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Psycho ending (cuento chileno de terror)

Caminó de la casa a la bodega. Unos veinte metros de pura malesa escarchada. Detrás del murallón del predio costero, el mar gritaba a llantos. El día amanecía nublado y brumoso.

El amor que le tenía a Margarita lo había llevado siempre clavado en el pecho y los días así se lo recordaban con voces de megáfono. Hasta allí iban más de dos semanas desde que la descubrió montada como a caballo en la pelvis de un colega de oficina. La mano del infeliz metida en plena raya del culo y la cara de ella de puro gozo terminaron de colmarle la paciencia. Por eso el desorden y las botellas de ron amontonadas alrededor del camastro. Llevaba tres días sin entrar al galpón de la bodega. Antes lo hacía sagradamente todos los días (desde muy temprano y hasta bien entrada la noche) cuando de nuevo se lo veia saliendo exhausto de la antigua bodega de pino oregón.

A mitad de camino el hombre notó el hedor a fecas mezclado con el olor de las algas marinas desperdigadas por la playa. Amarrada donde estaba Margarita defecaba en la misma bodega. Apenas comía y con suerte podía beber agua.

Mientras caminaba por el patio el desdichado sintió mucho miedo de sólo pensar en la posibilidad de la muerte o de la vida sin ella. Sin ella no podría seguir. Tres días habían transcurrido desde que le había puesto término a las torturas contra su mujer. El hedor que envolvía el universo del caserón lo hicieron pensar en lo peor.

Al abrir el pesado portón del almacén un látigo de sol partió en dos la oscuridad de la descuidada bodega. Un montón de pequeños sonidos se esparcieron en el interior. Desde la sacudida de alas de las palomas en el techo, hasta el leve crepitar de los pasos de muchos roedores de ultratumba. De Margarita nada; ni siquiera un leve quejido. Medio loco la recordó yendo y viniendo de un lado para otro por la casa, con su sonrisa luminosa y el pelo negro como crin hasta la cintura. El eco de su voz también se sintió enérgico en la penumbra de las sombras, pero sólo como un recuerdo perdido.

Cuando la vino a encontrar, el cuerpo inerte de la desdichada ya era un saco pestilente de huesos tapizado de carne hinchada y putrefacta. Entre sus piernas el testimonio de barbarie era evidente. En la parte inferior del pecho las mordidas en la carne parecían coronas. Estupefacto el desgraciado pudo ver a las cucarachas amontonadas sobre las escaras de la espalda de la Margarita muerta. El cuerpo yacía tendido de lado y estaba hinchado y tieso como el de los lobos marinos que de vez en cuando varaban muertos a orillas de la ensenada. Lo peor de todo era su cara. Era la misma que Margarita ponía cada vez que las emprendió a patadas en su contra. Mezcla de pavor y de asombro, pero esta vez sin vida, congelada para siempre en la pobredumbre.

Por más que el asesino le habló, por más que sacudió el cuerpo de su mujer, no pudo conseguir nada, sólo la certeza del caos asolando sus días y esa insoportable soledad que se vino a instalar para siempre en el entorno.

Entrado el crepúsculo y cuando ya no quedaban más que los chongos de las velas que mantuvo encendidas todo el tiempo mientras la veló entre el hedor, la corrupción del cuerpo y la oscuridad de la nave, se le vió otra vez saliendo del lúgubre galpón. Margarita ya estaba en el cielo. Afuera el viento del mar volvía a golpearle la cara deshecha cuando desde lejos se le sintió llamar a los perros hambrientos por el descuido de los días. Desesperados se vieron los mastines cuando el condenado les permitió a todos la entrada en la bodega. Sin dilaciones el maldito salió corriendo del lugar en busca de un bidón de parafina que guardaba en el garaje de la entrada. El corazón ya le latía a otro ritmo.


Texto de cao agregado el 25-10-2004.
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