La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - alipuso - 'El Intruso'
El Intruso
EL INTRUSO
-¡Nunca! ¡Nunca más!
El grito potente rebota en la barranca. El silencio se rinde en los portales de su casa.
En medio de la tregua perfumada de azucenas la noche es grande, perpetua. El corazón le late en las orejas y hasta los poros de las orejas se le inundan cuando su pecho es tambor de guerra.
Esos nudillos morenos dispuestos al combate, tensándose tanto que sus párpados agobiados liberan lo poco que les queda de orgullo entre un par de manos femeninas; aburridas pero incansables de exprimir ritos, tradiciones y lo rancio de aquel hombre, tarde tras tarde, debajo del puente, detrás del matorral.
La voz del río también es grande.
Más de un demonio incita el pensamiento, la intuición; presagio transformado en piedra de molino en domingo de sequía; ante el vaivén de la hamaca pendiendo de dos hilachos resistentes a la luz del quinqué.
Sus ojos destellantes se tragan la oscuridad sin lograr ahuyentarla. Las goteras reblandecen los escalones y la pasta de jabón con la que ayer en la tarde ella se lavara sus trenzas.
Los puños del señor, curtidos en caña y tabaco, tiemblan, sujetan, rasgan la sábana –la camisa, la desvergüenza del intruso en su sueño.
-¿Qué te pasa?... –susurra ella, despertando suavemente a pesar de sentir los nudos de la hamaca rasguñando el perfil de su rostro; recuerda ese sueño que sigue siendo tan real: aquel rostro forastero entre sus manos, más allá del matorral- ya duérmete.
Pero él aún no ha despertado.
Ella vuelve al ensueño, al anhelo imposible; envolviendo su cuerpo desnudo, mojado, en la sábana ahora deshilachada; cierra sus bellos ojos negros con la certeza de que la perforadora petrolera sigue ahí, asomando su cuello entre árboles de mango y caobas asustados; preparándose para amedrentar, como cada mañana desde hace meses, el orgullo del río y la alegría de los cotorros con su poderoso motor, en el justo lugar donde el año pasado todavía se alzaba el cañaveral.
Un relámpago tímido ilumina el cuello, el cabello suelto; un par de ojos apagados, sin la fe necesaria para esperar el estruendo.
Los sonidos, los olores de ella y de la selva, que es ella, al menos esta madrugada siguen siendo grandes.
No volverán a brotar azucenas en los portales del patrón. Por primera vez en un siglo la molienda ha terminado sin haber comenzado.
Texto de alipuso agregado el 20-10-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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