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El fantasma
EL FANTASMA
La tardecita estaba instalándose de a poco en la ciudad, casi como pidiendo disculpas. Todo estaba callado y no se veía a nadie por ninguna parte. Apenas si se adivinaban, fugazmente, algunos gorriones en los arbolitos raquíticos que estaban en los bordes desiguales de las veredas sin baldosas. El otoño decaía, y era triste…
Ella, con los ojos fijos y la mirada perdida, estaba contemplando el cadáver que, como un muñeco roto, estaba tirado sobre la humilde callecita de tierra, y también era triste…
Así fue como la encontró el fantasma cuando la saludó cortésmente, aunque impostando la voz como un animador de bailantas.
-Hola, buenas tardes. Soy el fantasma de calle Alberdi.
-Hola –dijo ella, y siguió lacónicamente perdida en su mundo.
-¡Eh!... Te dije que soy el fantasma de la calle Alberdi –dijo el fantasma con algún desconsuelo ante la indiferencia de ella.
-Sí, ya te escuché… Yo soy Rosita Magariños, de Urquiza y Sourigues.
-¿Cómo?
-Rosita Magariños, la de la esquina de Urquiza y Sourigues –repitió ella con cierto dejo de fastidio.
-Sí, sí, te escuché también…
-¿Y por qué el asombro, entonces?...
-Lo que pasa es que no te asustaste.
-¿Tengo que asustarme?...
-Claro. Es decir… la gente generalmente se asusta cuando un fantasma se les aparece. Y, bueno, yo soy un fantasma…
-¡Ayyyy, socorro, ayuda por favor, me acaba de saludar un fantasma! –grito ella de repente y lo más fuerte que pudo.
-¡…! ¡Pará un poco, loca!...
-¿Estás conforme ahora?... –dijo ella con una sonrisa llena de malicia
-En realidad no es lo que esperaba, pero sí, sí, sí, está bien –se apuró a contestarle el fantasma antes de que a ella se le ocurriera gritar otra vez…
-¿No querés que corra desesperada, o me tape los ojos y grite otro poco?
-No, no… faltaba más, por favor. Está bien así.
-De verdad, no hay problemas. Si me lo pedís yo corro, grito más fuerte y me tapo los ojos –insistió Rosita gustosa de ironía.
El fantasma, indignado, le dio la espalda y se quedó callado…
-Perdoname, fantasma, he sido una insolente –dijo ella al cabo de un rato, cuando las primeras sombras estaban ganándole definitivamente la batalla al día.
-Está bien, es sólo que me desconcertaste…
-¿Cómo es?... –dijo ella con una voz oprimida que el fantasma, tal vez por estar dándole la espalda, no alcanzó a percibir.
-¿Cómo es qué?...
-Ser fantasma…
-¿Para qué querés saber?... ¿Vas a burlarte otra vez?...
-No, tonto… Para aprender.
El fantasma se dio vuelta y la enfrentó, furioso. Iba a decirle una grosería cuando él también vio el cadáver, tirado sobre la humilde callecita de tierra como un muñeco roto. Su mirada cambió, entonces. Se hizo más blanda, más suave…
-En realidad tiene su encanto, ya vas a ver… Estoy seguro de que lo vas a disfrutar -dijo aflojando también la dureza del gesto y con profunda ternura- Lo primero que tenés que aprender es a atravesar paredes, vení que te muestro cómo…
Texto de vaerjuma agregado el 29-10-2004. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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