LA ALFOMBRA
La rosa está marchita. Pensar que cinco horas antes Luis la sostenía, fresca, entre sus manos.
Ahora él duerme, desparramado, sin almohadas, boca arriba y con calcetines. Es una noche fresca, a pesar de tener la ventana cerrada.
Si fuera uno de esos fatídicos martes trece, podría correr el riesgo de bronco-aspirarse; pero lo más seguro es que esa singular mezcla de angustiosa, desconsolada alegría, incluso euforia que experimentó por la tarde, ahogara por completo su digestión en adrenalina pura.
Los ronquidos estrangulantes en esta densa tiniebla, capaces de despertar a un paquidermo, merecen de un premio; y ese premio podría ser, en un inicio, no volver a despertar; pero si lo logra, seguramente no irá al trabajo, no sólo por levantarse tarde y la resaca, principalmente porque Meche no llegó a la cita, a la celebración de su primer aniversario.
En el piso de arriba, cierto individuo llega a su casa con semejante estilo al que adoptaría John Wayne para librar la letrina, en un bar mexicano de principios del siglo veinte, en medio de una terrible diarrea. Luis, entre sueños, supone que es Meche al entrar o salir del baño.
Al fin se mueve. Murmura, babea; atravesado en el colchón. Avienta hacia cualquier parte la sábana. Si Meche estuviera junto a él, ya le habría dado tremenda bofetada.
Despierta. 3:20. Las suelas de los zapatos del Wayne rebotan desde el techo, provocando que los párpados de Luis expriman sus lagrimales secos, para luego estremecerse completo ante aquellos resortes que crujen gritando su propio martirio. Abre los ojos, un impulso extremo lo obliga a sobresaltarse como si temiera que le caiga encima una caja fuerte. Por si fuera poco, parece que Wayne va a entrar en acción.
La verdad es que Luis todavía está ebrio, semidormido, como el oso que despierta a medio hibernar, únicamente para volver a recogerse.
Y despierta de nuevo. El suplicio de esos resortes en lapso semi-perfecto le indica que no ha pasado mucho tiempo. Pero esta vez algo ha sucedido, algún cable se cayó, pues tal parece que Luis, sintiéndose una roca, ha despertado para no volver más a ese sueño reconfortante, desolado, exclusivo; mismo que olvida en cuestión de segundos.
Si no se levanta rápido, va a terminar por orinarse en la cama.
Llega hasta él esa exquisita, aunque un tanto diluida fragancia a rosas, vilmente mezclada con un cercano mugir de hastío, la mujer del maldito y desconocido cowboy. La circunstancia lo exaspera, al recordar de súbito la razón por la cual se encuentra solo en estos momentos.
–¡Carajjjo! ¡Dónde essstás! –grita su voz apagada, buscando a Meche, sobre el colchón; preguntándose a la vez, en un instante tan confuso como su sobriedad: “… ¿Me interesa dónde estás?”
Las cosas siguen mal. Al intentar incorporarse de la cama se da tremendo golpe en el pie izquierdo contra la pared. Fue un impacto duro, contundente; incapaz de provocar el mínimo eco.
Pero ¿por qué?, si durante más de dos años ha realizado exactamente el mismo movimiento por la mañana, en ese condominio del tercer piso, su cobijo de soltero, mismo que en los últimos doce meses se convirtiera en el hogar de él y de Meche; luego de apagar la alarma inmunda del despertador, rascarse los genitales hasta lograr ese maravilloso suspiro y brincar de la cama con la mejor intención de darle los buenos días a ella, su esposa.
Bueno, al menos esa fue su costumbre en las primeras nueve semanas de feliz matrimonio; con todo y la frecuente, tanto como antipática visita inquisitiva de su suegra.
Por su parte, Meche soportaba de buena gana uno que otro detalle nocturnal de su marido, tomando en cuenta lo bien que la pasaban ambos en la cama; pero poco a poco se fue cansando de la rutina y los moretones, producto de uno que otro derechazo involuntario; entre la confidencia de sus sueños; por ejemplo, su necedad por querer ser padre lo más pronto posible; sin contar el mal humor cotidiano.
De esta manera fue haciéndose costumbre en Meche amanecer del lado opuesto de la cama, intentando dormir, sin sobresaltos. Su madre aún se enoja con ella cuando llega tarde al almuerzo.
La primera vez que Luis despertó, sin sospechar que Meche se encontraba del otro lado, ella, ingenua, creyó que su brioso macho deseaba montarla; Luis nunca imaginó que Meche pudiese lucir con el rostro tan abotagado al alba y su aliento por muy poco lo volvía al sueño; a diferencia de sus encuentros como aprendiz de amante, disfrutando del desenfado, la improvisación ilimitada, sin horario ni obligación alguna, entregados incondicionales en despedida presurosa donde nunca faltaba el extravío de la pulsera o la diadema o el brazier, que Luis buscaba en cada rincón mientras ella le daba un retoque a su cabello, sin olvidar pintarse de nuevo los labios.
El brazier, la diadema, la pulsera o los calzones siempre aparecían al día siguiente, debajo de la almohada o detrás de la cabecera de la cama; sin perder de vista Meche, entre risas y besos, el reloj de pared al fondo de la sala, asegurándose de esta manera de llegar a tiempo a la cena.
Son las 3:25 de la madrugada. La cosa sigue muy mal. ¡Esta urgencia por mear!
El sutil olor a rosas contrastando con el maldito dolor en el dedo gordo de su pie, que Luis se soba en posición de feto. En verdad le duele, a pesar de su estado.
Para su suerte, o para su desgracia, no es capaz de darse cuenta de que en la caja veinticuatro, de la sucursal número once, lo suplirán hoy con la mano en la cintura; tal vez hasta pierda su empleo. ¡Esa pésima falta de tacto de las transnacionales gringas de incomprender a los hipersensibles!
Lo que sucediera después de las doce de la noche es algo que a Luis le será revelado en otra vida. Si se esfuerza un poco, tal vez logre recordar que se metió a un bar del centro, solo; después de marcar los teléfonos de tres o cuatro amigas de Meche, en vano.
También la buscó en la casa de sus padres. Ni más ni menos que su propio suegro le respondió, nervioso, es verdad, pero a la vez reflejando en su voz una calma propia del hombre que obedece órdenes y que no aspira a ser absuelto de un error: “No te preocupes demasiado m’hijo… eh… seguramente la Meche se entretuvo en los aerobics… ya la conoces”.
Luis hace un segundo intento. En esta ocasión tal cual hombre araña, a quien se le ha terminado el hilo para fabricar su tela, palpando tímidamente lo que habrá más allá de la cama: pared, una fría y lisa pared hasta donde sus manos le permiten y la oscuridad le aconseja.
–¡Carajjjo! ¡Dónde essstoy! –susurra desesperado, con la urgencia por liberar su vejiga. Absolutamente incapaz hasta ahora de recordar que ayer domingo, aprovecharon para mudarse a un barrio cerca del centro.
Meche se aburría pavorosamente por la tarde, en el condominio de Luis; sin importarle más el majestuoso atardecer que en la primera semana de feliz matrimonio tanto disfrutaba, de espaldas por completo a la ciudad; y a sus amigas.
Lo intenta de nuevo. Ahora del lado contrario de la cama, imitando a una araña que por alguna sensata razón se ha quedado, además de deshilada, ciega; enfrentándose al infinito del universo al llegar al extremo de su telaraña.
La nada lo sorprende, rasguñando el aire en el justo lugar donde se supone tendría que estar la cortina de carrizo, y al lado de la cortina ese cuadro enmarcando a ambos, sonrientes, borrachos, en obsequio su profunda mirada al mar.
Al fin se anima, sumergiéndose tímido en la tiniebla. No es visible al menos el parpadeo en azul y rojo de Pepsi, traspasando con horrenda danza la cortina de carrizo.
Esta vez se atreve de manera semejante a como Neil Armstrong habría dado ese “pequeño paso”, si no hubiese estado enfocado por una cámara.
Al pisar tierra, el efecto de las copas lo hace tambalear. Choca contra algo, provocando tremendo estrépito al caerse. Por si no fuera suficiente, le bastan unos cuantos segundos para desubicarse a tal grado que le resulta imposible ahora encontrar el colchón.
No hace falta recordarle que si no orina de inmediato, esto va a convertirse en una catástrofe.
4:46. Wayne y su mujer, al igual que los demás vecinos del edificio, se cansaron de gritar, golpeando la pared, el piso o el techo de su respectiva vivienda. Incluso una solitaria anciana regresa a su cama, aburrida de esperar a la patrulla que no va a llegar nunca.
Un par de adolescentes también se anima a bajar de la azotea, de puntillas por la escalera, ante la luz apagada de los cinco niveles completos.
El olfato de Luis alcanza a resucitar el último pétalo rojo de aquella rosa, mismo que cae desde lo alto de su ropero, rozando una gran pila de libros para luego deslizarse acariciante en la ropa íntima de Meche, hasta posar su muda inocencia en una sartén que pierde por completo el equilibrio, como colofón a la estridente sinfonía.
Bien dicen que no hay mejor remedio para cortar una borrachera que un buen susto.
Wayne apenas se mueve. Mientras tanto, dominando un poco el temblor de su cuerpo, a Luis le parece un verdadero milagro haber palpado un hueco en el suelo para sentarse, en medio de ese extraño lugar.
Después de todo aquí no ha pasado nada; excepto por esa enorme alfombra envuelta, estilo francés del siglo XVIII, en rincones desde hace un año por resultar absurda en términos de la dimensión de la sala-comedor-cocina del antiguo hogar del par de enamorados.
Esa majestuosa alfombra que, según cuenta la leyenda, fue pisada lo mismo por Maximiliano de Habsburgo y Doña Carlota, un presidente de la república y cierto magnate ruso hace más de cuarenta años; sin faltar en la larga lista de personalidades la abuela y la madre de Meche, doña Mercedes, por supuesto, quien la mandara bendecir antes de entregársela a su hija como regalo de bodas; y que ya empieza a apestar.
Luis se estremece, convulsiona; sacude la última gota de terror sobre su cuerpo. El azul y el rojo deslizándose en los muros semejan el recuerdo de un sueño que apenas va a comenzar.
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