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Por el camino de Swann

Las luces del cine se apagaron. Apoyé mi mano apenas por encima de su rodilla, sintiendo la ansiedad de su piel. Avancé lentamente. Giré mi mano hacia adentro de su pierna pero contrariamente a lo esperado retrocedí, deteniéndome en algún lugar lejano. Cerró los ojos, casi exigiéndome que retomara el camino de Swann. Sabía que ella no llevaba ropa interior. Había deslizado una mano debajo de su falda mientras esperábamos para entrar al cine. Por pudor me retiró la mano fingiendo enojo, pero pude sentir la ausencia de cualquier intermediario.

La luz de la pantalla nos dio de lleno en la cara. Ella quitó mi mano con un cierto desdén caprichoso. Cuando la proyección redujo su frenesí luminoso deslicé mi mano debajo de la falda. Un gemido apenas perceptible me alentó a buscar y recuperar el tiempo perdido. Con extrema suavidad fui ascendiendo centímetro a centímetro, sin prisa. Su respiración cambió acelerándose lentamente. La piel debajo de mi mano adquirió ritmo propio.

Sus piernas estaban sutilmente separadas. Estiré mis dedos alcanzando la otra pierna para cerrarlas suavemente. Deslicé la mano sobre ambas piernas en dirección al paraíso perdido, pero esta vez me detuve más cerca. Sentí un leve quejido, casi una demanda. Quité nuevamente la mano. Esperé un instante y la volví a apoyar, pero esta vez sobre su falda. Empujé suavemente un dedo sobre la tela y lo deslicé entre sus piernas. Fui ascendiendo, arrastrando la falda con mi dedo. Ella separó suavemente las piernas una vez más, complaciente. No recuerdo las luces de la pantalla, pero recuerdo que me dijo sin mirarme: no me tortures más…

Por tercera vez me detuve muy cerca, pero instantáneamente todo su cuerpo fue en búsqueda de mi mano. Sentí la falda humedeciendo mi dedo y lo empujé suavemente para sentir el calor creciente a través de la tela. Hice un arco con el dedo, lo moví primero hacia abajo, luego hacia arriba. Retiré el dedo y lo llevé a mi boca. Me miró confundida, con la respiración entrecortada. Sentí el sabor de los placeres prohibidos; sentí el impulso frenético por condenar mi alma; sentí la ilusión de sentarla sobre mis piernas obligándola a mirarme de frente, deslizando mis manos por adelante y por detrás debajo de su entrepierna, susurrándole como si fuera Lolita: te portaste muy mal y tengo que castigarte…

Puse mi dedo sobre sus labios obligándola a sentir su propio sabor. Lo empujé adentro de su boca para lubricarlo con su saliva. Apoyé el dedo sobre su cuello, descendiendo lentamente. Todo el cine nos miraba, dispuestos a expulsarnos del paraíso, pisotearnos como a las flores del mal o perseguirnos como a los dragones del Edén. Rocé sus pechos firmes, ansiosos, expectantes. Recordé sus pezones grandes, firmes, rosados, atrapados entre mis labios. Miré su boca apenas entreabierta, deseando lamer sus labios por dentro, recorriéndolos con mi lengua. Sentí debajo de mi ropa la presión inconfundible de mi propio ser, despertando como un latigazo, recordándome la maldición y castigo eterno de Hera: mantenerme imperturbable para saciar los ataques de mi despiadada compañera. Sentí sus ojos brillando en la oscuridad, como el cazador que ha identificado a la presa. Entrelazó sus dedos con los míos, guiándolos con firmeza debajo de su falda hasta el lugar exacto donde los espacios se amplificaron. Obedecí el mandato con sumisión pero con lentitud, acompañando el ritmo de su respiración con círculos externos e infinitos.
En el último instante deslicé mi dedo en su interior. Hice un arco con la mano. La apoyé completamente, moviéndome hacia arriba con precisión, retirando casi completamente el dedo y volviéndolo a introducir en el descenso. Fue lento, profundo, desgarrador.

Gritó. Fue un grito silencioso que recorrió todo su cuerpo. Sentí el grito en mi mano. Recordé vagamente algunas líneas de Proust, como si fuera un mantra incoherente desprovisto de color o relevancia para ese momento. Deseaba arrancarle la falda con los dientes, sentir en mi lengua hasta el último centrímetro de su piel, penetrarla sin piedad, sodomizarla, morderla. Cerré los ojos. Las imágenes se diluyeron. Sonaba una música lejana. Sentí su plenitud cuando apoyó la cabeza temblorosa sobre mi hombro… Lloraba.

Texto agregado el 27-11-2018, y leído por 0 visitantes. (20 votos)


Lectores Opinan
2019-01-11 11:44:46 Por respeto a Proust, imagino con que despropósito será citato y ofendida su memoria, en este indudablemente bodrio de escrito, que en ningún modo podría yo leer, por elemental higiene de lector. Ergo, me limito a dejar la meritébole 1*, y mejor suerte para su próximo esperpento, maestro. henrym
2018-12-06 22:40:41 Se te da genial estos textos eróticos que narras y describes segundo a segundo, minuto a minuto. ***** Felicitaciones grilo
2018-11-30 23:24:21 Un fuerte abrazo y beso. Victoria. 6236013
2018-11-30 23:20:20 A pesar de ser algo erótico que no suelo jamás comentar,este me pareció diferente,me emociona. La fuerza del deseo se plasma con elegancia,no cae en lo grosero. Me gustó todo y mas la frase donde dice: //Sentí el grito en mi mano// Y lo último,me emocionó mas aun. //Sentí su plenitud cuando apoyó la cabeza temblorosa sobre mi hombro… Lloraba.//***** Es algo bello. Victoria 6236013
2018-11-30 20:05:04 Magnifico relato. Escrito en la frontera entre el erotismo y la pornografía juancarlosII
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