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Inicio / Cuenteros Locales / albertoccarles / La Gata

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La cohesión de las representaciones entre sí por la ley de la causalidad distingue la vida del ensueño. El único criterio seguro para distinguir el ensueño de la realidad no es otro que el meramente empírico del despertar, por el cual positivamente la cadena causal entre las representaciones soñadas y las de la vigilia es rota de una manera explícita y palpable” (Kant)

La mañana, ya cerca del mediodía. Sentado en el banco de la plaza, fumaba y leía Mrs. Dalloway. “Después de esto”, pensó, “ya no se puede escribir”. Sabía que cuando lo terminara, recomenzaría su lectura. Como un sinfín. “Tampoco se puede leer otra cosa, excepto The Waves. Eso pensaba...


La gata se me acercó con pasos de sombra. Delgada, azabache y sin cola, se sentó en el suelo justo frente a mí. Miraba con sus pupilas verticales, fijamente. Lamió los bigotes y pidió con maullido lastimero.

Quise acercar una mano, y se retiró hacia atrás dos pasos. Volvió a su posición egipcia y se quejó nuevamente. Hurgué en mis bolsillos, miré hacia los costados buscando algo, y ella reiteró el lamento. Sabía que por allí no había nada de lo que necesitaba. La miré, le hablé, y volví a llamarla con los dedos abiertos. Se alejó otro paso.

Encendí el último cigarrillo de la caja, y antes de arrugarla y tirarla, comprendí. En mi bolsillo pesaba el cortaplumas. Hice un platito con el envase de los cigarrillos, y con la hoja del cortaplumas practiqué un corte profundo en un dedo de la mano izquierda. La sangre comenzó a gotear en abundancia y la orienté hacia el improvisado recipiente. Ella olisqueó en el aire y avanzó dos pasos. Cuando me pareció que ya había un volumen apreciable, con el pañuelo contuve la hemorragia, y deposité la escudilla en el piso. Ella se acercó con precaución, oliendo y relamiéndose los bigotes. Me miró y se zampó con el hocico dentro del platillo. Se oía el ruido de la lengua recogiendo con deleite los coágulos púrpura. La levedad de la bandeja hacía que se corriera hacia los lados, impulsada por la voracidad de la miza. No tardó mucho en dar cuenta del alimento, y levantó la cabeza reclamando más, mientras se relamía la grana de los bigotes. Volví a acercar una mano. “Vamos”, musitaba, “ven, que en casa habrá más para ti”. Se alejó dos pasos, y el maullido no dejó lugar a equívocos. Solté el torniquete y volví a llenar el plato. Comió nuevamente, pero con menor avidez, y ya no esperó a que se lo llenara de nuevo. Se retiró y mi miró, entre agradecida y divertida. Intenté por tercera vez, pero ahora olió, y se alejó sin probar el nuevo servicio. Maulló como pidiendo algo diferente. Varias veces lo hizo, pero también se arrimó y me rozó una pierna con el lomo arqueado. Miraba hacia arriba como solicitando algo que yo no tendría excusas en ignorar. Tomé el cortaplumas con firmeza y me seccioné el dedo en la coyuntura de su base. Envolví al muñón, que bramaba lo suyo, y luego con la pequeña hoja fui abriendo los tejidos del dedo para que ofreciera las partes carnosas sin dificultad. Lo puse en el platito, y ella lo buscó de inmediato, con un movimiento sorprendente. Ahora trabajaba con los dientes y con las manos, pequeñas garras afiladas. En un momento, el dedo salió del plato y rodó por el suelo. El muñón me pulsaba con agudos arañazos hacia todo el brazo, como reclamándolo. “¡Sí que duele acercarse!”, pensé. Me asombraron los huesitos, blancos, casi pelados, que dejó la bonita katze allí en el piso, antes de saltar sobre mí.

La envolví en un abrazo suave. Recogí la cajita, húmeda aún, los restos del dedo y los guardé en un bolsillo. Ella se refregaba contra mi cuerpo, y se apretaba, entregada. Me incorporé y la besé levemente en el cuello.

Mientras caminaba, sentía la diferencia entre las sensaciones derechas e izquierdas. El placer y el dolor en un dueto de trinos y arpegios complementarios e inseparables, que se unían en el centro, como una síntesis que late sin prisa ni pausa.

“¿Cómo se hace ahora para despertar”, pensó, “cuando se ha traspuesto la línea que separa lo imposible de lo posible?” Ella lamía una mano, cariñosa y agradecida, como asegurando que, aunque despertara, el sueño no se evaporaría, y terminaría ingresando definitivamente en la trama de la conciencia... Ay, Virginia, ay...

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Texto agregado el 01-10-2004, y leído por 25 visitantes. (3 votos)

Lectores Opinan

2004-10-05 01:40:09 Si, sueño o realidad hay personas que te chupan la sangre y dejamos hacer; aún más, estamos contentos con el sacrificio. Me gustó mucho tu texto. Un abrazo Yvette NINIVE

2004-10-04 08:40:04 Este texto te da unos cuantos zarpazos, dentro de una meticulosa y detallada narración, dejándote en perplejidad al siguiente, después de asumido y anidado el anterior golpe. Buen trabajo. Un abrazo Cardon


2004-10-02 14:30:35 ¡Sorprendente! Así es este escrito. Sorprendente su concepción, la propuesta, el empleo y uso del lenguaje. Me place horrores conocer la experiencia que en estos días padeciera usted ante su dedo sangrante mientras al unísono se ha deleitado en Virginia por estas últimas tardes, pero de ahí a que elaborara usted esto, es un paso gigantesco. Es un viaje pasmoso y fascinante por la región de lo insólito y de lo mágico que tantos escritores del calibre de García Márquez y Carlos Fuentes han adoptado. Y claro, sazonado con la Wolf de preludio y telón de fondo no es para menos que transpire magistralidad. Tanto la gata como su dueño permean una soltura tan natural que atrae la lectura y permite la ambientación consecuente. Sorprendente narración que reconquista el talante más puro y fantástico del autor. Don Alberto, detenga la prensa y permita que este también acompañe al resto de sus hijos en su próximo libro. Nos encontramos ante una joya literaria de primer orden e indispensable para los amantes de la buena literatura. Gabrielly

2004-10-01 22:37:56 Excelente, Alberto. Me has dejado sin palabras, y debo reconocer que las descripciones son tan naturales que resultan aún más escalofriantes. Un saludo, y mis estrellas. Oliveria

Texto agregado el 08-10-2004, y leído por 145 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2004-11-25 01:33:24 Supongo que extrañaba no poco encontrarme con sus letras Alberto, esto acrecentado también por el carácter Carlesiano que despide el texto. ¡Que bueno, por favor! Desde la cita hacia Kant, cuyas nociones empíricas le sientan de modo magistral a su relato Alberto y la realidad y los sueños que se quiebran de modo atroz... ¡terrible!. Y denota la práctica que le permite juguetear tanto con el lector- mas si, como es mi caso, aborrezco los cortes y el chorrear de la sangre, que me genera un leve mareo y tembleques extraños- tranquilizarlo con la lectura- aunque siempre olvido que todo lector en las novelas, es uno en inminente peligro- y en eso que debo detenerme de nuevo, cosas como los pasos de sombra y si, una amputación que desquilibra, des-destruye y todo. Ni me detendré en lo que coloca detrás de su cuento... un abrazo Alberto, cuidese... Abin_sur
 
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