Saltó el cristal y la copa donde bebiera el elixir de tu beso, se convirtió en un mandala desordenado en el piso sucio y enlodado de la vida.
La otrora suave y delicada pradera de tu espalda, en donde las mariposas de mis manos se pasearan, hoy es el instrumento de tu adios.
Los diáfanos ojos en donde me mirara tienen el oscuro velo de una máscara que no deja escudriñar tu pensamiento.
Iré acomodándome en el sillón hasta que por costumbre la soledad me vaya bien, que las costuras no molesten y el largo vestido me cubra por completo.
He de hacer entonces temblar la vida, romperla en el oscuro silencio de mis labios.
Tu mirada se irá extinguiendo, tu aroma ya no vendrá, tu brazos aprisionantes y tus labios que exploraban se irán perdiendo con cada apretón que de a mi corazón.
Mataré, seré asesina del todo y de la nada, y cuando una vez más pruebe la atormentadora sensación de que no hay más fondo que pisar...
Entonces de mis cenizas renacere.
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