EL PELO
Transcurrían felices aquellos días de 1979. Él aún se daba el lujo de recorrer las calles de la ciudad de México en un autobús descapotado; saludaba discreto, con emoción, a la multitud encaramada en aceras, jardines y hasta en monumentos; sonriendo al llorar sus voces al unísono en profunda, desbordante paranoia.
Era la primera vez que visitaba esta “bendita tierra mexicana”, como solería referirse a ella infinidad de veces en el futuro. Lo que muy pocos saben es la verdadera intención, la profundidad que envolviera a esa sencilla frase.
Esperando cumplir con la última voluntad de alguien que me pidió pasar anónimo, a continuación revelaré el secreto.
El cielo milagrosamente se posaba en la tierra. Los noticieros, la primera plana del diario; en toda cantina y hasta en el último manicomio, era imposible hacer a un lado el tema de moda en vísperas de su visita.
Cuando finalmente millones de ojos, desde Tijuana hasta Chiapas, lo observaron descendiendo con paso firme, sonriente –decepcionado del aire putrefacto del Distrito Federal–, la escalerilla del jet, hincándose para plantarle un beso a la selva de asfalto de la tierra bendita, su dedo anular izquierdo tocaba delicado el pubis de la jungla frondosa: la patria extasiada en mórbido coito que se prolongaría durante varios días, sin descanso.
Todo sucedió cerca de la medianoche, horas después de su apoteótica llegada.
Más allá del balcón, a manera de serenata temprana, un grupo de jóvenes entusiastas, así como un puñado de devotos llorones, insistían en hacerle grata su estancia con un par de guitarras; esperando a que el célebre invitado asomara al menos por un instante su madura estampa, esa carismática personalidad que comenzaba a fascinar al mundo.
Luego de que el invitado se retirara del balcón, agradeciendo la bienvenida, cierto cura mojigato cerró la ventana, colocó los seguros y corrió las cortinas, mandando al carajo al pueblo con una última sonrisa maníaca; a mitad de tan pasmosa cópula.
Las cortinas hacían recordar el velo de una novia, salpicado por las luces de la ciudad; insuperable manjar que en otra circunstancia se hubieran disputado los seis o siete funcionarios del clero, que admiraban la imagen en carne viva del huésped insigne en medio de esa atmósfera pesada. Por su parte, el huésped pensaba en las palabras para hacerles entender, sin herir su susceptibilidad, que lo único que deseaba en ese momento era dormir, descansar del largo viaje. En menos de ocho horas la faena se reanudaría sin tregua hasta la próxima puesta del sol; pero sus correligionarios aztecas no cabían en sí de fascinación ante su presencia; a tal grado que se atrevieron a insinuarle que si su majestad sintiese sed, calor o frío durante la madrugada, seguramente un querubín brotaría de la muralla para servirle un vaso con agua de la jarra de cristal que lucía llena en el buró; de igual manera el angelito estaría presto para descubrirle la cabeza, cobijando los pies, acomodar la almohada, según fuera su santa necesidad.
Pero nunca falta un impertinente que se atreve a dar un paso más allá del abismo: cuando los cofrades de alto rango terminaban de desfilar su faldón, deseando un sueño reparador al afamado hombre –mientras el afamado hombre volteaba una y otra vez la mirada hacia aquel alto techo, esperando la hora en que lo dejaran solo para lavar su mano de tan extraña mezcla de babas–, el jefe de los anfitriones, el arzobispo en persona, al percatarse de que el sagrado, divino, puro e inviolable mártir parecía estar buscando alguna telaraña en las vigas, recorrió con ojos de envidia esa sencilla pero a la vez elegante vestimenta blanca del rey, descubriendo en un rápido vistazo un largo cabello en su pecho.
Las buenas costumbres, pero sobre todo una oculta intención maquiavélica, le ordenaron al arzobispo soltar la mano del líder, tomando entre sus dedos el grueso cabello castaño, posado en el pecho del ilustre. Era una vulgar basura con la que seguramente la plebe, durante el día, había logrado macular su digna estirpe en algún desafortunado encuentro.
El arzobispo tomó el filamento, separándolo de la ropa del supremo; pero en el último instante pareció haberse atorado en la tela…
Y es que no era un cabello. Era un pelo. Un insignificante pelo había logrado doblar el orgullo de la Divinidad; convertido ahora en un ser humano que perdía el equilibrio, que gritaba aterrado, llevándose ambas manos al pecho.
Todo se manejó en estricto secreto.
Cuando hizo su llegada el médico del Presidente de la República, el distinguido huésped se encontraba recostado en su cama; su gesticular ya no era tan evidente, al contrario; sobándose el pecho con movimientos circulares de su mano, respiraba entrecortado; su gesto lograba relajarse para incluso dibujar una discreta, apenada risilla con los párpados cerrados.
Los eclesiásticos santurrones, a excepción del arzobispo, aceptaron la invitación del médico para abandonar el cuarto. Al ver que estaban solos los tres hombres, la sonrisa del visitante al fin se transformó en rictus franco acompañado de alguna lágrima escurridiza hasta la almohada; inadvertido gracias a que afuera, en la calle, más allá del velo de novia, la gente seguía llorando gozosa al entonar cantos o alguna tonada de José Alfredo Jiménez, acorde al momento.
Nervioso en extremo, el médico descubrió, a punto del pasmo, el pecho del herido para auscultarlo, después de desabotonarle la sotana y subir, con pulso titubeante, la camiseta a la altura de su cuello. El médico se dio cuenta, horrorizado, de que el supremo todavía sangraba a la derecha de su tetilla izquierda; discurriendo, en medio de un bloqueo mental, que su majestad quizás había sufrido el impacto de un dardo envenenado o algo por el estilo, tomando en cuenta el hilillo de sangre casi seca, hasta el ombligo, impregnado en la ropa. Una última gota pequeña brotaba de la herida.
En menos de un segundo terminó el suplicio que durante más de treinta años lo atormentara día y noche.
Nunca tuvo el valor suficiente para arrancárselo de raíz; y es que más bien era una mezcla de miedo y a la vez precaución, pues al jalar de él, al instante, aquella enorme verruga verdosa –la cual con el paso de los años fue desapareciendo de su pecho hasta convertirse en un lunar arrugado, casi negro, del tamaño de una moneda de alta denominación– se estiraba amenazante, semejando una molleja de pollo. Era terrible imaginar lo que sucedería en caso de que su contenido se derramara al arrancárselo.
Desde su época de seminarista ese pelo siempre terminaba atorado en toda clase de ropa, provocándole agudo dolor. Era su costumbre limitarse a recortarlo de vez en cuando, pero no demasiado, pues al dejarlo casi al ras, el pelo volvía a engancharse de la camisa, del saco, la sotana o la sábana, jaloneando la verruga entre horribles punzadas. Por si fuera poco, ese pelo crecía tan rápido que no le costaba mucho trabajo analizarlo en la soledad de su habitación, ayudado de una potente lupa. Durante un tiempo llegó a pensar que el incómodo filamento contaba con estrías, a manera de dientes de una sierra eléctrica, ideado por el mismísimo demonio.
Pero todo tiene su ventaja. En sus años de clérigo, su cotidiano sermón solía tomar un énfasis maravilloso, con la fuerza de su voz, amenazante; su puño derecho apretado, mientras las yemas de la mano izquierda jaloneaban una y otra vez el hábito a la altura de su pecho, intentando desatorar el pelo.
Cuando los micrófonos comenzaron a utilizarse de manera general, el problema se agudizó, y no sólo por tener siempre una mano ocupada: fueron frecuentes, famosos, sus discursos en latín salpicados de alguna palabra no muy ortodoxa, misma que se escuchaba a varias calles de la iglesia.
Antonio Vivaldi, mientras ejerció el sacerdocio, no tuvo el menor empacho en bajar del púlpito en el momento en que la inspiración visitó su cerebro, dejando con un palmo de narices a sus oyentes. Corrió hasta la sacristía en busca de una vela, tinta y papel, para luego sufrir la ira de sus superiores; acaso también del Papa.
Después de que el médico convenciera al sacro y bienaventurado apóstol de hacerse un completo estudio de emergencia en la misma habitación, hasta convencerse todos, incluyendo al Presidente de la República –quien llegara una hora después del suceso, rodeado de gorilas– de que su salud era envidiable, el apóstol mismo, por primera vez en verdad sonriente en esta tierra pródiga, les explicó lo sucedido sin mayor detalle y sin el menor cejo de vergüenza, en un español bastante entendible; para luego pedirles amablemente que le permitieran relajarse a solas, ¡al fin!, luego de tantos años de suplicio.
Camino a su mansión, el Presidente de la República, con una caravana blindada, dispuesta a masacrar a quien se atravesase en su camino, iba pensando para sus adentros en todo lo sucedido:
–¡Ufff!... ¡me salvé por un pelito!
En tanto el arzobispo no cesaba de hurgar en su ropa, en busca de aquel incomparable fetiche, terminando por desnudarse en el baño, separado solamente por una pared del ronquido apoteótico del destacado huésped.
El pelo, el autógrafo, estaba íntegro, con su raíz redonda, blancuzca como capullo de insecto; un poco doblado, maltrecho, pero entero.
Al alba, el mocho puritano –nunca antes mejor expresado– se rasuraba feliz de la vida con un rastrillo desechable que encontró por ahí. No se aguantó las ganas de retirarse el parche que le colocara el día anterior el médico, volteando sus ojos una y otra vez hacia la herida, en el espectacular espejo de cuerpo entero de su baño: el lunar rugoso lucía una especie de cráter en su centro, limpio, seco.
En la regadera su sonrisa era de oreja a oreja, pasándose innumerables veces el jabón sobre el lunar, sin sentir más que un pequeño piquete. Aquella mañana, a medio chapuzón, bailó y cantó en un idioma desconocido para todos.
El arzobispo, un piso abajo, finalmente se decidió a apagar la luz de su cuarto; eran las siete y media de la mañana. Permaneció en vigilia toda la noche con los dedos índice y pulgar de su mano sorteando ese largo pelo grueso, duro, con sus ojos hinchados, a punto de desorbitarse.
Ocho campanadas en lo alto fueron bastantes para que al fin se atreviera a guardar el pelo en una página de su Biblia –aquello más bien parecía un pelo con Biblia–, donde reposaría durante años, muchos años; convirtiéndose, de tormento, en un simple separador –marcador– de páginas.
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–¡Qué buenos tiempos! –afirma sonriente, cansado, el anfitrión, dirigiéndose a su viejo camarada, a su salvador.
–Ya lo creo… –responde el huésped tímidamente, al cumplirse algo más de doce años de haber cedido su puesto a otro realista con vocación de moderno inquisidor –burdo político– en aquella “bendita tierra”.
El desayuno consiste en cualquier cosa que no le haga daño; recordando los días en que podían ir por el mundo sin un orangután amaestrado a su espalda, con metralleta y cristales blindados.
–¡Ejem!, ¡ejem!..., eh… Por cierto… ¿recuerdas esa noche? –dice el anfitrión, llevándose las manos a su pecho, sin mayor preámbulo.
–¡Cof, cof!... … … mmm… … … s–s–sí… l–la r–recuerdo…
–¡Qué hiciste con él! –sentencia su gesto senil.
La respuesta, por parte del huésped, tarda; evadiendo la mirada hacia los suntuosos jardines de esta primavera mediterránea:
–Bueno… eh… lo que recuerdo es que lo dejé caer al escucharlo gritar de esa manera… Perdóneme, su majestad… hace tanto tiempo de eso…
–¿Perdonarte? ¡Pero si desde esa noche ya te has ganado el cielo! ¡Te lo digo yo! –afirma el supremo entre lágrimas–. ¡Bendita sea esa tierra mexicana!
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