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Inicio / Cuenteros Locales / larsencito / La princesa y el camaleón

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Como todos sabemos, la vida de los camaleones es muy triste, más si cabe, cuando no se es camaleón de nacimiento. Angelito se transformó en camaleón a los 30 años, sin motivo aparente. Una mañana al despertar, su madre le comentó que si había dormido mal. Tenía los ojos rojos y saltones, respondió que no, pero que tenía mucho hambre y de un lenguetazo se zampó una mosca que volaba incauta al otro extremo de la mesa. No le dieron más importancia.
Angelito empezó a trepar por el alicatado, con todo su cuerpo azul celeste, a juego con los azulejos de la cocina y su madre pensó que la soledad de hijo único siempre se manifestaba con algún tipo de rareza.
Se asustó, de veras, al bañar, como cada sábado por la noche, a su niño. Su pene se había alargado de forma sobrehumana, por encima de las razas históricamente mejor dotadas, y lo que es peor, estaba enroscado en espiral.
No quiso preocupar a Angelito, pero a la mañana siguiente al médico.
El doctor fue contundente: Su niño es un camaleón.
Su madre no lo podía creer, su niño un camaleón, pero si mi niño apenas sale de casa, si no fuma, si no bebe, si...
Esas cosas pasan señora – le cortó el doctor –; además ahora tendrá que tratar a su hijo con mucho más cuidado. Se trata de una especie en peligro de extinción. Antes de marcharse, el doctor le obsequió con un libro “La metamorfosis” y un folleto de A.M.C.S (asociación de madres de camaleones y otros saurios).
No olvide darle una ampolla de queratina todas las mañanas y dos cuando empiece a mudar.
Angelito, a parte de la dieta, ahora basada en insectos vivos, que su madre le compraba en una tienda de pesca, y de sus prácticas onanísticas, que se complicaron seriamente, no alteró su forma de vida.
Siguió dedicado a sus estudios de bioquímica, quería ser un camaleón de provecho. Sus esfuerzos no tardaron en dar la merecida recompensa. Publicó un articulo “Posibilidades de un camaleón”, de dos paginas, en National Geografic, con foto y todo. En este, dejaba claro que la cualidad de cambiar de color de los camaleones, era una gota dentro del océano de capacidades de estos saurios.
Cito textualmente: (...ese icono es una aberración, seria igual que si de Einstein alabáramos que tenía un cabello sugestivo. Conseguimos alterar nuestra configuración cromática adaptándonos al medio, pero de igual forma podemos cambiar nuestra conformación y dimensión, incluso nuestro ideario, carácter y emotividad, si ese mimetismo nos es rentable en el estrenado entorno.)
Durante toda su vida luchó, con su pluma y sus acciones, contra el estereotipo del infantil camaleón que cambia de color, para crear la idea de un Supercamaleón, preparado, dinámico y capaz casi de todo.
Las publicaciones se sucedieron y el éxito y la fama le llevaron en volandas a la cima. Llegó, incluso, a montar una escuela, donde humanos y reptiles bebían, por un precio módico, de su erudición.
Allí fue donde conoció a Mercedes, su secretaria. Mercedes era una princesa que se había tenido que venir del castillo. Mantener un castillo no es barato y las subvenciones europeas no llegaban. Además, Mercedes estaba ya en edad de merecer y allí, en el castillo, sólo se podía enamorar del hijo del guardés, Fernando, que tenía un corazón grande, pero no era suficiente. Siempre agradeció a Fernando haber espantado el frío de su cama, pero nunca consiguió expulsar la soledad del corazón de Mercedes. Ella había estudiado. Leyó demasiada poesía y huía de la realidad, para refugiarse en su mundo inventado. Un mundo de magia que giraba alrededor de amores perfectos, sentimientos puros e intactas esperanzas. Fernando decía que ella iba siempre con el lirio en la mano. Mercedes estaba sola.
Desde el primer encuentro, Mercedes se enamoró de Angelito, bueno de una de las múltiples facetas de poliédrico camaleón. Amaba a un jefe instruido, recto y amable con sus subordinados. Amaba su espíritu de sacrificio y la claridad de ideas. Amaba la pasión con la que exponía sus ideas y amaba, también, la tristeza que a menudo inundaba sus ojos sumiéndole en unos silencios largos y misteriosos. Amaba sus cambios de humor. Amaba su risa, sus pies, sus ojos y su olor. Amaba todo lo que de él conocía, lo que ignoraba lo inventaba, y todavía lo amaba más.
Angelito nunca se había fijado en ella.
Con la excitación que le provocaban sus clases utilizó a la princesa para un ejercicio práctico, quería demostrar a sus alumnos la capacidad de cambio que poseía y se convirtió en Mercedes. Los alumnos tenían delante de ellos dos princesas idénticas, físicamente indistinguibles y además, respondían igual a las preguntas de los alumnos.
El camaleón se enamoró de Mercedes, mejor dicho, de él mismo convertido en princesa. Estaba fascinado por la dificultad que había encontrado al intentar clonar a su secretaria. Estaba llena de aparentes contradicciones - deseos animales y timidez infantil- y escondidos recovecos, -esperanzas muertas que le daban coraje para seguir -, todo rodeado de un áurea mágico y sentimental que empaquetaba el conjunto dándole el aspecto de una inestable serenidad.
En sus múltiples experimentos nunca había visto nada parecido. Tenía que conocer a fondo a aquella mujer.
Se pasaba el día transformado en ella, a la verdadera princesa le encantaba que pasara tanto tiempo a su lado y que demostrara ese interés por sus gustos y opiniones.
Siempre juntos.
Otra pareja perfecta.
El extraño romance tenía un inconveniente, ella notó que no pasaba tiempo con su amor, sino con una reproducción, cada vez más perfecta, de ella misma.
Estaba sola.
Estaba sola dos veces.
No entendía cómo la soledad le había seguido desde el lejano castillo, pero allí estaba bajo aquella extraña forma y con más fuerza que nunca.
No tuvo que contarle nada, a estas alturas, él era ella. El camaleón intentó volver a ser el mismo, pero había sido tanto tiempo ella que el proceso se había vuelto irreversible. Ya sería siempre princesa.
La soledad había ganado la partida y se comería dos corazones por el precio de uno.
Lágrimas simétricas golpeaban idénticos pies desnudos.
Tristeza.

fin.
O final Yanqui

La verdadera princesa había estado al servicio del camaleón durante todos esos años, en los cuales, y por motivos diferentes a los académicos, atendió sin perder detalle a todas las explicaciones teóricas y prácticas de su maestro. Se había convertido, sin proponérselo, en su discípulo más aventajado. No encontró ninguna dificultad en convertirse (introduciendo unas pequeñas mejoras) en el camaleón que ella amaba.
Y así fue, como la falsa princesa y el falso camaleón fueron felices y comieron perdices.

Texto agregado el 22-10-2004, y leído por 955 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2004-10-22 20:55:27 ¿Final Yanqui o Europeo? Ummmmhh, me gusta mas el triste...buen cuento, desvelas con gracia una importante capacidad humana para triunfar (o eso dicen los expertos) la capacidad para adaptarse al medio, como hacen los camaleones, no le faltan gracia y diversión y un toque de locura...muy bueno yoria
 
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