LA GUARIDA
El edificio es gigantesco y gris. Imponente, soberbio, majestuoso...
El edificio es centro del poder.
Dentro del edificio hay innumerables galerías, habitaciones, recovecos, pasajes... Y en la parte más alta e inaccesible está la misteriosa guarida donde el reservado hombre de la barba bicolor permanece siempre encerrado.
La escalera que lleva a la guarida, que es el escondite y el escondrijo del hombre de la barba bicolor, es solapada, oscura, complicada. No es fácil llegar hasta el vano del primer escalón. Primero hay que enfrentar o eludir a dos o tres cancerberos celosos y feroces cuyo trabajo es implacable.
En la guarida, el hombre de la barba bicolor vive preso de su seguridad, de su privacidad, de su propio envoltorio protector. El hombre de la barba bicolor vive sólo su propia realidad y sólo en su propia realidad. Solo. Absolutamente solo.
Las paredes de la guarida están empapeladas de fotografías y recortes de revistas y periódicos; también hay cartas, frases célebres y no tanto, alguna que otra fotografía de próceres y de él mismo, pero más joven, sin su característica barba bicolor, con los ojos de una mirada diferente, más inocente y luminosa. Así maquilla a la vida. Esa es para él la vida...
El piso y los muebles de la guarida también están atestados de papeles y más y más papeles. Y los espacios en donde no hay hojas y documentos hay ceniceros atiborrados de cigarrillos y cenizas.
El hombre de la barba bicolor es un hombre importante, poderoso, influyente. El hombre de la barba bicolor es el poder en las sombras del poder. Piensa que su encierro y su alejamiento de todo y de todos están justificados en nombre de sus servicios a la Patria. Cree que su aislamiento de los hombres comunes es necesario para que los hombres comunes no lo molesten mientras trabaja para ellos. Está orgulloso de su sacrificio.
La vida, sin embargo, ya lo dio por perdido.
Los hombres comunes no saben siquiera que existe.
Los que lo conocían ya no lo reconocen, ni lo recuerdan como era.
Los espejos le mienten cuando él los mira.
La guarida sonríe... Y lo devora.
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