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Inicio / Cuenteros Locales / unabrazo / Después de veinte años

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“El pasado es como una lámpara
colocada a la entrada del porvenir. “
Félicité Robert de Lamennais




A lo lejos se escuchaba la algarabía de unos niños jugando. Por el otro el clamor de los comercios, los comerciantes y los compradores, los cuales consistían en su mayoría por amas de casa.

A un lado de la acera se parqueó un Cadillac gris de los viejos modelos, De él se apeó un hombre entrado en sus cincuenta, de cuerpo de ese que ves que hacen ejercicio, pero sin exagerar. Cabello semi cano y las cejas pobladas color oscuro como las partes de su cabello que aún no han sido reclamadas por el tiempo.

Tenía veinte años sin poner pie en su pequeña ciudad natal y lo hacía ahora única y exclusivamente porque su madre había fallecido. Se encaminó al apartamento que ocupaba su madre para hacerle frente a los histerismos de sus dos hermanas y sus variopintos reproches que había recibido por carta y ahora los iba a escuchar por “transmisión en vivo”. Sin saber que a él le provocaban más risa que otra cosa. La puerta estaba abierta así que entró sin preámbulos. Y efectivamente sus dos hermanas estaban allí, ya con los ojos secos, pero eso no les impedía seguir chillando, ese método lo conocía desde la infancia, ni buscar un lugar privado en donde descargar lo “malvado” que ha sido. Hogar dulce hogar. Cuando terminaron les hice una única pregunta: ¿Cuándo la exponen en la funeraria? Su respuesta fue de cuatro a cinco horas. Y se largó.

Fue en busca de un motel de paso. Había manejado toda la noche. Esta era una ocasión especial, después de todo. Y a la hora programada estuvo en la entrada de la funeraria esperando que abrieran la puerta del velatorio. No quería saber de herencias ni nada por el estilo, así que por eso no se preocupaba en volver a hablarle a mis hermanas. Lo que si quería era ver a la vieja tendida por última vez.

Al fin abrieron la puerta y entraron, primero las hermanas y luego él. Las dejó que lloraran a ojo seco sobre el ataúd un buen rato ya le tocaría a él.

Efectivamente al rato se cansaron y se acercó con paso (y peso) cansino, un peso que llevaba arrastrando desde los diez años, para verle la cara ahora a la mujer que dejó que le desgraciaran su vida. Una mujer blanca, de cabellos otrora castaños y ojos grises, punzantes y frios. Sólo heredó sus ojos grises y de su padre el color de piel "café con leche" y cabello lacio negro, lo cual lo hacia parecer muy exotico o algo asi le decían.

Bajó la mirada llena de resentimiento, sabiendose poseedor de un par de ojos identicos a los que yacian cerrados para siempre y sólo le preguntó a ese férreo cuerpo, lívido, ya sin vida y marchito, ¿por qué lo dejaste? ¿por qué no hiciste nada para impedirlo si lo sabias?

Texto agregado el 09-09-2018, y leído por 0 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2018-09-10 02:39:01 Solo un alma sensible y con el pulso firme de un cirujano puede escribir cosas como esta. Te felicito y me rindo ante tu talento notorio y fehaciente. -ZEPOL
2018-09-09 21:49:04 Buen texto! Un beso. MujerDiosa
2018-09-09 21:42:50 Muy bueno, unabrazo, o dos o tres....***** grilo
2018-09-09 19:17:09 Un texto que es un homenaje al arte de narrar. Buen ritmo, buen final. Te felicito. peco
2018-09-09 13:09:25 Conmovedor relato, realmente llega. Un abrazo dulce. gsap
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