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Un Rey


¿Se había visto poderío más grandioso que el suyo? ¿Había alguien que llegara hasta sus tierras y no le rindiera la ceremonia que se merecía? ¿Había en algún lugar alguien más poderoso que él, capaz de dar una orden que al instante fuera acatada, así se encontrara el subordinado junto a él, tras sus ricos aposentos, fuera del magnífico palacio o lejos, donde si la noticia tardaba en llegar, haría el mismo efecto que si él estuviera allí?. Cualquiera que recibiera el mensaje real, en cualquiera parte del reino, sabría que detrás de él estaba el rey, que quien llevaba el mensaje con la firma real, fuese el que fuere tenía sus prerrogativas, la licencia para hacer mandar lo que la nombradía mandara, asi fuera bueno o malo, conceptos que por lo demás sólo podían ser evaluados por el dueño de todo aquel inmenso territorio, quien sólo quería hacer el bien entre sus súbditos aun cuando a veces alguno no saliera muy bien parado con sus decisiones.
Sus límites parecían extenderse y no acabar, pues hasta donde se fuera se conocía la existencia de tal alto personaje. Así si transcurrían uno o más días, uno o varios años, el mensaje mantenía su instantaneidad, pues tenía la particularidad de provenir de una fuente reconocidamente excelsa, cuyo mandamiento debía ser acatado de inmediato.
Por esta razón decía, con orgullo, que era el amo del universo, pues al igual que las estrellas, cuyo brillo vemos ahora, pero proviene de miles o millones de años atrás, así la inmanencia, la ubicuidad de su gobierno no podían ser jamás puesto en duda.
Así las cosas, un día envió a parte de su poderoso ejército para que descubrieran nuevas tierras más allá de donde se escondía el sol y ejecutaran a todo rey o emperador que se les cruzara en su camino.
De esta manera una mañana marcharon hacia occidente miles de hombres, acompañados de caballos, animales de carga, alimento, mujeres, niños, sastres con cargamentos de finas telas, joyeros reales, herreros, adivinos, constructores, topógrafos, arquitectos médicos, brujos, zoólogos, botánicos, geólogos y expertos en todo tipo de ciencias quienes serían los encargados de definir las características de los nuevos territorios anexados, sus animales, gentes, climas, frutos, minerales, comnstelaciones, geografías y otros miles de datos.
Pasaban los años y el rey se impacientaba por conocer la suerte de su ejército de guerrerros, colonizadores y sabios. A medida que pasaba el tiempo el poderoso emperador, porque no le cabía dudasa que ahora lo era, descuidaba las riendas de su país y su luz no brillaba como antaño y sólo vivía esperando la llegada de sus hombres y pedía informes diarios sobre la presencia de fenómenos ambientales, estelares, la muerte de alguien o lo que fuera, la aparición de una nueva estrella, la llegada de un ave desconocida o algo que pudiera indicarle que un acontecimiento notable estaba por ocurrir. Pero desconfiaba de los augurios de los adivinos reales quienes le mostraban por medio de alegorías un fuuro incierto y desconocido.
Un día, cuando habían pasado más de diez años, se oyó que alguien extraño llegaba al país. Nadie lo había visto, pero su presencia se adivinaba, su luz lentamente parecía manifestarse, tímidamente al principio pero al fin se notaba que crecía, que en cualquier momento se haría visible para todos.
Un día, las puertas de la fortaleza fueron abiertas por soldados de guardia, que reconocieron en el pequeño grupo de andrajosos hombres, que parecían profetas, a algunos de los antiguos oficiales y soldados que participaron en la expedición colonizadora.
Todos querían conocer los pormenores del viaje y la suerte de las personas que los habían acompañado. El hombre que comandaba el grupo, cubierto por un extraño atuendo, pidió ser recibido en forma privada por el rey.
Este conversó toda la noche con el recién llegado y con el primer rayo de sol, el rey cruzó rápidamente los aposentos reales, enfiló por el gran salón dejando atrás sus ricas dependencias, rápidamente bajó las escaleras y subió al cadalzo donde a los pocos minutos fue decapitado y su cuerpo permaneció colgado a la vista del pueblo durante varios días.
Los hombres se marcharon por donde habían venido y muchos siguieron sus pasos y los que se quedaron se quedaron pensando en lo que habían conversado el rey y el antiguo y ahora andrajoso general.

Texto agregado el 03-09-2018, y leído por 0 visitantes. (4 votos)


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