RÉQUIEM PARA UN ARBUSTO
NOTAS DEL AUTOR:
A lo largo de la obra la escenografía será la misma: cuadrados, simple y burda cuadrícula tridimensional; así como uno que otro marco ofreciendo banalidad diversa. También se verá la figura del cubo, sobrepuestos o cubriendo parcialmente uno que otro paralelogramo escondido por ahí, entre grandes rectángulos, ocultando perros calientes (no confundir con hotdogs; me refiero a pornografía de tercera clase. Hay que tomar en cuenta que en Europa también se ha creado el porno-arte).
En fin, cuadriformes ajedrezados en sicodelia y multiformidad; a tal grado que el escenario lucirá cual tetraedro tendiendo a círculo perfecto; entre uno que otro cuerpo que iré mencionando por ahí.
Respecto a la ambientación y personajes caracterizados, sinceramente me dio flojera al menos imaginarla; creo que no valía la pena siquiera ubicarlos en el escenario. Conforme el espectador se vaya compenetrando en la obra, estoy seguro que estos aspectos brotarán de su imaginar de manera perfecta. Como primera iniciativa, imaginémoslos con uniforme de presidio, en celdas de humedad, frías y en completa penumbra.
Por último, si lo que estás a punto de leer, en lugar de parecerte una obra de teatro, por momentos tiende a mostrar la estructura de un cuento, digamos que está en proceso de convertirse en eso, en un cuento; o tal vez así se quede… no hay nada como la imaginación expandida.
Dicho lo anterior, procedo:
PRIMER ACTO
El líder de la banda se sirve otro whisky con agua; mientras el jefe de pistoleros, a su espalda, está a punto de convencer a la hija de aquél de que su lesbianismo se basa en una fijación infantil relacionada con la Barbie. –El cerebro del jefe de pistoleros debe ser algo así como una gelatina a medio cuajar, dentro de un dado.
El líder suda, tose, eructa, escupe; con esas facciones chistosas que a todos nos recuerda el eterno monigote de la portada de la revista Mad; perdiendo la compostura sobre un rectángulo recubierto de oro, horizontal; borronea en una hoja de papel con ese lápiz mordisqueado.
SEGUNDO ACTO
Otro rectángulo, de casi tres dimensiones, en color negro, colocado verticalmente al pie del escenario. En su cima, un teléfono timbra, sin que nadie lo conteste. Finalmente se escucha la grabación, misma que es audible hasta en los baños del teatro:
“Hi!..... Fuck you!..... Ja ja ja ja ja!.... Hic!”
Por su parte, el mensaje que deja el interlocutor es escueto, terrorífico, emocionante, con un claro acento árabe:
–¡Os amo!... clic. –era un agente de ventas.
TERCER ACTO
Sin personajes. Cortina de confeti cuadriculado, cayendo en el escenario.
Una voz en off, madura, femenina, intimidatoria, con eco discreto:
“Por seguridad nacional, toda fábrica, almacén, así como distribuidora de bicicletas y papas fritas, sin importar marca, convenio, contrato o cualquier tipo de transacción, aquí o con empresas o gobierno extranjero, se encuentran, desde las diez de la noche de hoy, resguardados por el ejército. Se decreta toque de queda desde la misma hora y hasta las seis de la mañana, a todo ciclista y comedor de frituras en territorio estadounidense y sus colonias, hasta nuevo aviso”.
CUARTO ACTO
El hermano del líder, como buen nacionalista, lucha incansable contra huracanes en un programa de computadora. Cada sesenta segundos en promedio –cada vez que pierde puntos– voltea sobre su derecha hacia un cuadro, en tonos pastel, que enmarca la fotografía de su padre: cayendo en paracaídas durante la segunda guerra mundial, mientras sonríe como Mickey Mouse, sintiéndose Superman.
QUINTO ACTO
La quijada del líder de la banda resbala de su mano derecha, golpeándose contra el horizontal dorado –la precaución del ejército no fue suficiente…–; despierta, sin ubicar ni reconocer los gritos de su hija, en el piso de arriba.
El líder balbucea:
–¡Cómo me gustaría ser niño otra vezzz!
Suda, tose, eructa, escupe sobre la alfombra. No se percata de que sigue siendo un niño.
SEXTO ACTO
De nueva cuenta el hermano del líder, eufórico. A tal grado que brinca de la silla para besar una y otra vez el retrato de su padre; enredándose a su paso con los cables de la computadora, tira al suelo el teclado, desenchufa el monitor en el cual, entre chispitas de colores, lo acaban de graduar como apto para apagar –literal– huracanes, tornados y “cualquier otra cosa que de vueltas”. –Este hecho tendrían que analizarlo de inmediato en Harvard o en Yale; quizás mañana no suene a victoria esa hueca campana de Wall Street.
SÉPTIMO ACTO
(La escenografía se modifica: todo cuadrado, marco, cubo y rectángulo luce en azul, blanco y rojo, mediocremente distribuidos. Se escucha “God Bless America” en una extraña, acaramelada versión con Michael Jackson).
El líder tiene ocho años de edad; desde hace al menos ocho años su mente es cuadrada. Debido a esto, tarda una hora para encontrar, en un diccionario inglés-español, el significado de su primer apellido en dicho idioma; luego de que una niña de ascendencia latina, en la escuela, afirmara que su apelativo era ridículo.
Alguna cualidad debía tener el niño George: la curiosidad; a pesar de que cinco décadas después, su descarado fisgoneo lo orillara a distraerse con un hormiguero, mientras conducía su bicicleta –hay que recordar que sigue siendo un niño.
Si al menos se hubiese partido la boca por culpa de un escote femenino, invitándolo a compartir sus “Pringles” y otras delicias.
Pero bueno, estábamos en que el líder tiene ocho años, busca en un diccionario el significado de su primer apellido en español –lo repito por si algún día ese pobre diablo lee esto; tengámosle paciencia.
Su dedo de niña sigue la lista en la letra “b” del diccionario: burrow… burst… bury… bus…
Aun cuando las palabras anteriores también podrían definirlo perfectamente, ¡al fin!, ¡al fin el niño torpe se topa con el significado del apellido del Futuro Caudillo de la Paz!:
Bush: arbusto, mata, matorral.
OCTAVO ACTO
Gritos de tercera clase en toda habitación del piso superior.
El líder se rinde. Alcanza a llegar al jardín en cuatro patas, luego de abrir desesperado la puerta de cristal de la sala; vomita toda su banalidad al pie de un rose-bush, que nada tiene de cuadriforme.
Sudando como puerco, tose como tuberculoso, escupe pedazos de lápiz y el resto de un litro de whisky. Parece contestar el teléfono:
–Sheet!..... coff coff!..... Bush? Sheet!..... coff coff!..... Busheet!
NOVENO ACTO
Su médico de confianza toma la presión al gobernante, mientras una enfermera le sirve otro vaso de agua, mezclado con carbonato de sodio –podría ser otro whisky con agua, pero el licor se terminó anoche: el ejército le ha prohibido, desde ayer, subirse a su bicicleta. Vaya líder.
La costumbre –¿o el reflejo?– obliga a George a que mezcle el agua y el carbonato con ese pedazo de lápiz que bien podría servir para identificar sus maxilares, en caso de un desafortunado ataque terrorista.
El Presidente suspira profundo, intenta recordar qué día es hoy, al tratar de acordarse de lo que hizo ayer. Su mente está en blanco. Lo mismo le sucede pretendiendo darle orden a su agenda del día de mañana, pero no la encuentra en ninguna parte –la agenda está a medio metro de su mano derecha, debajo del calzón de manga, a rayas, del jefe de pistoleros.
Lo mejor que podía hacer es anotar la fecha de su deceso, al frente de la carta que aún no empieza a escribirle a su madre desde anoche; olvidando por completo las obligaciones de su puesto como gerente de la empresa. Por ejemplo, supervisar el reporte de los agentes de ventas en Oriente Medio.
Al menos Hitler se suicidó. En cambio, este jumento tan sólo es capaz de quedarse de nueva cuenta dormido sobre el rectángulo dorado, con la quijada entre sus manos; mientras su cigarrillo –cubano, lo que son las cosas; lo que representa una broma– resbala del cenicero hasta la alfombra mugrienta. Sus innumerables escupitajos, frescos, no logran apagarlo…
FIN DE LA OBRA
Baja el telón. Sube el telón.
Un arbusto viejo, oblicuo, carbonizado; dentro de una maceta de plástico quebradizo; rodeado por un pequeño matorral de la misma familia del arbusto, chisqueando, humeante; ubicados, en conjunto, en primer plano respecto de la escenografía cuadroide, ahora fundida, sin forma; oloroso todo a barata ostentación, a petulancia achicharrada.
Mientras el telón sube y baja lentamente, el público aplaude emocionado, al compás de “Singin’ in the Rain” que se escucha de fondo; obsequiándole su último adiós a esa extraña parentela –incluso el público gritaría vivas, si no fuera por su máscara anti-gas.
El telón se detiene, caído, barato, con sus nudos de carnaval; no son más que ceniza ignorada por el último espectador que abandona paso a paso la gradería, entre el murmullo amenazante.
Minutos más tarde, la calle se convierte en fiesta. La sirena de los bomberos se escucha cercana.
La gente se abraza, grita hurras, llora emocionada arrancándose las máscaras anti-gas; segura de que el terrorismo, al menos el terrorismo hipócrita, ha sido derrotado.
En fin, ésta ha sido la breve obra de teatro, con tintes de fábula, titulada Réquiem para un Arbusto.
Para contratación de los actores (los actores han muerto calcinados –¡Dios bendiga América!, desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego–; pero vamos, nunca falta un incauto):
–Madrid: 55368989. Preguntar por el señor Aznar.
–Londres: 87211878. Un tal Blair seguía siendo hasta ayer el encargado de la oficina. Nota: Llamar entre 7:00 AM y 7:05 AM, hora local. Fuera de este horario, el miedo le impide tomar la bocina del teléfono.
–En el Imperio: Si el insecto no se encontraba merodeando el follaje, durante el incendio, busca a Colin; o a su mozo, Koffi.
FIN DEL CUENTO.
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