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El ombligo del mundo
EL OMBLIGO DEL MUNDO
Desde muy chico, allá en su pueblo, Alcides Gariboglio demostró ser empeñoso y porfiado. Cuando algo se le metía entre ceja y ceja, no se rendía hasta conseguir su propósito, costara lo que costara.
Un día, escuchando una conversación casual, se ilustró de la existencia del ombligo del mundo. Al principio le pareció un poco raro el tenor de tal afirmación, y más raro aún que el mundo tuviera ombligo, pero como los tipos que estaban hablando, Luis Juan María Puchulu y Rodolfo José Francisco Ciuffo Cortese, eran personas de elevada cultura y pomposa erudición además de largos nombres, dio por cierto lo escuchado, y lo que es peor, profundamente conmovido por el descubrimiento de un mundo con ombligo, se propuso ahí mismo llegar hasta ese lugar, el que imaginaba recóndito y perturbador.
No fue sencillo. Durante años se preparó físicamente concurriendo al club Social y Deportivo Honor y Patria donde practicó pesas, atletismo y bochas para obtener el estado justo que le permitiera acometer su temeraria empresa.
Además, y mientras tanto, en la biblioteca Fiat Lux buscó y escrutó mapas, consultó antiguos códices, se empapó de la sabiduría y el legado de oscuras culturas, leyó y releyó mamotretos insoportables y polvorientos. También preguntó a sabios, expertos, investigadores, aficionados, mercachifles, brujos, nigromantes, legos y sabihondos de toda laya. Por las noches estudió antropología, paleontología, geografía, topografía, historia y, por las dudas, abogacía y algo de reiki, ya que uno nunca sabe, dijo, con lo que se puede encontrar cuando busca el ombligo del mundo.
Cuando creyó que estaba cumplidamente preparado intelectual y físicamente, vendió todas sus pertenencias y, con poco más de 86 dólares del producido en los bolsillos, se lanzó al hallazgo y la conquista de su objetivo, más con ganas que con un plan siquiera desparejo.
15 años, 9 meses y 19 días después de partir logró lo que quería. Buscó entonces a Puchulu y a Ciuffo Cortese, y les pidió una entrevista.
El encuentro, de acuerdo a lo que habían pactado, se llevó a cabo en un quilombo sin nombre de Colonia Baylina regenteado por Celita Zaragoza, una popular meretriz y proxeneta uruguaya, conocida de los tres, a la tardecita de un martes 13. Gariboglio estaba esperando desde temprano, con una caja del tamaño de una heladera grande a su lado, como de esas que se usan en las carnicerías, y se había cuidado de tomar sólo lo necesario. Puchulu llegó a caballo, Ciuffo Cortese no.
A los pocos minutos de encontrarse, saludarse, y pedir las copas necesarias, les dijo sin ningún rodeo:
-Quiero que sepan que el ombligo del mundo es una porquería…
-No entiendo… -dijo Puchulu.
-Me explico mejor. Hace muchos años yo los escuché hablar sobre el ombligo del mundo y me propuse encontrarlo. Lo hice. Quiero que sepan que es una porquería…
-¿Está diciendo que el mundo tiene ombligo y que usted, además, lo encontró? –preguntó un alelado Ciuffo Cortese.
-Sí, es lo que estoy diciendo.
-¡Pero lo del ombligo del mundo es sólo una metáfora, una manera de decir que alguien se cree el centro de todo! –intervino nuevamente Ciuffo Cortese.
-No, se equivoca. La realidad es que existe y está en un lugar con rotundas características, propias a todo ombligo.
-No me diga –dijo Puchulu.
-Sí, le digo –dijo Gariboglio.
-Ajá, ¿y tiene pruebas? –presionó Puchulu.
-Por supuesto –se ufanó Gariboglio y sonrió con aires de ganador.
-¿Dónde?...
-Ahí, en la caja…
-¿Puedo verlas?...
-Por supuesto, para eso los hice venir. Pero insisto en que el ombligo del mundo es una porquería.
-¿Por qué dice eso, mi amigo? Si es verdad lo que afirma, podría ser el descubrimiento del siglo o del milenio –intervino nuevamente Ciuffo Cortese.
-Abran y miren…
Los dos se levantaron de sus sillas como propulsados por un cohete y se abalanzaron sobre la enorme y misteriosa caja, rompiendo las ataduras y rasgando el grueso cartón. El contenido se desparramó por el suelo sucio y con olor a fluido Manchester.
-¿Qué es esto? –exclamó Puchulu.
-Pelusa, por supuesto ¿Qué otra cosa puede tener un ombligo, mi querido señor? ¿No les avisé que era una porquería? –dijo Gariboglio, y apuró su trago.
De la caja destartalada brotaba una enorme parva de suave y espesa pelusa de ombligo, con varios pelos de panza, largos y gruesos como sogas, y un par de ladillas enormes y feas que intentaban esconderse de la luz.
Texto de vaerjuma agregado el 22-10-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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