luz que emana de la luna.
No era negro puro sino accidental, a diferencian de otros a los que perseguí y pude rehacer medianamente su árbol genealógico.
A algunos les parecerá extravagantes mis ideas, pero a los dueños de los animalejos les señalé que mis consultas eran parte de una tesis universitaria sobre la variabilidad genética de los felinos, una especie que, para sensibilizarlos, les dije que estaba en extinción, pues ya nadie quería tenerlos en las urbes.
Así, me presentaban a sus padres, hermanos, primos, me mostraban a sus abuelos corriendo por los tejados y algunos más conocedores a los tatarabuelos, que habían resistido la furia de hombres y perros.
incluso vimos fotografías de los mmininos corriendo detrás de una pelota o enredándose con una madeja de lana o siguiendo una laucha y en otras pude apreciar sus miradas, esos atroces ojos que miraban fijamente a la cámara y manifestaban su verdadera naturaleza.
Un día, se me atravesó uno negro de verdad, negro de padres, de abuelos, oscuro malediciente y supe que corría peligro.
Salí del lugar con náuseas como si de repente hubiera sido expuesto a altísima radiación.
Medí la distancia que me separó del animal y pensé que aquella era el espacio que permitía que el animal pudiera ejercer efectos sobre uno.
Suponía que un gato podría generar su oscuro poder en la medida de su calidad genética y su magnetismo actuaría relacionado directamente con la distancia del observador-victima.
Al definir ésto, pensé en la forma de medir el influjo, la distancia efectiva, la forma en que se la energía se disiparía.
Pero para mi mal, suponía que, a diferencia de las ondas sonoras para el cual existe un límite, actuaba como una eficaz y extenso espectro que abarcaba todo lo ancho.
Pensé además que para que ejerciera su poder era menester observarlo, lo que me llevaba a que a los no videntes estarían por decirlo de alguna manera cubiertos en forma importante de recibir el efecto maligno, aun cuando no podía subestimar su magnetismo, lo cual de ser cierto podría ser peor, porque siempre es bueno conocer los males que nos acechan a ser víctimas indefensos de ellos sin saber de donde provienen.
Al cabo de un tiempo me vi en la imposibilidad absoluta de conocer la distancia a la que los animales podían ejercer su influjo y tuve que aceptar que quizás no tuviera límites, a diferencia del sonido que tiene uno bien definido, por lo menos para el oído humano.
Así, no era improbable tampoco pensar que los gatos trazaban una línea imaginaria que generaba un nuevo destino para los hombres distraídos y que no sabían nada en absoluto de lo que tales animales pueden hacer.
Podría una persona verse afectada por gatos que se atravesaban hasta ua distancia infinita hipotéticamente y esto quiere decir que un gato que está al otro lado del mundo puede influir sobre mí, aun cuando no pase por la línea imaginaria, pero de todas maneras me llegarían sus ondas, desde otros países como pequeña partículas atómicas desmasificadas, pero que atravesarían todo a su paso.
De esta manera pensé con horror, que había gatos que actuaban lejos de mí, tramando mi destino, pero de tal forma que mientras yo miraba hacia adelante ¡ Otros conspiraban contra mí a mis propias espaldas¡
Estaba perdido.

Texto agregado el 03-09-2018, y leído por 0 visitantes. (2 votos)


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