HOYO CREATIVO
Son las 9 de la noche. El joven aprendiz de escritor mira el papel en blanco frente a él, se decide y comienza su tarea: "En un lugar preciso de calle Patagonia (lo que cualquiera puede ver), sobre la vereda de numeración par, entre calles Urquiza y 25 de Junio, hay una casa gris con una puerta verde. Esa es la puerta más pequeña y flaquita de Paraná (lo que cualquiera puede comprobar) y da a un patio que tiene un naranjo y un cantero no muy grande, con flores amarillas y rosadas solamente.
Más al fondo existe una pieza donde se amontonan pilas y pilas de diarios viejos y uno que otro trasto desvencijado. La pieza está abandonada, es enorme, casi un galpón de enorme, y tiene baldosas rojas y gastadas.
En una de esas baldosas, la número 22 exactamente, contando de izquierda a derecha y pegada a la pared sur, hay un hoyo. El hoyo tiene un diámetro no más grande que el de una moneda de 5 centavos y también tiene apenas unos milímetros de profundidad. Pero quien logra meter en él la cabeza puede mirarse a sí mismo sin necesidad de usar máscaras.
Una vez, no hace tanto, el locutor Abelardo Santángelo, con mucho esfuerzo y tenacidad, logró meter uno de sus dedos índice astillándose la uña, pero logrando a cambio una elocuencia y una riqueza verbal que son envidia y elogio de sus colegas."...
-Hasta ahí veníamos más o menos... -dice Julio Cortázar.
El joven aprendiz de escritor mira hacia su derecha y lo ve. Flaco, desgarbado, sentado con las piernas cruzadas en el borde de una silla. Cortázar sigue diciendo, con su modo tan particular de pronunciar las “erres”:
-Tal vez me hace acordar un poco a “El Aleph” de Borges, y un poco a algunos textos de Dolina, también...
-¿Cómo?...
-Borges, Dolina... ¿no los conoce?...
-Sí, claro, pero...
-No se lo tome a mal. Es sólo mi opinión...
-Sí, sí, claro, pero...
-Siga, siga... No se preocupe por mí...
El joven aprendiz de escritor, confundido, intenta volver al papel en un gesto mecánico cuando escucha otra voz:
-Ese Dolina no sé quién es, pero "El Aleph" nunca puede ser confundido con "eso" -dice Roberto Arlt desde el sillón que está cerca de la puerta, mirándolo desafiante a Cortázar.
-Ya dije que es sólo mi opinión -le contesta.
-La que es refutable, por supuesto...
-¡Por supuesto!...
-A mí me parece una basura...
-Por favor, no sea tan duro con el joven...
-Una basura innecesaria, una porquería, un adefesio, una...
-¡Basta, Roberto, ya está bien, creo que lo ha entendido!...
-¡Que lo rompa, entonces!...
El joven aprendiz de escritor se apresura a hacer un bollo con la hoja y se propone tirarla lo más lejos posible cuando otra voz se suma a la conversación, con tono conciliador:
-En realidad no está tan mal... -dice Borges- Acaso le falte un espejo en alguna parte, o un tigre acechando entre los diarios, pero hay que darle tiempo en todo caso...
Borges está parado en uno de los rincones de la pieza donde el joven aprendiz de escritor hace su tarea. Está vestido con un traje oscuro y se apoya en un bastón de cedro con mango de marfil. La comisura del labio inferior le cuelga un poco y las bolsas de las ojeras le cuelgan más.
-¡No joda, Borges, es una mierda eso! -lo increpa Arlt.
-¡Cómo le va, maestro! -interrumpe Cortázar.
-¿Abelardo Santángelo es un personaje de ficción? -pregunta Borges.
-No, no, es una persona real, un amigo al mío que quise incluir en mi cuento... -se apresura a decir el joven aprendiz de escritor, tratando de aprovechar la oportunidad de participar.
-¿Qué es de los Santángelo del circo que supe ver en los arrabales de Buenos Aires, cerca de una esquina con una casa rosada?... -insiste Borges.
-Pariente, seguro. Todos los Santángelo son parientes, como todos los italianos -afirma Arlt, con convicción.
-Yo no lo podría asegurar -dice Cortázar- pero es posible. Todo es posible. Como que una mujer vomite conejos blancos, o como las casas tomadas...
-¡Qué tremenda boludéz lo que dijo! -gritó Arlt, poniéndose rabioso como un juguete-. Usted es un boludo, como todos los franceses...
-¡No soy francés, soy belga!...
-Verga, dirá...
-¡Y más argentino que el tango!...
-El tango es uruguayo, no joda...
-No discutan, por favor -intercedió Borges- el muchacho está asustado...
-No, no, por mí sigan... -dice el joven aprendiz de escritor- esto está muy interesante...
Suena el teléfono. Todos hacen silencio. El joven aprendiz de escritor pide disculpas y atiende. Es Abelardo Santángelo...
Tras 3 horas de escuchar un monólogo elocuente, pleno en matices y de una riqueza verbal envidiable, el muchacho corta. Cortázar, Arlt y Borges han desaparecido.
La mañana encuentra al joven aprendiz de escritor de bruces en el suelo, en medio de un charco de sangre, con un lápiz incrustado en la sien derecha. En la casa vecina se escucha una radio donde Santángelo conduce su habitual programa, Prensa Radial, elocuente, verborrágico...
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