EL INTRUSO
-¡Nunca! ¡Nunca más!
El grito potente rebota en la barranca. El silencio se rinde en los portales de su casa.
En medio de la tregua, perfumada de azucenas, la noche es grande, perpetua. El corazón le late en las orejas y hasta los poros de las orejas se le inundan cuando su pecho es tambor de guerra.
Esos nudillos morenos dispuestos al combate, tensándose tanto que sus párpados en agobio liberan lo poco que les queda de orgullo, entre un par de manos femeninas; incansables de exprimir ritos, tradiciones y lo rancio de aquel hombre, tarde tras tarde, debajo del puente, detrás del matorral.
Más de un demonio incita el pensamiento, la intuición; presagio transformado en piedra de molino, en domingo de sequía; ante el vaivén de la hamaca pendiendo de dos hilachos resistentes a la luz del quinqué.
Sus ojos destellantes se tragan la oscuridad sin lograr ahuyentarla. Las goteras reblandecen los escalones, así como la pasta de jabón con la que ayer en la tarde el intruso le lavara sus trenzas, entre la voz del río que siempre guardará el secreto.
Los puños del señor, curtidos en caña y tabaco, tiemblan al rasgar la sábana –la camisa, la desvergüenza del intruso, en su sueño.
-¿Qué te pasa?... –susurra ella, despertando suavemente, a pesar de sentir los nudos de la hamaca rasguñando el perfil de su rostro; recuerda ese sueño que sigue siendo tan real: las facciones del forastero entre sus manos y la maleza-, ya duérmete.
Pero él aún no ha despertado.
Ella vuelve al ensueño, al anhelo imposible; envolviendo su cuerpo desnudo, mojado, en la sábana ahora deshilachada; cierra sus bellos ojos oscuros con la certeza de que la perforadora sigue ahí, asomando su cuello entre árboles de mango y caobas asustados por el olor a petróleo; preparándose para amedrentar, como cada mañana desde hace meses, el orgullo del río y la alegría de los cotorros con su poderoso motor, en el justo lugar donde el año pasado todavía se alzaba el cañaveral.
Un relámpago tímido ilumina instantáneo el cabello suelto de la doña; así como el par de ojos apagados de su pareja, sin la fe necesaria para esperar el estruendo.
Los sonidos, los olores de ella, de la selva, que es ella, al menos esta madrugada siguen siendo grandes.
No volverán a brotar azucenas en los portales del patrón. Por primera vez en un siglo, la molienda terminó sin haber comenzado.
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