Era un día espeso de cielo aplomado. En el cementerio, un denso silencio cargaba las espaldas, sólo quebrado por el rezo monótono del sacerdote. La niña aguardó inmutable a que los operarios bajaran el féretro al fondo de la fosa, mientras una gruesa lluvia empezaba a caer pesadamente. La asistente social le soltó la mano para abrir el paraguas, momento que aprovechó para acercarse al borde del hoyo. Una lágrima brotó mansamente para irse a diluir entre las gotas dulces que caían sobre su rostro. Mantuvo el brazo extendido unos segundos sobre el agujero, contemplando la simple belleza de aquella rosa entre sus pequeños dedos. La dejó caer al fin, se dio la vuelta, buscó de nuevo la mano de aquella extraña y le pidió que se fueran. Aquel dolor sordo que le oprimía el pecho cedió un poco, mientras se alejaba pensando en cuánto odiaba su mamá las rosas. |