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Inicio / Cuenteros Locales / gmmagdalena / Rocío

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Cuando Rocío nació, Josefina se preocupó al ver sus ojos casi blancos, temió que la beba fuera ciega. Por suerte, esa aprensión desapareció a los pocos días, al notar cómo la niña seguía atentamente cada movimiento de sus manos o de su cuerpo.

Con el tiempo, los ojos de la pequeña fueron cambiando su color, hasta alcanzar ese tono ambarino con puntos rojizos que daban a su mirada un toque inconfundible. Josefina se estremecía cuando recordaba otros ojos iguales, aunque los había visto una sola vez en su vida, apenas el tiempo suficiente para que su dueño la embarazara, pero el suficiente como para no olvidarlos jamás.

La noche del nacimiento fue una noche extraña. Una tormenta imprevista azotó la ciudad y los gritos de Josefina sacudida por los dolores del parto eran ahogados por el ruido de los truenos y el golpeteo del viento y la lluvia contra los sucios cristales de la ventana.

En la penumbra del cuartucho que había alquilado para esa ocasión, la luz de los relámpagos formaba extrañas muecas en el rostro de la mujer que solícita y experta la ayudaba en el trabajo de parto. A Josefina le parecía que no soportaría un instante más, pero cuando escuchó el llanto de su hija, algo se encendió en su duro interior y cuando al fin pudo abrazar el pequeño cuerpecito contra su pecho, no pudo evitar el llanto.

La mujer que le ayudó en el parto, una desconocida que había encontrado vagabundeando en las calles como ella, desapareció del lugar esa misma noche, ni siquiera le dio tiempo a agradecerle.

No recordaba mucho más que los ojos y la tez cetrina del padre de Rocío, fue sólo sexo pago, el trabajo de unas horas en una noche tormentosa como la noche en que, exactamente nueve meses después, nacería su hija. Un hombre más entre tantos que pasaron por su vida de meretriz.

Al saber que estaba embarazada, su primer intención fue abortar. Probó todo lo que podía probar, desde pócimas de una curandera hasta introducirse agujas por la vagina, arriesgando así su propia vida; nada surtió efecto. Lo único que no pudo hacer fue ir a un médico de ésos que atendían a las putas y les practicaban traumáticos abortos en algún consultorio infecto y maloliente.

Ella no tenía dinero, lo que ganaba, a duras penas le ayudaba a subsistir en la miseria, fue así que se resignó a tener ese hijo, a pesar de lo que significaba para ella trabajar en esas condiciones.

Sus clientes se burlaban y la humillaban hasta que llegó un momento en que se sintió tan sucia y despreciable que no quiso trabajar más. Se propuso que ya que iba a tener ese hijo debería procurar que fuera de la mejor manera posible, prefirió mendigar por las calles pero no permitió que ningún hombre volviera a tocarla.

Cuando finalmente nació la niña, por primera vez sintió que algo le pertenecía y juró que dejaría su existencia licenciosa o de sucia mendiga para brindar a su hija un verdadero hogar. Cerró las puertas de su balcón a sus amantes y abrió las de una vida honesta.

Con la ayuda de mujeres de un Centro Cristiano Vecinal que se apiadaron de ella, aprendió a tejer en el telar y si bien su trabajo era agotador, le permitió criar a su hija. Alquiló una pequeña casita dónde pasaba sus días entre el telar y la atención de la niña que fue creciendo saludable y hermosa. Trató de inculcarle todo lo que ella no había conocido en su infancia, amor y buenas costumbres, quería una vida distinta para ella y ponía en ello su mayor esfuerzo.

Rocío era una pequeña muy dulce pero sufría espantosas pesadillas que habían hecho que se tornara triste y reservada. Josefina solía pasar muchas noches sentada a su lado, refrescando su frente con toallas húmedas para aliviarla de unas extrañas fiebres que desaparecían con el día. Consultó varios médicos pero ninguno le dio una solución acertada, contestaban que ya pasaría, que no había motivos físicos ya que, a pesar de eso era una niña sana.

En realidad si analizaba profundamente a su hija, se daba cuenta que tenía ciertas cosas extrañas para su edad, aunque algunas de ellas la enorgullecían; por ejemplo, antes de comenzar a ir a la escuela ya había aprendido a leer sola y sin que nadie le enseñara, cuando finalmente comenzó su vida escolar, las maestras se asombraban de su inteligencia muy superior a la de sus compañeros.

Pero Rocío era una niña solitaria, no tenía amigos ni tampoco gustaba de tener una mascota. Una vez había querido regalarle un gatito para así lograr que tuviera un amigo, aunque fuese un animalito, pero la pequeña se aterrorizó tanto que tuvo que regalarlo a una vecina. Tampoco le gustaban las aves ni las flores. Solamente le interesaba leer y leer. Josefina se consolaba pensando que con el tiempo y agotada su sed de aprendizaje, aprendería a gustar de las otras cosas que le ofrecía la vida.

El día que Rocío cumplía siete años, desapareció. Esa mañana cuando no la encontró en su lecho ni en ningún rincón del hogar, su grito desesperado desgarró el aire. Al poco rato todo el vecindario la buscaba. Fue en vano.

El Comisario formó una cuadrilla con sus pocos efectivos y recorrió la comarca con baqueanos y perros, mientras ella enloquecida se mesaba los cabellos con los ojos ulcerados por las lágrimas. Los peores presentimientos y las peores pesadillas de una madre hicieron presa del ánimo de Josefina.

En la mañana llegaron refuerzos, la buscaron incasablemente, pero no había rastros de Rocío. A la semana abandonaron la búsqueda y, aunque prometieron que la hallarían, la madre supo que nunca volvería a ver a su hija con vida.

Exactamente al mes, otro grito traspasó la pequeña ciudad, esta vez el desaparecido era un pequeño. La situación era extrañamente parecida; una madre sola y su hijo y la misma búsqueda en vano.

Se sumaron especialistas, estudiosos sobre el comportamiento de asesinos seriales; nada descubrieron. Todos pasaron a sospechar y ser sospechados. Las dos madres fueron escarnecidas porque ambas habían sido antaño mujerzuelas y las acusaron de desatender a sus hijos.

A pesar de que la policía esperaba nuevas desapariciones, allí cesó todo y aunque no existieron nuevos hechos, los vecinos continuaron sus vidas atemorizados y con una sensación de inseguridad que nunca antes habían sentido.

Pero todo pasa y, a pesar de que la gente evitaba cruzarse con esas madres despreciadas y vapuleadas, transcurrido un tiempo la vida volvió a la normalidad.

Pasaron unos años, amargos años para Josefina que no hallaba consuelo, intentó rearmar su vida y continuó con su trabajo y ayudando en el Centro Vecinal a otras mujeres que lo necesitaban, como una vez la habían ayudado a ella.

El dolor más grande que su corazón guardaba era el de no saber en definitiva qué había pasado con su hija y el otro pequeño, terminó convenciéndose que los habían secuestrado por ser tan hermosos y parecidos. Sí, parecidos. Se había sorprendido al ver la foto del niño en el diario, si no supiera que había parido a Rocío hubiera pensado que eran hermanos. Misma edad, mismo color de cabellos, misma piel cetrina y mismos ojos.

Una noche al regresar del Centro Vecinal, recibió la visita menos esperada de su vida; retrocedió sorprendida al reconocer al hombre que muchos años antes la había embarazado; quiso cerrar la puerta pero algo en su mirada se lo impidió. Eran los ojos de Rocío los que la estaban mirando.

Cuando habló, sintió que el mundo giraba frenético a su alrededor, era la voz de su hija fluyendo nítida de la boca de ese extraño.

- “ Mujer, nada puede quedar inconcluso, el círculo debe cerrarse para lograr una nueva concepción. Las madres elegidas equivocaron el camino e impidieron se cumpliera lo que escrito estaba antes que el mundo fuera mundo. Porque busqué que me pariera una puta, que me criara en el odio y la perversión y, por el contrario, decidiste criarme en el amor; así me condenaste a seguir intentando renacer buscando el vientre que me cobije, el odio que me nutra, la maldad que me alimente, crecer y reproducirme con mi hermano desprendidos del todo que tú ahora contemplas y que es sólo el ente portador de nuestra esencia, al que volvemos a integrarnos una y otra vez hasta lograr cumplir las profecías. Por ello te maldigo y te condeno a la locura, hasta que mueras infecta en tus propias llagas”.

En ese instante, otra mujer, al igual que ella, escuchaba la voz de su hijo desde la boca del Mal, antes de sucumbir presa de irremediable locura.

Días después, el diario local publicaba una noticia insólita; en un descampado, dos labriegos habían hallado una tumba con una cruz de hierro invertida incrustada entre las piedras que la cubrían y dentro de ella, en una enorme caja de ébano sobre cuya tapa aparecían extrañas inscripciones, los esqueletos de dos animales desconocidos con restos raídos de lo que parecían haber sido ropas de niños. El diario terminaba la noticia diciendo que unos investigadores religiosos habían arribado a la ciudad para retirar los restos y estudiar su origen.

Nunca más hubo otra noticia al respecto.


María Magdalena Gabetta

Texto agregado el 03-10-2018, y leído por 0 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2018-10-05 12:50:52 Tiene todos los ingredientes de un buen cuento, atrapa desde el comienzo y muy bien manejada la trama, abrazos y estrellas nelsonmore
2018-10-04 21:53:10 Wow!! Está superior ***** grilo
2018-10-04 16:08:15 Excelente narrativa, con tono intrigante, misterio que se queda uno entregado a elucubraciones. Final abierto amada amiga. besos y rosas. sendero
2018-10-04 14:04:22 Impresionante!! Bella narrativa que atrapa! sigfrido
2018-10-04 13:28:28 —Desde el comienzo me atrapó este relato que aunque parezca ficción bien podría ser realidad y como lector quedo pensando en cuantos seres de otros mundos pueden estar conviviendo con nosotros, incluso bajo el mismo techo. —Excelente cuento. vicenterreramarquez
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