LA LECCIÓN
Hace diecinueve años de aquel terremoto y el edificio sigue en pie, chimuelo, ligeramente ladeado; pero vamos, para sus casi seis décadas sigue siendo un tipo duro.
Los extraños huéspedes que lo habitan temen al punto del pánico la época de lluvias, cuando ese hermoso rectángulo semi-perfecto cruje, se reacomoda en la tierra blanda; cosa que extrañamente no sucede al ocurrir un temblor; rompiéndosele algún azulejo o dos que tres pequeños cristales, en el gran espacio de esos cuartos de techo alto y ventanas estilo barroco.
Uno de sus pensionados es cierto perro seco, descarnado, lanoso; el cual, si la comida escasea en el tiradero de basura del mercado, por el rumbo de la Alameda, suele roer los trozos de yeso que las bóvedas, en los pisos superiores del edificio, dejan caer sin advertencia, semejando el extraño fruto de un árbol petrificado. La costumbre le enseña que el yeso también es perfecto remedio para los retortijones, que de vez en cuando le provocan las vísceras de pollo podridas, en el desagüe.
Acostumbrado desde hace años a la penumbra y humedad de su morada; el propio instinto lo obligó a hospedarse, desde su mudanza, en el segundo piso, evitando en lo posible las reumas. Familiarizado de igual manera con esa extraña bacinica de fierro macizo, escondida, cada amanecer, detrás de la tranca de la puerta que conduce al sótano, siempre limpia, recién lavada.
A pesar de su oído experto, el perro se acostumbra a ignorar los jets que lo sobrevuelan de manera cotidiana, mientras les otorgan permiso de aterrizar en la terminal aérea; así como el ruido de automovilistas, pitazos de agentes de tránsito; incluso el susurro de un pajarillo y hasta los disparos, cada día con más frecuencia, en algún asalto a un banco de la periferia.
Además de ser tan flaco, tan feo, también es solitario, desconfiado. Tal vez lo primero que le sucedió fue perder la fe en la gente y en sus iguales; por simple consecuencia se hizo huraño. Un barrio como éste no es precisamente el paraíso para callejeros como él.
Goza de encaramarse en su amplio balcón del segundo piso, retando en las horas de la tarde a todo aquél que ose caminar por su banqueta, perfectamente rociada con su aromática fragancia; entre sillones roídos, algún resorte oxidado; una máquina de coser Singer, rota, patas pa’rriba; hasta esa amplia pizarra con cuarteaduras que conserva el trazo de gis, todavía legible entre polvo y telarañas; exquisita letra cursiva, algo así como la clase explicada por el maestro, con énfasis en el trazo de alguna palabra clave y la fecha, en letra más pequeña, en la esquina izquierda: “re d 1 8” –alcanza a leerse.
El smog que la lluvia de años ha arrasado, opacando por completo los cristales hechos trizas en el suelo; mismos que el perro graba en su mente como el soldado que es capaz de bailar un tango en medio del campo sembrado de minas.
En cierta ciudad europea existe una famosa fotografía de la edificación, tomada siete años después del terremoto. Seguramente su autor, con agudo presagio, se dio cuenta de que tarde o temprano la mole de piedra y cemento se va a venir abajo; pero hasta la fecha nadie en absoluto ha descubierto, en esa imagen, la silueta de un viejo perdido entre las sombras, subiendo, con ayuda de un bastón de palo, la escalera sin muros.
En la actualidad ya nadie pierde su tiempo al voltear a ver la construcción, ni el vendedor de tacos o el voceador de periódicos; pareciendo esperar ambos a que el derrumbe los convierta en material de reciclaje. La gente lo evade por completo con la mirada; la mayoría de los niños del barrio evitan tocarlo, ante las costras que luce el espectro en su lado norte, sobre todo. Al igual que el chico que se acostumbra a pasar a diario junto al sofá con el abuelo dormido; a pesar de que el abuelo no cesa en su hábito de dejar caer, sarcástico, de cuando en cuando, un pedazo de ladrillo en la acera; un diente más.
Las docenas de manos de pintura en su fachada, ahora incolora, incluso en la intimidad de sus molduras ovoides, que en alguna época escurrían el guano de palomas, dejan casi al descubierto la entraña, su arteria rojiza de herrumbre más que de sangre; suplicio de esa tubería que igualmente puede interpretarse como el esqueleto, osamenta con osteoporosis, logrando filtrar milagrosamente el agua necesaria para asear esa bacinica todas las mañanas.
Sólo por dentro logra escucharse el eco dolorido de sus órganos enfermos; de cierta forma encontrando consuelo al bajar el sol, y no obstante el mal genio del perro, por el par de pajarillos que permanecen anidando en el octavo piso, en pleno otoño que madura, sobre esa lámpara coqueta, ubicada a mitad de los pasillos, con el foco fundido pero intacto, a pesar de los años y el desastre.
El viejo de las sombras no recuerda su nombre; con un poco de suerte, algún día le llegará un flashazo de lo que fue su vida.
Al bajar la breve escalera que conduce hasta el sótano, invariablemente procura pisar en la orilla de los peldaños, previniendo de esta forma que la madera sucumba ante su peso. Su mano desnuda suele quedarse con pedacitos del barandal renegrido de tan pútrido, mientras la derecha dirige el bastón de palo hacia la oscuridad; siempre temeroso de que todo se mueva de nuevo.
Es una noche bastante fría, la más fría en mucho tiempo. El viejo, al pisar la tierra olorosa del sótano, forrado por túnicas de harapos, anudados a lo ancho de su cuerpo, se dirige sin el menor titubeo, con la habilidad de la tortuga que bien ubica su nido, hasta lo que se podría interpretar como una fosa, excavación de tan sólo medio metro de profundidad ubicada en algún escondrijo, del tamaño exacto del hombre.
Mide cada paso a la perfección sin necesidad de contarlos, sin necesidad de una vela; pujando ligeramente en el momento de sentarse sobre la punta de la roca que sus pisadas de millas convirtieran en diminuta vereda, con el único fin de formar un iceberg en los cimientos; para luego palpar la enorme bolsa negra e introducirse en ella, con la respiración entrecortada y sus zapatos rotos, con alambres de origen desconocido.
Sentado ahora al pie de la fosa, entre jadeos, se resbala finalmente en su interior, sujetando tan fuerte como le es posible la bolsa a la altura de su pecho, con la maestría de una tortuga en altamar y la maña que proporciona la práctica infinita; dando los últimos ajustes para quedar perfectamente cómodo, en el hoyo y en la bolsa.
El último paso consiste en cubrirse de tierra hasta el cuello, pujando fatigoso, con ayuda de una tabla envuelta en astillas, estratégicamente recargada en el moho de la pared.
Como todas las noches, un incansable allegro de insectos y ratones lo invitan a dormir, con esa almohada que alguna vez le sirviera como chaqueta.
Al amanecer su nariz está tan roja que semeja un triste Papá Noé, somnoliento en su trineo; pero en lugar de renos, y para sorpresa de toda esa perturbada marrullería de miradas penetrantes, que desde su madriguera observan la escena, el único ser que hace compañía al anciano es aquel perro feo, flaco, lanudo, reumático y con tanto frío que su lomo se estremece en sutiles contracciones, a los pies del viejo; quien despierta, tosiendo patético.
Sus labios partidos apenas logran insinuar una sonrisa triste, lejana, al descubrir que, pese a su escándalo previo, ese perro sigue dormido.
Es la primera vez, en cinco años, en que uno y otro huéspedes distinguidos no tendrán otro remedio que saludar, darse los buenos días.
“Seguro tiene hambre…” –piensa el viejo, al observar las costillas del perro que asoman en su costado derecho, entre su pelaje lanoso; acomodando el anciano su cráneo desnudo sobre la chaqueta mugrosa. Estornuda más de diez veces una carga de dinamita.
La muralla impide por completo el paso del murmullo citadino. Únicamente logra filtrarse, desde lo alto, a través del pasillo y la escalera, quizás desde el cielo, la sinfonía de los pájaros en el penthouse.
El sueño quiere vencerlo de nuevo; luego de descongestionar su garganta, escupe tan lejos como le es posible una enorme flema, misma que exige la huida sin tregua de uno de tantos bichos espeluznantes; invitado por la paz del perro, cuyo reducido estómago, pegado al pellejo, se infla y desinfla en un lapso perfecto; tarda casi el doble de tiempo cuando exhala; provocando en cada resoplo, a cada suspiro, que el polvo del suelo modifique su matiz al atravesar, ingrávido, sin prisa, ese débil rayo del sol que acaba de entrar por la ventanilla, en lo alto del sótano.
Un eco inesperado hace callar momentáneamente a los pajarillos: otro fruto de yeso ha sido liberado por el árbol.
La verdad es que hoy el viejo no tiene ganas de recorrer los vagones del metro para ganarse la vida –hay mucha diferencia entre trabajar duro y ser constante-. Está tan emocionado de tener compañía esta mañana que decide no moverse, dejar para más tarde sus necesidades fisiológicas, con tal de no perturbar a su compañero.
Es un tipo con suerte. Muy pocas personas en esta urbe pueden darse el lujo de poseer un edificio completo, sin pagar impuestos ni tener problemas con su inquilino; de gastar su tiempo en lo que le venga en gana; por ejemplo, pasar el día charlando con su vecino, entre el canto de sus pájaros sin jaula.
El viejo se acomoda en su lecho.
Sueña profundo, muy profundo…
Los alumnos llenan el salón de clase. El robusto profesor se apresura a borrar la pizarra; después de colocar la chaqueta en el respaldo de su asiento; con esa corbata sencilla que procura no ensuciar de gis –su mujer siempre le reprocha llegar a casa manchado de blanco, y no sólo de la corbata, en ocasiones hasta del trasero…
Entre el alboroto, el bullicio de los niños y el buen humor del maestro, la lección va a comenzar.
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