LA VERSION DE OSVALDO CARBONELL
...La literatura de ficción la inventó Jonás cuando convenció a su mujer de que había vuelto a casa con tres días de retraso porque se lo había tragado una ballena.
Gabriel García Márquez
“El amante inconcluso”
Al parecer el oscuro y brillante cardúmen de tarariras bajó de la ruta 127 y entró a Federal, más o menos a la altura de la estación de servicios Shell. Tomó por calle Antelo, y comenzó a recorrerla siguiendo el sentido del tránsito, mientras levantaba una polvareda enorme y espesa. Era a la siesta. Era en verano, también.
Dicen algunos pocos que dicen ser testigos presenciales (lamentablemente, todos conocidos borrachines de bares de mala muerte) que los pobres bichos venían despavoridos. El espanto se les adivinaba en los ojos, dicen, abiertos y sin párpados. Venían boqueando desesperadamente, mostrando los dientes, afilados y feroces como agujas de hueso, dando coletazos frenéticos y moviendo nerviosamente las aletas ventrales, que rasguñaban la tierra y el ripio como unas manos deformes y sin dedos.
Cuentan que contaron que eran cientos, miles, cientos de miles, huyendo de algo que aún hoy es un misterio, seguidas por una jauría de perros callejeros, confusos y alborotados, que sólo atinaban a ladrarles desde una distancia prudencial y cobarde.
Las murmuraciones y los comadreos de algunos otros relatan que en la intersección con calle Santa Rosa, cruzaron la plaza Justo José de Urquiza en diagonal y siguieron por Dónovan, derecho, como si conocieran, hasta llegar al arroyo Federal Grande. Sin embargo, todas pasaron de largo, ignorando el agua, y perdiéndose por fin en el comienzo disperso de los montes de la Selva de Montiel...
Pero todo es muy vago. Nadie da certezas de nada. No hubo ninguna persona que pudiera probar ninguna cosa. Ni las autoridades, ni ninguno.
Sin embargo, Osvaldo Carbonell, el conocido acordeonista del quinteto chamamecero "Loncho" Kapp y sus claveles, dice que las vio cuando cruzaban por el puesto de Gendarmería, en el mismo momento en que él salía del destacamento de la Policía Caminera que está al lado, en donde había pasado la noche preso por disturbios, resistencia a la autoridad, y por dar serenatas a la hija de un concejal radical, dueño del campo lindero al destacamento.
-Ni bien las vi –cuenta la primera vez-, medio de lejos y encandilado por el sol, pensé que era una ñacaniná gigante que atacaba el pueblo y saqué mi “verijero”, por las dudas, te lo juro. Pero no, después me di cuenta que no, que era muy grande, muy despareja y muy excéntrica para ñacaniná...
-No me mientas más, Osvaldo –le dijo Ana, resignada a escuchar una nueva apología de su marido.
-...Los milicos dispararon a la mierda, como cagones que son -siguió diciendo sin prestar atención al reproche-, y me dejaron solo con el cuchillito en la mano. ¡Pero yo soy un Carbonell, carajo, y si no me asusta una ñacaniná, menos me van a asustar unos pescaditos de morondanga!...
-¿Qué hacías otra vez dando serenatas a la hija del concejal?...
-...Me di cuenta que eran tarariras, Hoplias Malabaricus, de la familia de las Erythrinidae según dice el diccionario (aunque en El Cimarrón, Bernardi y en Sauce de Luna les dicen “dientudos” nomás), porque junté las escamas que iban perdiendo al arrastrarse, de lo contrario hubiera sido imposible reconocerlas entre tanta tierra que levantaban.
-Y seguro te peleaste con los policías también...
-...Pegué un grito, un sapukay mejor dicho, y salí corriendo a perseguirlas, antes que hicieran daño a la población o a algún gurí; porque con ese nombre deben ser unas asesinas terribles, me imaginé mientras envainaba el “verijero” para evitar cualquier accidente, ya que uno no sabe lo que puede pasar en el camino y mientras corre atrás de unos pescados por el medio de la ciudad...
-No me importa si das serenatas, ya te lo he dicho, pero tratá de elegir bien a las candidatas, por favor. La hija del concejal se casó la semana pasada con el jefe del correo, que es cuñado del comisario...
-...Hacía rato no se veía algo así en Federal. La última vez que pasó algo parecido por lo tremendo fue cuando el enjambre de abejas africanas cruzadas con bichos de luz, que atacaban de noche, ¿te acordás Anita?...
-Y para colmo la hija del concejal es sorda como una tapia, Osvaldo. Linda, es verdad, pero sorda como una tapia...
-...Corrí más fuerte, las pasé en Dónovan y Constitución y llegué primero al arroyo Federal Grande. Nadé hasta el otro lado, porque presentía que no iban a parar, y ahí fue cuando encaré a la primera, la que parecía la líder aunque no era muy grande que digamos, y le grité: ¡Acá está un Carbonell y necesita explicaciones, sabandija de mierda!...
-¿Te recaliento la comida?...
-...Ni me contestó la porquería esa ¡Y me pasaron por encima, embardunándome de algo como una baba, lo que es peor!...
-Quedó guiso, de la semana pasada, cuando te fuiste.
-Bueno, calentalo, pero el pan que sea fresco. Estoy podrido de comer con pan viejo.
-¿Y que pasó?...
-¿Con qué?...
-Con los animalitos esos...
-¡Y no sé! No te dije que me pasaron por encima. Y lo que es peor, como te digo, es que alguna cosa deben haber tenido, que me inyectaron o algo, porque me desmayé y cuando me desperté estaba en el bar del “Cabezón” Benítez y no me acuerdo de nada más.
-Ajá, esta bien. Cuando terminés, lavate el plato y ordená la mesa. Yo me voy a tirar un rato porque no ando bien.
-¡Lavar el plato!... ¿Pero quién te pensás que soy, rusita patas sucias?... ¡Soy un Carbonell qué gran puta!...
-Y secalo, ya que estás.
-Bueno –dijo. Y no dijo nada más, por las dudas.
Esa fue su historia. Así se la contó a su mujer cuando “Cachi” Barrera y Sergio Padilla lo llevaron a la casa, con la ropa mugrienta y embarrada y oliendo a patas y a caña barata, tan borrachos como él.
Nadie en Federal, salvo él y los supuestos testigos, vio, sabe, o se acuerda del suceso. Ni siquiera Daniel Cristina, el periodista de Retórica y FM 100. Nadie. Ni Sara Lanz, la del canal de TV por cable, que no se pierde detalle de lo que pasa en el pueblo.
Quiero ser claro: todas las demás son sólo habladurías contradictorias y sin sustento. La única versión sostenida una y otra vez, incansablemente, ante quien quiera oírla es la de Osvaldo Carbonell, presunto partícipe del suceso, como hemos visto, y según sus propias palabras...
Algún malpensado podrá decir que lo suyo fue una mera y estrafalaria excusa para justificar 5 días de ausencia de su hogar conyugal cuando su mujer le pidió explicaciones, y zafar así de la probable paliza.
Es posible.
Pero eso es otra historia.
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