De encuentros y refugios.
De eso se trataba.
De hablarte, leerte, compartir aquello que nos acercó.
Se trataba simplemente de mirarte, adivinarte, descubrir que pasaba más allá de vos.
Se trataba del juego de palabras y el coqueteo entre mirada y mirada.
Setrataba de ti, hombre maduro y de mi, mujer adulta.
Más el mundo importó poco en el momento justo.
Nos brindó un cómodo refugio.
Nos puso uno frente al otro.
Y mi deseo escondido se cumplió con la complicidad de tu beso y la consiguiente turbación de mis sentidos.
Mis defensas cayeron por completo, sin oponer resistencia.
Para qué, decía mi corazón acelerado, en franca lucha con mi mente, pues ella le reprochaba no haber podido ser esa jinete que sofrenara semejante cabalgata, y le repetía...
!Falsa Walquiria!, ingenua mujer, tonta niña.
Habiendo tanta gente, el pequeño refugio se cerraba acercándome al abismo en donde tus manos me esperaban para sujetarme y luego llevarme en raudo vuelo por caminos nuevos, del brazo del maestro y yo la sumisa aprendíz.
En la calle dos extraños, bajo techo ambos compañeros, cómplices en la mirada y culpables en el deseo.
Parias refugiados.
Refugios encontrados.
Secretos compartidos.
Y la vida quiso darme aquellos interminables besos y fueron de tus labios.
Y tus labios su refugio y el refugio la esperanza.
De la esperanza han nacido flores y de ellas estas letras brotadas del costado que dejaras aguardando por tu abrazo.
Anhelando esos tus besos.
Contando cada día que me acerca...
Al encuentro y mi refugio.
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