La última vez que alguien confió en mí, la terminé descuartizando, pues quería saber demasiado.
Era tan hermosa, tan llena de vida; todo su ser destilaba alegría. No comprendo qué fue lo que vio en mí. Soy un ser opuesto a lo que ella era. Mezquino, melancólico, pusilánime y patético. Ella me decía que si sonreía un poco iba a poder ver la vida con otros ojos. Que podía disfrutar más de aquellos placeres que a mí siempre me parecieron tan banales. Ir a cine, tener una novia, ver televisión, asistir a fiestas bulliciosas, tener sexo... Bueno, del sexo no tengo quejas. Alzo mi voz de protesta es porque ella nunca me lo quiso dar. Cada vez que tenía la oportunidad, yo le decía que me gustaba mucho y que estaba esperando el día, o la noche, en que yo pudiera posar mis manos sobre su cuerpo desnudo para poder rozarlo y así llenarla del más puro éxtasis que nunca antes otra mujer haya podido experimentar. Obviamente no me creía ya que ella intuía que lo único que yo quería era fornicar y llegar al orgasmo. Era muy perspicaz.
Aquella tarde sombría y nublada, típica de una ciudad en proceso de descomposición social, la invité a mi apartamento a que nos tomáramos unas copas y habláramos de lo que a ella más le fascinaba: arte. Se emocionaba tanto al punto que sus ojos brillaban más que un despejado amanecer. Sus gestos se acentuaban tanto cuando hablaba de la desesperación de Van Gogh, del ingenio de Da Vinci, del sufrimiento de Kahlo, y del cómo ellos reflejaban sus vidas en sus obras. Ella quería ser como ellos, en especial como Frida, pero yo le recordaba que poco y nada había sufrido en su corta vida para poder hacer lo que ella, Frida, había creado.
Yo muy gentilmente me ofrecí como verdugo voluntario para generarle cualquier cantidad de penurias y así pudiera plasmar en el lienzo sus desgracias. Ella aceptó. La noche llegó delicadamente, posándose sobre nuestros cuerpos mientras rotábamos las botellas en nuestras manos y nuestros labios. Inundamos nuestras venas hasta quedar completamente borrachos. Le advertí que sus penas comenzarían en ese mismo instante, para que alistara sus pinceles y su creatividad. Fui a la cocina y saqué tres de los cuchillos más afilados y unas tijeras para cortar pollo. Ella al ver mis herramientas de trabajo se rió a carcajadas, excitándose un poco por mi imagen de “carnicero despiadado”. Con movimientos rápidos y cortes limpios, me deshice de sus ropas, dejándole únicamente la pequeña tanga negra que hacía las delicias de mi vista. Aquella imagen, ella prácticamente desnuda en el sillón de la sala de mi apartamento, me enloqueció. Lentamente me acerqué a ella, y arranqué mis ropas con cortes rápidos y sigilosos. Comencé a pasarle la punta del cuchillo por su rostro, lentamente, bajando por su esbelto cuello, hasta llegar a sus senos. Me entretuve un buen rato con sus pezones, bastante excitados por cierto. Proseguí mi camino de descenso hasta llegar al punto clave: sus muñecas. Con pulso de cirujano plástico realicé tres incisiones cortas y profundas transversalmente, como bien enseñan los manuales, en su muñeca derecha. En ella aumentaba el éxtasis y el placer, sin darse cuenta que poco a poco se estaba desangrando. Entre corte y corte bebimos vasos llenos de preciado licor el cual a ella la relajaba aun más y a mí me incitaba a seguir con mi trabajo. En la muñeca izquierda procedí de igual manera, quizás con algo más de delicadeza y romanticismo. Mientras que realizaba los cortes, besaba su vientre, su ombligo y su pubis. Pero tanto romance no podía ser verdad, así que mi excitación llegó a altas esferas, desencadenando mi ira. De un movimiento brusco y seco tajé su cuello de lado a lado. Tomando actitud de samurai, aquella estirpe de guerreros inexorables que tanto extraño, desenvainé el cuchillo más afilado y, con certeros golpes a sus muslos, su pecho, su rostro y sus brazos, hice de aquel sublime cuerpo un collage. Con las tijeras corté una a una las falanges de sus manos y le cambié el corte de cabello. Siempre le insistí que se veía mejor con el cabello corto. El dulce aroma de la sangre invadía el recinto, erotizando cada vez más el ambiente cargándolo de tensión y de creación. Su rostro, conservando esa lozanía que le caracterizaba gracias a su belleza y su juventud, se adormecía por exceso de licor y falta de hemoglobina. Para terminar como terminan los grandes, tomé su rostro entre mis manos y colocando mis labios sobre los suyos, plasmé mi firma con un inmenso sentimiento de satisfacción por el deber cumplido.
En poco menos de dos horas toda su sangre estaba esparcida por el suelo de mi apartamento. Y ella yacía en el sillón con una sonrisa de placer, pues sin quererlo conscientemente, se había convertido en la obra de su propio sufrimiento. |