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Inicio / Cuenteros Locales / Marcelo_Arrizabalaga / Un águila en las alturas

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Caminaba Aurelio Gómez esa mañana por la ladera de la montaña. El sol ya se encontraba alto y una brisa fresca le acompañaba.
Rostro de piel curtida. Una mente serena. Cincuenta y dos años a cuestas y una vida llena de experiencia.
Con cada paso el polvo se sacudía en el camino.
Un pico con largo mango descansaba sobre su hombro. Su mano fuerte lo sujetaba.

A preparar la huerta iba, como todos los días. Criado en las alturas, de muy pocas palabras.
Y de escuchar con atención, porque a su entender, esto era importante.

Sus cabras vagaban por allí, contentas por la libertad y por poder alimentarse en donde un ojo apurado no encontraría nada más que piedra.

Aurelio tenía esa virtud. La de encontrar riqueza en un páramo desolado. De contentarse con lo poco que para él era mucho.

Mientras labraba con esmero cuidando de no resbalar en la ladera empinada, pensaba en Lucía, su compañera de toda la vida.

Ella se encontraba en la casa a unos cien metros de allí, acariciando un perro pequeño que la miraba como con admiración.
Hilaba vellones de lana de sus ovejas. Y tantas cosas más.

Uno de sus 4 hijos, el mayor, se le acercó.

- Mama, siento que ya quiero ir a trabajar al pueblo. Juntarme con Jacinta y armar un rancho allá.
Como ya le había contado, ¿se acuerda?

- Sí mi hijo contestó con ojos húmedos y dulce sonrisa.

- Bueno, ya le dije a mi Padre también esta mañana. De verle en la huerta vengo.

- Sea un hombre limpio de alma. Trabajador y generoso. Y con su mujer un buen compañero.

- Sí mi Mama. Como aprendí de ustedes.

Ella le despidió llenándolo de besos. Él saludó a sus hermanos menores, que le pedían que trajera de visita a Jacinta.
Un momento después saludó a su padre, que ya volvía de la huerta con rostro cansado pero satisfecho.

- Siempre por la buena senda mi hijo. ¿Me entiende?

- Sí mi Tata. No le voy a defraudar.

Con otro abrazo y unas palmadas en la espalda que de tanto cariño casi le desacomoda los pulmones al muchacho, le despidió.

Aurelio continuó a paso lento rumbo al rancho.

Sus hijos que jugaban entre las gallinas se alegraron al verle llegar, y corrieron a su encuentro a ayudarle con la carga de comestibles y leña.

Su mujer en el umbral de la puerta, le esperaba emocionada.

- ¿Cómo está mi moza?

- Bien Aurelio.

- No se ponga tan triste mujer. El muchacho volverá pronto. Debe seguir su camino de hacerse hombre.

- Sí, lo sé. Me brotan las lágrimas no más.

- Me parece que a usted le está haciendo falta un abrazo.

- Claro que sí.

Los niños, con caras de ver algo bueno, se encontraban allí detrás en silencio.

El perro, moviendo su cola, festejaba a su manera el momento.

Se sentaron en una mesa vieja, de madera gastada.

Un guiso caliente con choclo, papas y carne de cordero, humeaba en sus platos.

Antes de comenzar a comer, bajaron sus cabezas y tomados de la mano, dijeron a media voz:

- Tata Dios, muchas gracias por nuestro tesoro.

Un águila recorría el paraje desde lo alto. Sus ojos divisaban un pequeño rancho, que se perdía en la inmensidad de las montañas.

Tata Dios sonrió complacido, al ver que por allí, lo más importante de su creación no estaba perdido.

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Marcelo Arrizabalaga.

Buenos Aires, 9/3/2013

Texto agregado el 11-10-2018, y leído por 0 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
2018-10-12 15:21:34 Me encantó, súper tierno***** ome
2018-10-12 14:42:03 Hermoso. godiva
2018-10-12 13:47:08 Una estructura simple pero cargada de vitalidad narrativa. rauro
2018-10-12 12:41:21 Volaste tú también bien alto con este texto tan hermoso y aleccionador. Gracias, Marcelo. Fue un deleite. Un abrazo full. SOFIAMA
2018-10-12 11:20:00 Un ejemplo de familia. Personas sanas, honradas, que se quieren. Escrito desde un corazón también limpio y sencillo. Dios, que aparece en tu historia, ama a los sencillos. Un abrazo. Daiana
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