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Inicio / Cuenteros Locales / unabrazo / La Herencia de Pepe

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“El amor es un estado
de psicosis temporal.”
Sigmund Freud


El repiqueteo de las llaves en la mano y el sonido de los finos tacones contra el piso le anunciaba a Pepe que ya Luisa estaba casi lista para salir. El también. Le faltaba abrocharse la camisa y ponerse perfume. Como ya él sabía y había calculado (lo que le parecía eones ya) marchaban hacia la puerta casi al mismo tiempo. Él se abalanzó hacia el elevador y toco el botón hacia abajo, el primer piso. Claudia, con e mismo repiqueteo de las llaves de todos los días, se adentró en el elevador en el piso tres. Pepe vivía en el segundo nivel, pero ella no lo sabía. En realidad, era invisible su persona mientras que Claudia ocupaba todos sus pensamientos las veinticuatro horas del día. Se saludaron cordialmente y al bajar al primer piso, Pepe salió luego que ella, aspirando su perfume, embriagado. Pero a las siete de la noche, cuando Claudia volviera del trabajo, estaría en el Lobby del edificio, fingiendo ver una revista, sólo para verla pasar.

El no sabía cuándo ni por qué se había obsesionado con Claudia, pero le daba lo mismo. Pepe sólo sabía que por primera vez en su vida agradecía la gran fortuna heredada por sus padres ya que le habían proporcionado los medios para hacerse de un complicado sistema de vigilancia en el apartamento de Claudia, una copia de la llave de este y tener acceso a sus computadoras Sin olvidar una pantalla plana de 110 pulgadas. Pepe sabía que físicamente no estaba a la altura de Claudia. El era delgado, con una miopía crónica que lo obligaban a usar lentes correctivos (no tenía el valor siquiera de operarse los ojos), alto si era, pero eso no le ayudaba en nada. En suma, se veía escuálido comparado con los novios que había visto pasar por la cama de Claudia. Esta trabajaba de sol a sol en una agencia de modelos, pero bien podría estar en la portada de algunas de las exclusivas campañas publicitarias para las que su firma suplía las modelos. Era alta, delgada con cabello castaño largo. Todo un sueño, al menos para él.

Su sistema de vigilancia le permitía vigilarla en todo momento. Sus peores meses era cuando ella tenía novio. Tenía que masticar, por decirlo así, vidrio molido. Y los mejores cuando ella estaba sola, haciendo una salvedad especial cuando tenía una ruptura, ya que él fantaseaba con ser el hombro que la consolara. Todo esto tenía ya dos años en colocación y él nunca había reunido el valor de invitarla a salir hasta una noche, que iban subiendo en el elevador y ella iba con los ojos aguados. El se armó de valor de preguntarle lo que le pasaba y ella le confío que tenía a su abuela enferma. No sabía cuántos dioses se habían conjurado ese día, pero terminaron en su apartamento, tomando vino y hablando. Ahí si la invitó a salir. Resulta que congeniaban, él le hacía reír y ella le contaba los últimos chismes de su trabajo o de sus amigas. Hasta que llegó el día. Ese día que Pepe comenzó a traslucir su verdadera personalidad.
Comenzó Pepe a disgustarse por la más leve de las tardanzas, la asediaba incluso en los días que no se veían. En suma: la trataba como de su propiedad. Sin saber que nunca podría tener lo suficiente de ella. Era como una droga metida en sus venas, pero sin forma de rehabilitación. A Claudia le llegó ese día también en que hastiada por el comportamiento de Pepe decidió cortar la relación. Para su regocijo Pepe miró con atención que también por él pasaba Claudia por su duelo de ruptura. Hasta que meses después, ella empezó una nueva relación. Pepe casi se vuelve loco.

Cuando Claudia hacía el amor con su pareja, Pepe se decía que iba a apagar el computador, pero la verdad es que hasta el sufrimiento que ella le proporcionaba era mejor que nada. Pero poco a poco lo que hasta ahora era amor-obsesión-patología se fue convirtiendo en un odio inclemente. Parecía un perro rabioso, le gritaba al computador cuando aparecía Claudia, en cualquier circunstancia. Poco a poco se le fue metiendo en la cabeza que de la única forma que Claudia iba a ser suya era estando muerta. Y así lo hizo. Esperó un día que ella se estuviera bañando y entró al apartamento de ella, cuchillo en mano de un estacazo la rodeo por detrás en la bañera y la degolló. Lentamente sacó su cuerpo y lo llevó a la cama. Pepe permaneció allí, cargándola y pasándole las manos por los cabellos hasta que el hedor alertó a los vecinos días después, quienes a su vez llamaron a la policía. Ya sabemos como termina la vida de Pepe: en prisión, pero gracias a los caros y astutos abogados que su dinero le pudo comprar, lo trataron como homicidio no premeditado y a él con locura temporal. Su dinero no bastó sin embargo para sacarlo de las planillas de los diarios y que hasta el más mínimo detalle de su “aparataje” no saliera a la luz. Y fue conocido como “el asesino tecnológico”. Hasta que llegó ese otro día en el cual entró en el centro de cuidados psiquiátricos y conoció a Ana. Frágil como una mariposa. Fue amor instantáneo, al menos para Pepe. Ya sería cuestión de tiempo sobornar a las enfermeras adecuadas y hacerse montar una camarilla en el cuarto de Ana con acceso a su celular. Mientras, iba a los grupos de terapia, a decir lo otro que su dinero también le había regalado: la libertad de parecer arrepentido, sin estarlo.

Texto agregado el 04-10-2018, y leído por 0 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
2018-10-04 22:30:28 Muy bueno y escalofriante porque hay personas así de enferma. Me encantó. Besitos. Magda gmmagdalena
2018-10-04 20:48:47 Muy buena historia. Una crítica social y económica ****** grilo
2018-10-04 11:54:30 Excelente historia "psicopaticomaníaca" la que te has inventado. El dinero, todo lo consigue? Realmente no lo sé, pero parece ser que ciertas cosas sí. Por ejemplo, conseguir un buen equipo de abogados. Plas!Plas!Plas! +++++ crazymouse
 
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