DAR EL PASO
Fue una tarde de setiembre, una típica tarde de primavera, algo ventosa tal vez, de eso estoy seguro. Ibamos caminando con mi primo José Eduardo por una calle vieja que tenía las veredas anchas y con baldosas del mismo color, todas iguales durante cuadras y cuadras. No me acuerdo cuánto llevábamos caminando. Me acuerdo, sí, que él tenía puesto un pantalón gris de jean y una campera de cuero, negra, pero que más bien hacía calor. Yo andaba como siempre.
Llegamos a una casa con rejas labradas en las ventanas y nos llamó la atención que el picaporte de la puerta era diferente de los comunes: cuadrado, y con remaches de otro color. Y me acuerdo bien que José Eduardo me dijo que eso era una señal.
Dos o tres casas más adelante, siempre en la misma cuadra, vimos un pájaro que tenía una mariposa viva en el pico y estaba parado en el umbral del garaje. La mariposa aleteaba. Mi primo me dijo que ya no tenía dudas, que era otra señal, y que dos señales seguidas en una misma cuadra son una evidencia irrefutable. Yo le dije que tenía ganas de mear y que nos apuráramos a encontrar un bar porque no aguantaba más.
Seguimos caminando, aunque sin apurar mucho el ritmo. Me acuerdo que yo iba mirando los árboles y los zaguanes buscando una oportunidad, por las dudas el bar quedara demasiado lejos. José Eduardo buscaba más señales irrefutables.
Dos o tres cuadras más adelante, siempre en la misma calle, él paró de repente:
-¡Pará!... Si damos un paso más nos vamos a desvanecer en la nada -dijo.
-¡Dejáte de joder, que me meo!...
-No, en serio te digo. No caminés... Acordate de las señales.
-¿Qué señales?...
-El picaporte y el pájaro con la mariposa en el pico... Te dije que eran señales.
-¡No me jodas, Eduardo!. ¿De dónde sacaste que son señales?...
-Yo sé -dijo, enigmático y serio.
Por las dudas me quedé quieto en el mismo lugar, los pies como pegados al suelo. Pasó el tiempo muy lentamente. No me acuerdo cuánto tiempo.
-¿Che, estás seguro vos? -le dije por fin, casi meándome y bastante acalambrado.
-Seguro.
-Pero no podemos quedarnos así toda la vida...
-Y, no. Tenés razón...
-Alguno debe dar el primer paso, ¿no te parece?...
-Y, sí. Tenés razón de nuevo...
-Bueno, dale... Vos sos el de los enigmas y las señales: vos sos el que da el primer paso.
-Está bien... Cualquier cosa que pase decile a mi vieja que la quiero mucho. Y decile al viejo que... nada. Al viejo no le digas nada, él ya sabe...
Y dio el paso. Y otro, y otro, y otro más, y no pasó nada. Nada. Yo corrí, lo alcancé y seguimos caminando hasta que llegamos a casa y nos pusimos a tomar unos mates con mi hermano Roberto.
Me acuerdo que no había un bar por ninguna parte, y entonces me puse a mear atrás de un plátano. Me acuerdo también que una vieja me miraba escondida detrás de una ventana medio abierta desde enfrente, pero que al parecer no la impresioné mucho que digamos.
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