El día pasa como cualquier otro, primero la mañana, luego la tarde, llegará la noche y yo sin ti.
En esta maraña de sucesos, escribo esta carta, que más que carta es un débil desahogo del alma.
Un silencio inescrutable fueron tus ojos, un pozo sin fondo esos labios que callaron y me sentí la niña más tonta bajo tu mirada.
Como queriendo adivinarte, mi instinto se afinaba y una barrera impenetrable levantaste. Así como demasiadas cosas contigo fueron por primera vez, así también no pude encontrate y me mostré evidente en tu madura mirada, madura postura.
Con experiencia tu y yo una aprendíz jugando a ser experta.
La velocidad de lo pronto, de lo urgente, develó lo frágil del hilo de la magia y lo pasajero del instante.
Una conveniente comodidad ganando a la incertidumbre.
Una conveniente seguridad, ganando al riesgo.
Un riesgo ajeno protegiendo tu comodidad y tu seguridad.
Y tu efímera compañía llenando un pedacito de vida que intenta soreir para no morir.
Cómo sacarte de mí, si calaste hondo.
Cómo no pensarte, si tu huella sigue allí, en el mejor lugar del mundo.
Cómo no extrañarte, si mis sentidos aún tu presencia conservan.
No derramo lágrimas, fue muy pronto para decir que amé, pero cuán cerca estuve de amarte y cuán cerca de perderme también.
Lo que ha de ser será, más cuánto deseo el sí de tus labios, de tu cuerpo y de tu amor.
Lo que ha de ser será.
Mientras te extrañaré.
Así ahogo mis ansias, así mi grito e intento renacer.
Pequeño duende de las risas, risueño duende del amor.
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