Descendió del vagón a las once en punto. La estación Plaza de Mayo estaba desierta y sólo se oía el ronroneo del tren alejándose, devorado por el agujero negro del túnel.
Verónica llegó al pie de la escalera que la llevaría a la superficie y respiró aliviada: le provocaba algo de claustrofobia eso de viajar en subterráneo.
Llovía. No era una lluvia intensa, sólo una llovizna, pero combinada con el frío de la noche fue suficiente para enrojecerle la punta de la nariz. Apretó fuertemente contra su pecho las dos carpetas negras que llevaba y, sin tomarse del pasamanos, comenzó a ascender.
Emergió en la Plaza (otra vez había equivocado la salida) y permaneció allí de pie por unos segundos. El paisaje que veía no era el que esperaba ver, y eso hizo que perdiera un poco la orientación. Conocida su ubicación geográfica, emprendió la marcha.
Tomó por la calle Defensa. Una parejita estaba entrelazada debajo de las columnas del Ministerio. “Habrá que tener ganas, con ésta noche”, pensó. Sus labios dibujaron una sonrisa vergonzosa, ese era justo el pensamiento de alguien que había pasado largos los treinta.
Caminaba con cuidado, tratando de esquivar los charcos que se formaban en las veredas rotas. Sus botas eran nuevas y bastante caras, no era cuestión de arruinarlas antes de haberlas terminado de pagar. Escuchaba el sonido de sus tacos al golpear las baldosas, el ritmo de sus pasos firmes.
La lluvia se hacía cada vez más fuerte. Miles de gotas heladas caían por su cabello y se deslizaban sin freno hasta su rostro. Se lamentó de no llevar paraguas, pero ni los paraguas ni los guantes formaban parte de su guardarropas. Así que ahí estaba, empapada y con los dedos congelados, preguntándose una vez más el por que de sus manías, cosa que siempre hacía bajo la lluvia y olvidaba bajo el sol.
Sólo doscientos metros la separaban de su departamento y una buena taza de café con leche caliente. Su departamento, su orgullo. Tres ambientes llenos de luz, con balcón a la calle y moquete verde.
Hija de una jovencita analfabeta y un par de posibilidades, la vida de Verónica no había sido fácil. Pero la genética la bendijo con un intelecto brillante y la tozudez de una mula, por lo que por más escollos que hubiese encontrado en su camino, siempre había tenido la fortaleza de sortearlos. Así se convirtió en lo que era, una mujer de éxito, una profesional. “Mi hija es profesional”, decía su madre a quien quisiera o no escucharla. Verónica se preguntaba si su madre realmente conocería el significado de la palabra.
De pronto se encontró corriendo, sin prestar atención a los charcos que pisaba. Un barro aguachento le ensució el ruedo de su vestido firmado. Maldijo, pero no dejó de correr.
La idea del hogar cálido y el café con leche la impulsaba, como un motor que se alimentaba sólo de placer.
Entonces lo vio: una figura apareció unos metros delante de ella. Se detuvo violentamente, clavando en el piso los tacos de las botas. Volvió a mirar. Nada. Se había ido. Como no se encontraba lejos de la esquina, por un momento pensó en volver sobre sus pasos, desviarse una cuadra y retomar por la calle paralela. Descartó la idea. No había llegado donde había llegado desviando el rumbo ante la primera figura escurridiza que se cruzaba en su camino. Cuántos fantasmas negros había vencido? Cuántos?
Tratando de convencerse de que sus sentidos la habían engañado, siguió caminando. Sentía como el corazón latía dentro de su pecho. Ya estaba pasando por el lugar exacto donde creyó ver la figura. Un paso, dos, tres...
“Nada, no es nada” se dijo “sólo unos metros más”.
No vio la mano que la aferró por el cabello, tampoco el brillo del metal que se clavó en su garganta. Tan sólo dos palabras cruzaron por su mente en los últimos segundos de conciencia: el destino.
Sí, Verónica, el destino. Quizá ésta vez, sólo ésta vez, debiste volver sobre tus pasos, desviarte una cuadra y retomar por la calle paralela.
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